Suplementos | Por: Rubén Gil Desenchufados: la vida sin celular Ellos no tienen llamadas perdidas, ni mensajes de texto sin leer. Mantienen conversaciones sin ponerlo sobre la mesa o mandar un tuit. No tienen telefóno movil; están en el grupo de los 13 de cada 100 que han escapado de los ringtones Por: EL INFORMADOR 29 de diciembre de 2012 - 20:44 hs / GUADALAJARA, JALISCO (30/DIC/2012).- Por la Americana, Lomas de Polanco, la Independencia, Providencia, donde sea, pasan miles como si hablaran solos, presionando una cucaracha de Madagascar electrónica sobre la oreja; otros van observando lo que sostienen en una mano y apretando pequeños botones con la otra. Detallan su agenda de trabajo, ajustan el lugar de encuentro para esa noche, cualquier cosa. Pero entre ellos también circulan los “otros”, esos que no usan celular, que no tienen llamadas perdidas ni mensajes sin leer. Estas son historias de ciudadanos que forman parte de los 13 de cada 100 mexicanos que no cuentan con un móvil. Ligia, Uriel, Raúl, la señora Fregoso y Marco Aurelio son un quinteto de exiliados por las estadísticas de la Comisión Federal de Telecomunicaciones, que recientemente cuantifico el total de usuarios de telefonía celular en México. Las gráficas de barras, flechas y números indican que en el primer semestre de 2012 había un total de 97.6 millones de usuarios en el país. Tal cantidad de mexicanos es mayor a 13 veces la población total de Jalisco contabilizada en 2010 por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Pero ellos no forman parte esos números. Cada uno tiene un porqué para una misma convicción: no cargar en los bolsillos con un teléfono móvil. “Lo aborrezco, pero con odio jarocho. No lo soporto” En plena cena, mientras Lidia toma asiento al lado de su esposo, un intruso interrumpe el momento familiar. Se disponía a compartir los alimentos con sus dos hijas y un nieto, cuando arranca el sonsonete de un teléfono. “¿De quién es?”, dice una voz. “El mío no fue”, otra por allí. “Ya cámbiale de tono porque es igualito que el mío.” Así es como se arruina una buena cena. ¿Y quién fue el culpable? Claro, el celular. “Lo aborrezco, pero con odio jarocho. No lo soporto.” En los aeropuertos, ve a las parejas embelesadas ante la pantalla del móvil, los pulgares de arriba para abajo con jiribilla. Ignorándose a tan sólo unos centímetros el uno del otro. “No se platican, no ríen, no nada. Puro repicar del celular.” Un coraje le entra cuando ve a los muchachos conduciendo mientras se desatan con un ataque de risa por lo que acaban de escuchar del otro lado del auricular. Lo mismo le pasa cuando en pleno Credo, suena un ringtone, como queriéndole ganar a la voz del padre que celebra misa; o cuando el Deus ex machina se representa en el proscenio del teatro y el aparatito ya está interfiriendo con la catarsis del público. “Me pone… no, no, no, no, no”, dice con cólera en los ojos. Y para colmo, sus hijas le quisieron comprar uno: -Mama, ¡pero cómo es posible! En estos tiempos… -¡En estos tiempos! Viví toda mi vida sin uno y viví muy feliz. ¡¿Ahora porqué me la voy a complicar con un celular!? “Mi marido es otra cosa”. En el sillón, Lidia observa a su esposo con picardía. Él, estrujando la vista para mejor enfoque, maldiciendo cuando aprieta dos teclas en lugar de una. Ella se ríe. “Para qué me voy a querer mortificar como él. Y luego, como desde chiquilla soy miope, tendría que agarrarlo mientras me quito y me pongo los lentes.” Lidia, la nativa del pueblo mágico sinaloense de Magdalena de Kino, en vez de entregarle su tiempo a la tecnología, prefiere pedirle al chofer que la lleve a caminar a un parque en las tardes, cocinar al mediodía o leer por las noches. O ir a misa, como acostumbra cada viernes primero del mes, el día de la Divina Providencia y los martes de San Martín de Porres. Recién este septiembre cumplió 84 años. Se sigue dedicando al hogar, como lo ha hecho desde que se