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Martes, 20 de Noviembre 2018

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Suplementos | Por Eduardo Escoto

Eduardo Gariel, entre centenarios

La IV Jornada Académica Iglesia-Independencia reivindica la importancia del compositor y teórico regiomontano en la historia de la música mexicana

Por: EL INFORMADOR

Guadalajara acogió el pasado mes de abril la IV Jornada Académica Iglesia-Independencia. E. ESCOTO  /

Guadalajara acogió el pasado mes de abril la IV Jornada Académica Iglesia-Independencia. E. ESCOTO /

GUADALAJARA, JALISCO (03/JUL/2010).- Guadalajara acogió el pasado mes de abril la IV Jornada Académica Iglesia-Independencia, evento académico que tuvo como propósito reflexionar sobre el papel de la Iglesia en el proceso de Independencia de México. Dicha actividad tuvo como sede el Instituto Cultural Cabañas y el acto de inauguración contó con la participación musical del Coro de la Universidad del Valle de Atemajac (Univa), que interpretó entre otras obras el Himno al Centenario, del compositor mexicano Eduardo Gariel, quien la escribió en 1910 para un concurso convocado por el presidente Porfirio Díaz con el fin de conmemorar el primer centenario de la Independencia Nacional.
Esta pieza que resultó ganadora de aquel certamen es prácticamente desconocida hoy en día. Está escrita para coro y piano, y su estructura comprende una introducción, coro y tres estrofas compuestas sobre un texto del poeta tamaulipeco Celedonio Junco de la Vega. El maestro Juan Ángel Ramos, director del Coro de la Univa, describe el himno como “una pieza realizada en el estilo riguroso de este tipo de trabajos”, remarcando su marcialidad y “el correcto uso de la armonía y las modulaciones”, siempre en consonancia con “el texto elegante y centrado que se apartó de tendencias políticas liberales o conservadores para centrarse en el sentido patriótico”.

Oportuno hallazgo
Aunque como bien apunta el maestro Ramos, el abandono y el desinterés suelen ser el destino de este tipo de música, por fortuna la obra pudo volver a escucharse 100 años después de haber sido escrita, gracias al hallazgo de su partitura por el presbítero Tomás de Híjar (cronista de la Arquidiócesis tapatía) en el archivo de la iglesia de Santa Teresa que está a su cargo. Este oportuno descubrimiento bien merece que se presente en este espacio una breve semblanza biográfica del autor del Himno al Centenario.

Eduardo Gariel fue un músico, compositor y teórico nacido en Monterrey, Nuevo León, un 5 de agosto de 1860, de padre francés y madre mexicana. Dejó de lado la carrera de medicina para estudiar música de manera privada con Albert Daunic, maestro francés avecindado en aquella ciudad del norte de México, y continuar después de manera autodidacta sus estudios de armonía.

Entre la difusión musical y la docencia
Desarrolló la mayor parte de su carrera en la vecina ciudad de Saltillo, Coahuila, donde llevó a cabo una intensa labor de difusión musical. Se dedicó a la docencia tanto de forma particular como para varias escuelas, entre ellas el Ateneo Fuente (institución precursora de la Universidad Autónoma de Coahuila).

Se desempeñó también como editor de música, llegando a publicar entre otros trabajos varias composiciones de Juventino Rosas y llegó a imprimir por su cuenta colecciones de música mexicana que hizo llegar a Estados Unidos con el fin de procurar su divulgación.

Polémica
Gariel protagonizó en 1893 un episodio por demás interesante de la vida musical de su época, al entablar en 1893 una polémica en el periódico El Tiempo con el afamado maestro Melesio Morales, a raíz de que éste publicara el artículo Chopin, su 2° Scherzo y algunas consideraciones acerca de su música y modo de interpretarla. El autor del texto arremetía en él contra el genio polaco, a quien no consideraba como un talento de primer orden, acusándole de no haber escrito para orquesta ni haber producido obras de magnitud: “A diferencia de los grandes -señalaba-, no compuso otra cosa que piezas para piano” (afirmación incorrecta). Asimismo, Morales calificaba de defectuoso el empleo que hacía Chopin de la armonía y denunciaba la “fanática devoción que se trata de rendirle".

