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Sábado, 25 de Mayo 2019
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Candil de la calle

La cancillería mexicana no debería ser utilizada con objetivos políticos internos

Por: EL INFORMADOR

La política exterior mexicana fue motivo de orgullo en momentos históricos. EL INFORMADOR / J. López

La política exterior mexicana fue motivo de orgullo en momentos históricos. EL INFORMADOR / J. López

GUADALAJARA, JALISCO (25/JUN/2017).- La diplomacia mexicana es una de las pocas instituciones públicas que gozaron de altísima credibilidad. La política exterior fue motivo de orgullo en contextos como la recepción de exiliados españoles luego de la Guerra Civil; la condena del bloque económico de Estados Unidos a Cuba, o su papel de mediador en los conflictos internos en países centroamericanos. Más allá de la Doctrina Estrada, idea rectora de la política exterior en el México posrevolucionario -párrafo 10 del artículo 89 de la Constitución-, que en algún momento sirvió como mecanismo de protección del régimen autoritario, la diplomacia mexicana fue sinónimo de prestigio durante décadas.

La doctrina de política exterior cambió desde Vicente Fox. La designación de Jorge Castañeda como canciller trastocó los cimientos de lo que había significado la política internacional. Castañeda adoptó la visión liberal de defensa de la democracia, los derechos humanos y una desenmascarada propensión a privilegiar la relación con los Estados Unidos. Y en las formas, fundamentales en el mundo diplomático, pasamos de una Cancillería cautelosa y respetuosa de la soberanía de los distintos países, a un papel activo, denunciador e histriónico. El “comes y te vas” de Fox a Fidel Castro o los dimes y diretes con Hugo Chávez hubieran sido impensables bajo el paraguas de la doctrina histórica de la diplomacia mexicana.

La doctrina Castañeda tuvo poco éxito. La agresividad del ex canciller supuso un alejamiento con América Latina y en el contexto de las Guerra de Estados Unidos en Oriente Medio, empresa que no apoyó México en el Consejo de Seguridad de la ONU, supuso un extravío agudo del papel de nuestro país en el mundo. La política exterior quedó entre la espada y la pared: recuperar la doctrina histórica o mantener el intervencionismo que introdujo Fox. La desorientación de la política exterior con Felipe Calderón es espejo de esta disyuntiva.

Enrique Peña Nieto optó por una política exterior que recuperaba los principios de no intervención en asuntos internos de otros países y con una marcada orientación económica. La designación de José Antonio Meade es inequívoca al respecto. A México lo que le interesaba era potenciar el discurso de las reformas estructurales con un posicionamiento de “país emergente”, que quedó materializado en las portadas de periódicos de todo el mundo durante el primer año de la administración priista. La diplomacia mexicana no quería hablar de política, de derechos humanos y de democracia, sino de dólares, euros y yuanes. La Cancillería como instrumento propagandístico del mal llamado: “momento mexicano”.

Todo se derrumbó cuando la realidad apareció. El 26 de septiembre de 2014 es un antes y un después. La desaparición de los normalistas de Ayotzinapa supuso la derrota de una narrativa. El México real, el impune, violento y corrupto, desplazó al México pujante y en ascenso. El Presidente ya no podía viajar por el mundo hablando de reformas, antes las incesantes preguntas de la prensa extranjera sobre derechos humanos, desapariciones y violencia. Peña Nieto pasó de ser el líder pragmático y reformista de una nación que aspira a ser un polo económico, a ser el Presidente incapaz de dar con el paradero de 43 estudiantes desaparecido. La cortina de humo del momento mexicano se difuminó con la misma rapidez como ascendió.

Luego, la llegada de Luis Videgaray a despachar en Tlatelolco. Y un viraje político en la Secretaria de Relaciones Exteriores. Se nos pintó a Videgaray como el hábil negociador que haría que Trump matizara sus posturas sobre México. Videgaray tiene contacto directo con el círculo cercano del nuevo presidente americano, nos dijeron. No ha sido así. Sin embargo, había otro objetivo: utilizar la diplomacia mexicana con miras a la elección de 2018. Como vimos en la elección del Estado de México, el Gobierno de Peña Nieto no tiene empacho en instrumentar a Desarrollo Social, o a cualquier dependencia federal, con tal de cumplir sus metas electorales.

La Cancillería es una pieza de la operación rumbo a 2018. Los Pinos identifican en Andrés Manuel López Obrador, al rival a vencer. Y ha comenzado la operación Venezuela, de un Gobierno más interesado en hablar de la grave situación política en Caracas que en responder por los derechos humanos en México. Misma estrategia se utilizó en España contra Podemos o en Francia contra Mélenchon.  De pronto, como por arte de magia, México se comprometió con la defensa de los derechos humanos, organizó la cumbre de la Organización de los Estados Americanos en Cancún y buscó consensos para condenar la involución democrática del régimen bolivariano. Detrás de la estrategia política de la Cancillería hay una narrativa de corte electoralista: López Obrador es Maduro y si gana la Presidencia, acabaríamos en un régimen liberticida. Sorprende el ahínco de la diplomacia mexicana en la defensa de las libertades y los derechos en Venezuela, luego de casi un lustro de administración y la cerrazón de Los Pinos a aceptar recomendaciones para la protección de los derechos humanos por parte de organismos internacionales.

Nada daña más a las instituciones que su uso partidista. Venezuela es un régimen autoritario, corrupto, con pesos políticos. Indefendible e injustificable. Sin embargo, México actúa como el candil de la calle y la oscuridad en casa: condena afuera, lo que nunca ha aceptado adentro. La diplomacia mexicana ha sido, en el pasado, un ejemplo de prestigio y autonomía. Su instrumentación política, como ocurrió en Cancún, es una muestra más de la voluntad presidencial de utilizar a cualquier institución pública con tal de favorecer su proyecto y el de su partido. La Cancillería mexicana debe retomar su papel constructivo, de intermediario para resolver problemas y no ser responsable de empeorar la situación con su intervencionismo. Los venezolanos merecen un interés genuino y no calenturas electorales.

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