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Caza y pesca

El padre de un amigo tenía la cabeza disecada de un venado en su salita de su casa

Por: EL INFORMADOR

En el fondo, me temo que soy incapaz de compartir el entusiasmo de quienes se dedican a cobrar presas animales. ESPECIAL /

En el fondo, me temo que soy incapaz de compartir el entusiasmo de quienes se dedican a cobrar presas animales. ESPECIAL /

GUADALAJARA, JALISCO (01/MAY/2016).-El padre de un amigo tenía la cabeza disecada de un venado en su salita de su casa. No creo que haya existido un objeto tan feo e inquietante en los domicilios del resto de mis compañeros de la escuela. El pobre animal había sido sorprendido a quemarropa durante una cacería. El tiro le había deformado parte de la cabeza. Su gesto, pese a los esfuerzos del embalsamador, era como el que ha de haber puesto la madre de Bambi cuando la acribillaron. El padre de mi amigo, huelga decir, era un cazador lamentable. Sus expediciones se volvieron famosas porque su hijo era lo suficientemente ingenuo para contarnos cosas como “mi papá y sus amigos se fueron dos noches a la sierra y volvieron nomás con unas lagartijas y una culebra”, o, peor, “mi papá va a estar quince días incapacitado porque mi padrino le dio en la pata al intentar pegarle a una grulla”. El venado desfigurado era el mayor trofeo de su existencia. Desde esas lejanas épocas he tenido una mala opinión de la cacería.

Al contrario de lo que revela ese ejemplo de ineptitud, mis amigos pescadores suelen tener buena fortuna. Cada vez que van a una presa, un lago o el mar, colapsan sus redes sociales con las imágenes de sus victorias. Sonríen a la cámara con las manos ocupadas por pescados del tamaño de un bate de beisbol. Claro que sus triunfos están cimentados en todo un anecdotario de fracasos, como “la vez que Abelardo se rompió la boca en un risco porque el pez jaló demasiado”, “la vez que se nos comenzó a hundir la embarcación en Chapala y hubo que nadar a la isla de los Alacranes”, “la vez que a Paco se le enredó un anzuelo en el labio superior”, etcétera. Eso sí: al ver sus manos llenas de callos, cicatrices y rasguños, uno llega a desarrollar cierto respeto por sus desmañanadas y sus afanes.

En el fondo, me temo que soy incapaz de compartir el entusiasmo de quienes se dedican a cobrar presas animales. No, no soy vegetariano ni considero que sería mejor que la humanidad comenzara a imitar a los rebaños de cabras. Sencillamente, me temo, pertenezco a esa facción hipócrita que prefiere ver la carne ya procesada y de preferencia cocinada en su plato y no pensar demasiado en su procedencia. Supongo que eso no me hace una buena persona pero al menos no paso las vergüenzas de quien se siente el rey del Safari y luego no es capaz de atinarle a unas pobres conguitas cuando se pone a echar tiros al aire.

La única vez que perseguí un animal no fue con fines cinegéticos sino para evitar que, justo, alguien decidiera echárselo. Se llamaba Yago y era mi gato. Tenía la pésima costumbre de saltar a la azotea, bajarse al patio de una de las casas de atrás y robarse la comida de un perro tan viejo que no atinaba ni a ladrarle. Los dueños del perro comenzaron por echarle pedradas al Yago pero, a la tercera vez, amenazaron con pegarle un balazo si reincidía. Por eso me apuré a escalar la azotea y perseguirlo una tarde en que, por distracción de alguien, se quedó abierta la puerta que le permitía subir las escaleras y saltarse. Logré darle alcance justo cuando el vecino lo tenía a tiro. Y recuerdo bien que el tipo no bajó la mira de su escopeta de caza hasta que nos fuimos. No me morí del susto por milagro. Desde entonces, cada vez que veo a un pobre bicho disecado me temo que veo el retrato de un temor muy comprensible: el de volverse trofeo.

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