Estas acusaciones, que si bien en la misma Europa ya se habían presentado, tenían en este caso su origen principal en el “italianismo” practicado por un gran sector de la comunidad musical mexicana (el cual se puede decir que encabezaba Morales) y que se contraponía al “francesismo”, corriente que enarbolaba la bandera del romanticismo, movimiento artístico que por esos años ni siquiera era estudiado en la clase de historia de la música del conservatorio.

Los principales defensores del “francesismo” eran sobre todo los integrantes del “Grupo de los seis”: Gustavo Campa, Juan Hernández Acevedo y Ricardo Castro (ex alumnos de Morales en el conservatorio), además de Felipe Villanueva, Ignacio Quesadas y Carlos Meneses. Pero, sorprendentemente, Eduardo Gariel, que ni siquiera tenía contacto con el “Grupo de los seis”, fue quien se lanzó a la réplica como ya se señaló.

El regiomontano era un seguidor del romanticismo y particularmente un admirador y estudioso de Federico Chopin. Había podido adquirir diferentes ediciones de la obra integral del genio polaco y se había dedicado a analizarlas, compararlas y, con base en el estudio de las notas críticas allí incluidas, trazar su propio camino para encontrar el verdadero sentido de la interpretación de la música de Chopin. Una labor difícil ésta, al tratarse de una música en muchos aspectos novedosa y en una época en la que la única forma de tener una referencia directa era saliendo del país o esperando que se realizara aquí la presentación de algún pianista extranjero.

Con estas bases, Eduardo Gariel rebatió los argumentos del maestro Melesio Morales, corrigió las inexactitudes biográficas y artísticas en las que éste había incurrido en su artículo y sentenció: “Pretender juzgarlo con un tratado de armonía, es una locura... El tratado de armonía para juzgar a Chopin no se ha escrito todavía. En todos los ramos del saber humano pasa lo mismo, los técnicos van detrás de los prácticos”.

Morales puso fin a esta polémica retirándose diplomáticamente. La victoria de Gariel tuvo gran resonancia y contribuyó a una mayor difusión y aceptación de las ideas de los “francesistas”, colaborando con ello a la entrada formal del romanticismo en México.

A raíz de este asunto, Gariel publicó en 1895 su libro Chopin: La tradición de su música y consideraciones sobre algunas de sus obras y manera de interpretarlas.

Ardua labor
Entre otras actividades destacadas realizadas por Eduardo Gariel figuran su participación en 1894 como colaborador en la segunda época del periódico literario El Renacimiento, la publicación en 1896 de su estudio Causas de la decadencia del arte musical en México y que en 1899 fuese maestro fundador de la Benemérita Escuela Normal de Coahuila, donde trabajó como profesor de canto.

Continuó dedicado a la docencia, a la labor editorial y a la composición -principalmente de música de salón-, aunque al día de hoy no existe un catálogo de sus obras. En 1916 lanza su Nuevo sistema de armonía basado en cuatro acordes fundamentales, que fue publicado en Nueva York por la prestigiosa casa Schirmer.

Su carrera habría de llevarlo finalmente a ocupar el cargo de director del Conservatorio Nacional de Música de 1916-1918 (en ese entonces llamada Escuela Nacional de Música y Arte Teatral), en una época particularmente convulsa y difícil; de hecho, su designación al frente de esta institución provocó una enconada reacción de una parte del alumnado y el cuerpo docente, quienes decidieron apartarse para formar por su cuenta el Conservatorio Libre de Música, que funcionó hasta 1921. El origen de este conflicto parece radicar en que -como afirmara después Carlos Chávez- Gariel, junto con Jesús M. Acuña, se convirtieron en los músicos oficiales del carrancismo.

Eduardo Gariel murió en la Ciudad de México el 15 de marzo de 1923. Tristemente, la posteridad no le ha reconocido su ardua labor en pro de la difusión musical y ni siquiera en la ciudad de Saltillo, que fue el centro principal de su actividad, se le recuerda de alguna manera.

En una época de conmemoraciones como es ésta, bien valdría la pena buscar más allá de los pocos nombres que se evocan siempre para poder conocer y apreciar el trabajo de los muchos que en su momento y en su respectivo campo de acción también han buscado con su esfuerzo construir un mejor país.

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