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Miércoles, 20 de Noviembre 2019
Jalisco | Mora fue el iniciador de la campaña “Se ponchan llantas”, una metáfora para desestimular el uso del automóvil

Martín Mora, un “urbanista de a pie”

El psicólogo de formación e investigador “por vocación”, es director del Departamento de Estudios Suburbanos de la UdeG

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALISCO.- Hace cinco años, en la Ciudad de Guadalajara, inició repentinamente una campaña que criticaba la sobrepoblación de vehículos y la supeditación que el crecimiento y conformación urbana tenía a éstos. El slogan era por demás llamativo: “Se ponchan llantas”.

El artífice de este proyecto, que tomó fuertes dimensiones en la urbe,  careciendo de una plataforma financiera e institucional, era Martín Mora Martínez, personaje que sin sentirse acomplejado por no saber conducir un automóvil, es académico investigador de la Universidad de Guadalajara (UdeG), dedicado al estudio de las metrópolis y el comportamiento de sus habitantes.

“Urbanista de calle”, como se autodefine, aunque asesora en proyectos sobre la metrópoli al Ayuntamiento de Guadalajara, Martín Mora  no es un académico común. Se le puede observar en su bicicleta acompañando o encabezando a los colectivos ciudadanos que marchan  buscando un espacio urbano menos dedicado a los automotores, y más a los peatones.

Psicólogo de formación, e investigador por convicción, no sólo se ha dedicado a plasmar ideas en textos de ciencias sociales, sino en trabajos literarios que van desde suplementos en periódicos y revistas, hasta un libro editado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA), que traza algunos parajes de Guadalajara, El Parpadear de Ícaro.

- ¿Quién eres y de dónde vienes?

- Soy Martín Mora Martínez, nacido en Ameca Jalisco.  Mi familia no es de ahí, sino de Los Altos de Jalisco, de Encarnación de Díaz y lugares de esa región;  y yo nací en Ameca por accidente.  La cuestión es que mi padre era militar, y lo enviaron el regimiento en ese lugar. De mis tres hermanos, yo fui el único que nació ahí en Ameca; los demás viven en San Juan de los Lagos, con mi abuelo.

- ¿Cómo pasas del pueblo a la academia?

- Digamos que siempre fui muy inquieto. Siempre me gustó viajar y salir. Primero, porque vivía en una vecindad muy pequeña y me daba como claustrofobia estar ahí, y después porque cuando mi padre se retiró del Ejército, se hizo chofer de camiones de pastura, y trabajamos en eso durante muchos años. Yo lo acompañaba a sus viajes a Guadalajara, a Tepic, a pueblitos, para llevar costales de pastura para ganado; y esos contrastes tuvieron que ver.
Por otra parte, tenía una vida académica normal: estudié en Ameca la primaria, secundaria y la preparatoria regional, de la Universidad de Guadalajara (UdeG).

- ¿Cómo combinas la literatura con la psicología?

- Antes de incorporarme a la carrera de psicología ya tenía la vena de la literatura. En Ameca formamos un taller literario llamado La Palanca.  Estaba León Plasencia Ñol, era un chavito cuando se acercó con nosotros;  Mario Uribe, que fue nuestro director de teatro muchos años, estaba Ramón Velazco, que ahora es cronista en Ameca; Jorge Bustamante, poeta colombiano que en ese tiempo trabajaba allá en las Minas. La Palanca era una revista de fotocopias, y así me fui formando.
Ya después, aquí en Guadalajara, durante mis días de estudio en psicología  trabajé en suplementos culturales;  en EL INFORMADOR, en el Jalisciense, o en el suplemento de Siglo XXI.

- ¿Pensaste en vivir de eso?

- Vivía más o menos de escribir, pero también lo alternaba con otras cosas.  Cuando estuvimos en psicología, un grupo de amigos que no voy a balconear, de Arandas ellos y yo, nos dedicábamos a escribir trabajos terminales para los colegas de la Facultad. De repente cuando trabajábamos en algún suplemento sí cobrábamos por la colaboración. Pero también trabajamos de taqueros por Herrera y Cairo. El dueño era un señor de Arandas muy ebrio, que no la atendía.

