Miércoles, 22 de Octubre 2025
Jalisco | Crónica

Los malos llegaron de fuera

La ciudad construyó fronteras internas y El Fresno quedó acorralado por vías del tren, grandes industrias, el Tren Ligero y Lázaro Cárdenas

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALISCO (14/ENE/2011).- En aquel llano había un guamúchil tan viejo que la sombra alcanzaba para todos los paseantes. “Allá nos juntábamos a jugar fútbol y había tantos arroyos, que la pasábamos a todo dar. Cuando se empezaron a vender tierritas, mi papá compró para vivir aquí, porque era hermoso, se lo juro”, describe Ricardo, quien acaba de llegar al comedor de Cáritas de la Colonia del Fresno con 10 kilos de tortillas calientitas para aproximadamente 50 bocas, casi todas secas y tiznadas por un largo viaje en tren. “Los que van para el Norte los vemos uno o dos días y ya no vuelven. También hay viejitos a los que alimentamos y otros son viciosos que andan por ahí y que piden de comer, pero a esos ya los conocemos y la condición es que no lleguen todos perdidos”.

Hoy no hay llano. Ni rincones verdes para respirar tranquilidad. Sepultaron ríos. Acabaron con los árboles y trazaron cicatrices urbanas en nombre de la modernidad. La ciudad construyó fronteras internas y El Fresno —concebido como una colonia obrera— quedó acorralado por vías del tren, grandes industrias, el Tren Ligero y Lázaro Cárdenas (antes Las Torres). Y adentro, el narcomenudeo atacó todas las manzanas.

La familia de Ricardo era de las pobres, igual que todos los exiliados del campo que llegaban a la ciudad en busca de oportunidades. Los ricos, en ese contexto, eran los ferrocarrileros y los obreros. “Eran las orillas de la ciudad y sí había marigüanillos, pero no se metían con uno. La violencia que se vive hoy es muy reciente”.

Pero, momento, que la fama de esta colonia no tiene que ver con los “nativos”, interviene Rafael Patiño, quien recién nacido, en 1930, llegó a esta zona, en aquel entonces periférica. “Somos gente buena. Éramos pobres, pero tranquilos. Los malos llegaron de fuera y dejaron todo corrompido”.

Rafael también es voluntario en el comedor. Mientras mueve las ollas industriales con sopa de fideo y caldo de pollo, cuenta que llegó con su familia a ese sitio y agarraron un lote “grandísimo”, tanto, que sembraban maíz, calabaza y frijol. Poco a poco, la familia Camberos vendió lotes y se la colonia empezó a tomar forma. “A un lado de nuestra casa llegó a vivir un cargador de La Gloria, una fábrica de almidón; eran muy buenos, porque nos invitaban a almorzar frijoles, tortillas y café… ¡ah! Nos sabía a gloria, porque a veces era lo único que comíamos en el día. Mi mamá trabajaba en una casa de la Colonia Moderna y dependíamos de que le regalaran comida; entonces, si había alimento, era hasta el mediodía”.

Cuando eran deportistas

A las 14:00 horas entran con bolsas de dormir, mochilas y cobijas enrolladas los deseosos de sopita caliente sazonada por Doña Marce, quien agradece que su comida alcance para todos. Ricardo y otro de los voluntarios insisten en que la colonia no era mala, porque ahí todos eran deportistas: había campos de futbol y uno de beisbol, “hasta que la ciudad se los tragó y no nos dejaron nada, ni un parque”.

Ambos recuerdan de inmediato los nombres de grandes jugadores que salieron del Fresno y comienzan a nombrarlos: Francisco Jara, Alberto Onofre, Armando Partida, Aurelio Hernández, Pedro Venegas, Eduardo Ramos, Eduardo Cisneros… “pero de eso ya nadie se acuerda. Teníamos hasta una carrera de antorchas. Y no sabemos qué pasó con la colonia, ahora todo es violencia, los últimos años sólo se sabe de asesinatos. El problema es que ya no hay nadie que proteja a los cerebros de los jóvenes; nadie hace nada para que no entren en el vicio. El Gobierno dejó que esta enfermedad nos tragara”, dice Ricardo.

Conforme terminan de comer, cada uno agradece a Doña Marce y sale a recoger su equipaje. Un salvadoreño de ojos miel que tiene toda la ropa y el rostro cubierto de capas de polvo, recoge discretamente los huesos de pollo que sobraron en la mesa y los guarda en su mochila. Trabajaba en California en el campo, lo deportaron y decidió quedarse en Guadalajara un tiempo, porque le dijeron que es “zona segura”. La idea es tomar el tren de las 20:00 horas, rumbo al Norte. Mientras tanto, quemará algunos cables que vende en la chatarra y con la que consigue algunos pesos, “para ver si consigo algo de comer para el camino”.

En las vías del tren hay pequeños grupos de migrantes con cobijas nuevas que les regalaron los vecinos. Tratan de estar lejos de la “boca del lobo”, donde están todos los “viciosos” que “matan hasta por robar cinco pesos”. Son esos “viciosos” que probablemente compraron por primera vez alguna sustancia en la Colonia del Fresno o en cualquier otro punto de la ciudad, y que poco a poco experimentaron otras drogas hasta que necesitaron robar para seguir consumiéndolas. Son los otros muertos del narcotráfico, los que no caen a balazos. Por eso, Ricardo, el del comedor de Cáritas, extraña aquel guamúchil y aquellos llanos donde los jóvenes jugaban, y piensa que a las nuevas generaciones no hay que olvidarlas y hay que “encaminarlas a actividades como el deporte, así como era en nuestros tiempos. Ojalá alguien rescatara a estos talentos”.

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