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Sábado, 16 de Febrero 2019

Suplementos

Suplementos | Acostumbrado a una ágil 125, cuya distancia entre ejes no sobrepasaba un metro con treinta centímetros

La motocicleta adecuada

El ángulo óptimo que debe guardar la caída de la dirección con respecto a la perpendicular, se establece entre 22 y 29 grados

Por: EL INFORMADOR

En mi mocedad, ansioso por impresionar llegué a la casa de una dama de mis pretensiones tripulando una vistosa chopper. Recibí un baldazo de agua fría cuando el pequeño hermano de la dama en cuestión gritó: “¡¡¡Trae una moto de payaso...!!!”

No cristalizó ni la relación con la dama ni la compra de la moto, pero algo sí recuerdo de eso: fue la motocicleta menos extrañada de todas las que pasaron por mis manos.

Para empezar, aunque muy vistosa, los manubrios “cuelgachangos” y la lejana rueda de dirección, me obligaban a cambiar mis costumbres de manejo, me daban poca sensación de seguridad y contribuyeron a que al final del día el cansancio se hiciera muy evidente.

La estabilidad en baja velocidad era el punto más discutible. El ángulo óptimo que debe guardar la caída de la dirección con respecto a la perpendicular, se establece entre 22 y 29 grados; algo muy distante a lo que tenía aquella máquina. Con ella era un reto tomar vueltas cerradas a baja velocidad, además de su poca vocación para las calles angostas y para digerir topes, baches y empedrados.

Viajar con la espalda recostada me producía tortícolis sumada al escozor cuando el barbiquejo del casco se rebelaba a estar cautivo en mi incipiente papada, la ausencia de freno delantero me alargaba espeluznantemente la distancia de detención. No era una motocicleta semejante a nada que antes hubiera tripulado.

Pero he de aceptar que su larga distancia entre ejes la hacía una delicia en recta, estable, sólida en su marcha. Quien la hizo, proyectó precisamente ese carácter en su geometría.

Acostumbrado a una ágil 125, cuya distancia entre ejes no sobrepasaba un metro con treinta centímetros, el carácter de esa poco apreciada chopper me hizo víctima de su extraño humorismo una y otra vez, hasta que decidí no casarme con esa belleza de dos ruedas.

Acepto mi culpa. Debí acostumbrarme antes a una máquina con gradualmente más distancia entre ejes, con un ángulo de avance diferente en la dirección y con manubrios cada vez más elevados. Dar el salto de una motocicleta conservadora a otra innovadora, fue mucho para mi inexperiencia. Sumémosle la grande, potente y pesada máquina que le equipaba, y comprendo por qué no teníamos buena química.

Muchas ocasiones los culpables somos los motociclistas, no las nobles máquinas. Esa fue la mejor lección que aquella moto me dejó.

Adrián Castañeda Fonseca

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