- ¿Y porqué psicología?

- En la prepa de Ameca había dos adiestramientos: uno en desarrollo de la comunidad y otro en cuestiones de agronomía. Originalmente tenía el  interés de estudiar biología, o químico fármaco biólogo, era una cosa que me interesaba hasta por el nombre. Pero en la preparatoria fui encaminado a cuestiones filosóficas, pero también la neurología, porque algún amigo me regaló un libro de neurología. Cuando entré a la facultad, descubrí lo que me interesaba. Estrenamos un plan de estudios en el 85, que incluía sociología, filosofía, antropología, etcétera. Y sentí que ese era mi sitio.

-¿Nunca te vinculaste con la política estudiantil?

- Sí. Estuve en asuntos de política en la facultad.  Había un grupo que me interesó porque hacían seminarios de investigación. Fue el Grupo Proceso, y en sus años ganaron las elecciones en contra del grupo que tenía veinte años ganando las elecciones; era el Grupo Psicología. En ese grupo estábamos Raúl Medina Centeno, ahora rector del Centro Universitario de la Ciénega, Silvia Valencia Abundis, que fue coordinadora académica hasta hace poco con el rector Briseño. Estaba Pilar Aguirre Thomas, que fue asistente de Trino Padilla; Mario Franco, que estuvo muchos años en la radio.
Creo que a diferencia de ellos, que siguieron en la grilla en distintas partes de la UdeG, decidí vincularme más a lo académico. Pero los sigo viendo y tenemos trato, aunque un poco raro porque es como de amistad, pero ellos ya como funcionarios tienen otro tipo de relaciones.

-¿Y tú no?

Pues yo continué en la academia. Después de psicología, trabajé en la Secretaría de Educación como supervisor de Centros de Desarrollo Infantil, entonces tenía que ir a los Cendis, para hacer asesoría psicológica, trabajé como psicólogo de niños y  después me invitaron a la UdeG,  como auxiliar de investigación, porque mi tesis de licenciatura abordó aspectos particulares, no muy comunes.

Al conocer  y trabajar con investigadores que abordaba temas urbanos me percaté de  que este realmente era mi campo. Porque al margen de mi formación como psicólogo  antropólogo, me sigo ubicando como urbanista.

Y pues, de libros académicos,  tengo uno denominado La Identidad transhumana, un  trabajo conjunto llamado Cyborgs e Instituciones, otros sobre Educación y Cultura de Hackers, y cuatro libros sobre cuestiones urbanas, metrópolis y nuevas tecnologías en la Universidad Abierta de Catalunya.

Al estudiar el doctorado en la Autónoma de Barcelona, me vinculé con esta universidad, y publicamos una colección de libros llamados Nuevas Tecnologías y Sociedad, además de un proyecto llamado Metrópolis y Nuevas Tecnologías, en donde hacemos estudios  sobre diseño urbano y demás.  Cada año doy clases ahí en el doctorado de psicología social

- Pero como director de la Maestría en Ciencias Sociales, o colaborando con el Ayuntamiento,  estás en el ámbito burocrático, ¿no te reclaman tus colegas?

- Hay una percepción de que colaborar con los gobiernos, en términos generales, significa grillar, pero es absurdo porque el trabajo académico solamente se justifica por el impacto que tiene en los problemas reales, y en mi caso no puedo ser un urbanista de escritorio, de hecho por eso no quería las fotos (de la entrevista) aquí. Yo soy urbanista de calle, entonces el impacto de las investigaciones que hacemos en la Universidad de Guadalajara, tienen destinatarios muy claros: los usuarios de las vías públicas, la gente corriente, y los que toman decisiones como es el caso de los ayuntamientos.

Yo acepté colaborar con el Ayuntamiento, no como representante de ningún gremio, que también colaboro con GDL en Bici, sino como investigador de la UdeG, no como representante, sino como investigador que trabaja un proyecto que tiene que ver con espacios públicos. Entonces me parece muy normal que mi trabajo tenga que ver con el ámbito de las políticas públicas, sin dejar de cuestionar a los administradores cuando hacen las cosas mal.

-¿Como qué criticarías?