casó. En su fiesta de cumpleaños no intentaron regalarle un teléfono portable, como en otras ocasiones. “Y que menos intenten darme uno de esos dichosos iPhone, del que sacan uno nuevo cada mes. No me gustan, pero bien que leo sobre ellos y sé que son el oscuro objeto del deseo de todo mundo”. El poeta fuera de línea Raúl ha pasado sus 59 años en el barrio de Santa Tere, en el mismo hogar. “De la casa de tu vida a la tienda de la esquina’, como inmortalizó en uno de sus poemas las memorias de su infancia. Desde chico, cuando le enseñaban en la escuela a escribir con manuscrita y los teléfonos locales eran novedad, se negaba por completo a atender una llamada. Como una violación a la intimidad, al encanto del encuentro de dos pares de ojos para adivinarse lo que hay de más en cada uno. Sí, prefería hacer caso omiso al timbre que salía del cuerno colgado sobre la mesita de la sala. “Tenía una reserva tremenda para hablar por teléfono. Se me hacía una cosa extraña, que no era natural. Al principio hablaba sólo cosas precisas. No me gustaba conversar por teléfono. Ya más grande, si quería hablar con alguien, le pedía una cita. No se puede platicar por teléfono. Se puede comunicar, pero el platicar implica otras cosas, se estimula con todos los sentidos”. Los vecinos guiaban su día con las campanadas del templo, las mujeres tomaban las calles morenas, que se hacían lodo luego de las lluvias, para ir por el mandado y él salía a jugar con sus amigos de la cuadra. Una vida sencilla y grata queda en sus recuerdos. Luego comenzó a atravesar el barrio el primer autobús que venía desde Zapopan. “Hablar del Centro Histórico era como hablar de otro municipio”. Por eso, Raúl Bañuelos bromea diciendo que el viene de Santa Tere, Jalisco. Llegó otro intruso más, la computadora, y Raúl se consideró desde entonces incapaz de manejarla. A pesar de que le enseñaron a usarla dos, tres veces, con pasos a seguir y todo, no pudo. Apuntó en libretas, lo intentó, pero no, no pudo. Dejó de estudiar el uso de la computadora y siguió escribiendo con lápiz o pluma en los cuadernos; no concibe la escritura de otro modo. Luego pasa en limpio a otra libreta y de ahí pide auxilio para que alguien transcriba a teclado. Con el celular es otra historia. “El celular es un cencerro electrónico, como decía mi amigo Alejandro Vargas. Eres localizable como el rebaño: suspende e interrumpe tu soledad. Y a mí me gusta mucho mi soledad”. Entre las normas que rigen su obra, se dice que el poema necesita un vacío alrededor. “En mi caso soy yo el que necesita el vacío, que mis distracciones generales, existenciales, se esfumen para poder concentrarme. Octavio Paz decía que el problema fundamental del artista actual son las distracciones. Reconozco la valía del celular, pero para mí ha sido muy útil aislarme para leer y escribir”. Nuevas formas de transporte y comunicación fueron poco a poco entrometiéndose en la colonia Santa Tere hasta volverse algo común en la rutina. Raúl es parte de esa generación que le tocó transitar por el limbo tecnológico. En medio de esos que crecieron sin una computadora de escritorio y los que revisan su correo electrónico cada dos minutos a través del teléfono móvil. Por eso se enfrenta entre usar y no tecnología, mas el celular ha recibido por su parte un rotundo no. Rendido ante la tentación En 2006, Stephen King lanzó Cell, una novela que relata el pandemónium al que el mundo enfrenta por culpa del teléfono móvil. La rutina se ve frenada de imprevisto a causa de que las personas, luego de recibir una llamada, comienzan a comportarse de manera extraña, devorándose los unos a los otros. Y sólo sobreviven los que no tienen celulares. Si Uriel, un jalisciense de 24 años, fuera un personaje en esta historia, formaría parte de los que actúan como zombies. Y todo por culpa de entregarle sus manos a un Nokia con lamparita. Hasta sus 16 años de vida no había comprado uno de esos aparatos. Aunque