- Pues cuando se burocratizan y hacen cosas absurdas como tomar decisiones desde el escritorio. Gente que jamás ha andado en la calle, que jamás se ha subido a un camión, que no sabe qué ruta lo lleva a un sitio, que no saben andar en bicicleta y tienen el desparpajo de planear la ciudad.  No critico especialmente al OCOIT y este tipo de organismos, pero toman decisiones desde el coche, jamás se han bajado de ahí.

Con el Ayuntamiento, cada vez me reúno menos, porque sólo lo hago cuando hay una actividad ejecutiva, porque las reuniones me parecen improductivas. Yo creo que gran parte de este tiempo nos hemos reunido a discutir cosas en lugar de proponer.
Pero también hay que dejar de ser activistas de la queja, y quejarse por todo lo mal que hace el Gobierno.

¿Y ahí entran los académicos?

-Muchos académicos se llenan la boca hablando de problemas sociales, de exclusión, de la metrópoli caótica, pero lo hacen desde la comodidad de la cátedra, desde la camioneta o el coche, y muy pocos desde el conocimiento de causa. Y me siento muy cómodo desde la posición de conciliar intereses con el Gobierno y el trabajo académico, porque creo que ese es el trabajo del investigador, porque es muy cómodo como investigador discutir grandes cosas en escenarios pequeños, en congresitos de colegas, pero sin meternos a las broncas.

A diferencia de mis colegas tapatíos, yo sí soy bicicletero de pueblo de toda la vida, aprendí a andar en bicicleta a los seis años con mi primera bicla que me compró mi papá, una de segunda mano bien madreada.

-¿Nunca te llamaron la atención en la UdeG por activista?

- En concreto, en un par de ocasiones me llamaron a cuentas porque yo suelo publicar cartas en los correos de los periódicos, me parece que es un buen espacio para hacer propuestas y quejas. Desde la administración pasada, cuando Emilio González Márquez era alcalde, fui muy crítico y tenía un proyecto llamado “Se ponchan llantas”,  que era de denuncia de las invasiones de banquetas, y estuve señalándolo para evitar esos casos. Desde la UdeG, en el Departamento de Ciencias Sociales me pidieron que me midiera porque parecía que tenía una campaña en contra de Emilio González, que parecía muy partidario, aunque no militaba ni milito en ningún partido. Lo hacía  como investigador, y ciudadano.  De hecho me decían que me dedicara a lo académico. Pero el papel es estar en los asuntos públicos.

- Por qué… “Se ponchan llantas”

- El asunto de las plaquitas de “Se ponchan llantas gratis” siempre me pareció divertido. Me gustó la idea quitándole lo de gratis, para que no fuera muy obvio. La idea es metafórica, de ponchar llantas de automóviles, es decir: desestimular el uso del automóvil, simbólicamente lo que queríamos era ponchar llantas para activar piernas o biclicletas.

- Continuarás como investigador, ¿hasta cuándo?

- Espero ser investigador, es una necesidad tácita. Soy investigador por vocación, desde niño. Lo que no estoy seguro es si continúo como empleado de la UdeG. Espero que sí muchos años porque a mí me gusta tener un empleo en el que puedo caminar, leer, hablar con gente, y que me paguen por eso es fabuloso. Pero no estoy muy entusiasmado, aunque no quiero ser mal agradecido con la UdeG, las exigencias que tenemos los investigadores son cada vez más burocráticas y absurdas. De parte de CONACYT, el Sistema Nacional de Investigadores, la SEP y todo se vuelve muy burocrático, hay que  llenar formatos y ese tipo de cosas. El 70% de la actividad es llenar formularios, y no queda tiempo para investigar.

- Y en Ameca, ¿qué te dicen de tu profesión?

- Mis hermanos son campesinos, mi hermana se ha dedicado a cultivar una familia de quince años. En la familia no hay tradición de persona que haya terminado más allá de la secundaria. La academia es un tema del que no hablo allá, no les importa saberlo,  ni a mí me importa explicarles, sino estar con ellos.

- De no haber sido investigador, ¿a qué te habrías dedicado?

- Sería  músico.

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  • Educación local

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