bueno, en sus épocas de secundaria apenas surgía como hype mediático el consumo de los nuevos y mejorados modelos. Aquel Nokia 3300, al que le cabían a lo mucho 17 canciones, era la cumbre de la tecnología celular. Y eso que ni cámara tenía. Pero Uriel, como sus demás compañeros de la prepa 12, terminó por hacerse de un móvil. Sin embargo, no duró por mucho tiempo. A tan sólo cuatro meses de haber obtenido su portátil en segundo semestre, una chica lo hizo perdidizo. “Fue un robo muy tonto. Se lo presté a una chava para que hiciera una llamada y luego me dijo que no lo encontraba”. “Los odié a partir de ese momento”. Fue entonces que Uriel comenzó a ver el celular como una “responsabilidad” innecesaria. “Cuando tienes uno debes estar cuidando que no te lo vayan a robar, debes estar pendiente de la gente que se te acerca y me parece que no puedo cuidarlos. Soy muy descuidado”. Por eso ya no quiso volver a comprar un celular. Terminó la prepa sin uno. Ingresó a la licenciatura en Biología sin uno. Fue hasta sus 22 años que les dio una segunda oportunidad, con otro modelo simple. De esos que sólo sirven para llamar, mandar mensajes de texto y jugar a la viborita comelona. Nada más. Desechó la idea de volverse biólogo e ingresó a la carrera de Letras. Seis años bastaron para que aligerara su opinión, puesto que los mensajes de texto le parecieron una buena forma de mantenerse en contacto con los demás. No obstante, afirma que sólo lo utiliza, a lo sumo, tres veces por semana. Un objeto de poca importancia. “Hace poco olvidé mi celular en la escuela, pero bueno, le llamaron a mi papá y me lo regresaron”. De no haber recibido esa llamada, tal vez otro sexenio hubiera pasado para hacerse de un tercero. Mientras tanto allí lleva el celular, dentro de la bolsa de su pantalón o en la mochila. Para Stephen King, Uriel (aunque no lo conozca) es una de esas personas que él se imaginó como muertos vivientes que habitan las calles. Forma parte de los cuatro de cada cinco mexicanos que, según las estadísticas de 2011 de la firma de consultoría especializada en telecomunicaciones, The Competitive Intelligence Unit (CIU), usan celular. Y por ello, a pesar de que no es muy afecto al móvil, es un zombie para el escritor norteamericano. Una necesidad falaz Allá en Nayarit, en el pueblito de Puente de Camotlán, para ser exactos, nació la Señora Fregoso. Recuerda que por aquellos años de infancia se dejaban caer unas lluvias que arrasaban con la luz de todas las casas. Y dice también que incluso de más pequeña ni luz había. Así se creció y piensa que de aquellas tormentas salió la gota que derramó el vaso, y que por esa forma de vida decidió no utilizar tecnología. Hoy, a sus 54 años, casada, madre y jubilada después de ser maestra por tres décadas, vive en Guadalajara, desconectada, sin usar computadora ni poseer un móvil. Decora su casa, la desempolva, corta y riega el césped, cocina y así es feliz. “En este momento no es algo que yo requiera, que necesite. Veo que gente más grande que yo usa mucho el celular, pero yo no lo necesito”. Prefiere no salir y cuando lo hace, es con su esposo. A pesar de mudarse a la ciudad, de haber ejercido su profesión, no sintió que requiriera asirse a la tecnología para adaptarse a la urbe. En cambio, la historia en Puente de Camotlán es distinta. Un objeto de poca importancia. “Hace poco olvidé mi celular en la escuela, pero bueno, le llamaron a mi papá y me lo regresaron”. De no haber recibido esa llamada, tal vez otro sexenio hubiera pasado para hacerse de otro. Temas Tecnología Tapatío Telefonía Celular Lee También Liverpool: ¡Laptops en menos de 5 mil pesos que no te puedes perder! Spotify: mejora la calidad de sonido GRATIS de esta forma ¿Qué significa el punto verde o naranja encendido en la parte alta de tu iPhone? 5 errores que cometes al cargar tu celular y hace que dure menos la batería Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones