Jalisco | Estudios regionales, pasado y presente de Jalisco Los maestros y egresados prominentes del Instituto de Ciencias de Jalisco Manuel Gómez Ibarra, Longinos Banda, Dionisio Rodríguez, Mariano Otero, Fernando Calderón, Bruno Aguilar y Antonio Corona destacan en la herencia del centro universitario Por: EL INFORMADOR 16 de enero de 2011 - 05:27 hs Tras la clausura de la Real y Literaria Universidad de Guadalajara nació el Instituto de Ciencias del Estado en 1827. ARCHIVO / GUADALAJARA, JALISCO (16/ENE/2011).- Al poco tiempo de concretarse la Independencia de México comenzó la recomposición del entramado institucional del país. Esto fue notorio cuando el Congreso General expidió la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos el 4 de octubre de 1824. Con ese hecho, se creó el marco adecuado para encauzar las aspiraciones federalistas desplegadas desde varios puntos del territorio en años anteriores. En dicho contexto se dio la expedición de las respectivas constituciones en cada entidad federativa, impulsadas por sus congresos locales, bajo el espíritu de la normatividad que adoptaba la nación. Una de las primeras fue la de Jalisco, que tuvo efecto a partir del decreto expedido el 18 de noviembre de 1824, gracias a la cual fue investido como primer gobernador del Estado Prisciliano Sánchez Padilla, el 8 de enero de 1825. Este personaje duró en el cargo apenas dos años porque murió repentinamente por enfermedad, el 30 de diciembre de 1826. Sin embargo, varias de las acciones tomadas en ese corto lapso han posicionado a Sánchez como uno de los principales héroes de Jalisco. Una de esas importantes acciones fue la que condujo a la clausura de una institución educativa que, de acuerdo con la percepción de los tiempos post-independentistas, expresaba todavía las aspiraciones coloniales: la Real y Literaria Universidad de Guadalajara. La nueva orientación educativa Aunque dicha Universidad fue inaugurada casi simultáneamente al Real Seminario de Minería de la Ciudad de México (1792), su orientación no pudo ir en la misma dirección en cuanto a la apertura hacia las nuevas corrientes de pensamiento, o al menos no con la velocidad que reclamaban los nuevos actores políticos y económicos. Ello fue el principal motivo para que los gobernantes federalistas tomaran la decisión de clausurarla a partir del 18 de enero de 1826, acción a la que siguió la creación de un nuevo establecimiento para suplir sus funciones: el Instituto de Ciencias del Estado, legalmente creado a partir del Plan General de Estudios expedido el 29 de marzo de 1826 (Biblioteca Pública del Estado de Jalisco —BPEJ—, Colección de los Decretos, Circulares y Ordenes de los Poderes Legislativo y Ejecutivo del Estado de Jalisco 1874), aunque realmente empezó sus funciones hasta el 14 de febrero del año siguiente y duró en funciones hasta los primeros meses de 1834. Entre las novedades sobresale, por un lado, la inclusión de la enseñanza de las ciencias físico-matemáticas y naturales, de las bellas artes y de los idiomas castellano, francés e inglés. Con ello se inauguró la posibilidad de que en Jalisco se pudieran expedir los títulos de arquitecto y agrimensor (o topógrafo), además de actualizar el contenido de los de abogado y médico, que se otorgaban desde 1792 por la Universidad de Guadalajara. En el mismo sentido, al Instituto le fue asignada la función puntal para el desarrollo educativo en todos los niveles, motivo por el cual tuvo también dentro de sus funciones la de sostener una escuela normal lancasteriana. Por otro lado, a diferencia de la clausurada Universidad, al Instituto se le eximió de la responsabilidad de formar teólogos en sus aulas. Profesores extranjeros y algunos mexicanos En la propuesta educativa del Instituto en esta época, sobresalió la figura de profesores extranjeros a quienes se les dejó la responsabilidad de impartir los saberes modernos. De Francia fue Pedro Lissaute, quien había llegado a Guadalajara desde Nueva Orleans (1823) para dirigir una escuela de enseñanza mutua. Pero desde 1827 fue nombrado responsable de impartir las matemáticas en el Instituto, y en cierto momento también, de dirigir a ese establecimiento. La misma nacionalidad tuvo Claudio Gen, a quien se le responsabilizó de los idiomas francés e inglés, así como Guillermo Faget, encargado de enseñar anatomía y cirugía. También fue notorio el lugar que ocupó el arquitecto español José Gutiérrez —antiguo director de la Escuela de Dibujo, que funcionó en Guadalajara con altibajos al menos desde 1805—, como responsable de la Academia de dibujo, geometría práctica, arquitectura, escultura y pintura. Y se contrató al inglés Ricardo Maddox Jones, yerno de José Lancaster —creador del sistema de enseñanza mutua—, para fundar y dirigir la Escuela Normal Lancasteriana en junio de 1828. A estos profesores sólo se adhirieron algunos mexicanos. Entre ellos el boticario Manuel Ocampo, responsable de la química y mineralogía; el médico José María Cano, de fisiología, patología, higiene y medicina legal; Manuel Rioseco y José María Ilisaliturri, de lógica, física general y geografía; así como las personas que fungirían en calidad de asistentes del arquitecto José Gutiérrez en la Academia: Santiago Guzmán, auxiliar en dibujo (también responsable de la Casa de Moneda de Guadalajara); Sebastián Salazar (egresado de la Academia de San Carlos), en escultura, y José María Uriarte, en pintura. No está de más mencionar las dificultades que tuvo el Instituto para conseguir un profesor de botánica en esa época. El resto de materias, más cercanas al perfil de las impartidas en la antigua Universidad de Guadalajara, aunque tratando de sujetarse a la nueva visión moderna y federalista, quedaron bajo la responsabilidad de profesores locales, presumiblemente egresados de esa institución. Ese fue el caso de Luis Solana, encargado de gramática castellana; Juan J. Romero e Ignacio Vergara, de derecho natural, político, civil y constitucional; José Ramón Pacheco, de economía política, estadística e historia de México (Colección de los Decretos; Angélica Peregrina, La educación superior en el Occidente de México). Opinión de la intelectualidad ¿Hasta dónde impactó la labor del Instituto en esta época? Es difícil hacer una evaluación objetiva porque los estudios al respecto son escasos y las fuentes identificadas hasta hoy también son limitadas. Sin embargo, puede afirmarse que este centro educativo ayudó a prefigurar una nueva realidad en el entorno científico y profesional, dada la emergencia de nuevas profesiones, como la de agrimensor y arquitecto. Quizá la parte de un discurso que hizo Anastasio Cañedo en 1848 —que se reproduce a continuación— resuma los cambios que empezaron a darse en la mentalidad de la sociedad jalisciense de la época, gracias a la labor de esa primera incursión del Instituto de Ciencias. A este respecto, decía Cañedo: Al instalarse el Instituto (en febrero de 1827), se convirtió “en el primer monumento de la civilización jalisciense”. Con éste se llamaba a toda la juventud sin distinción de clase, porque ninguna raza quedaba proscrita, porque todos los hombres estaban declarados iguales en derechos, porque las leyes de la inteligencia eran generales para todos los individuos de la especie humana, porque la moral debía ser uniforme para todos los pueblos, porque la educación había de preservar a todos los hombres de los vicios y de los errores, como la higiene los preserva también de las enfermedades, y porque la instrucción generalizada en todas las masas, perfeccionaría progresivamente todas las facultades físicas y morales del hombre, haría más familiares las virtudes y se realizaría sobre la tierra la risueña esperanza de los milenarios, ó el periodo venturoso de Fourier. Las escuelas se elevaron al rango eminente que tienen en las sociedades cultas, los talleres científicos; su número se multiplicó en el Estado, y las aulas del Instituto se poblaron de alumnos. El estudio de las ciencias se hizo la pasión dominante. El Gobierno de aquella época de gloria, hizo venir profesores extranjeros que unidos con los mejores del país, comenzaron a iluminar las inteligencias. La juventud, sorprendida, empezó a conocer las riquezas acumuladas por la ciencia en dos mil años de observación, de experiencia y de cálculo, que son los medios de los que se ha servido el entendimiento en sus investigaciones para explorar el universo y conocer sus leyes. En el ámbito nacional, este experimento educativo impulsado por Prisciliano Sánchez y sus contemporáneos, también fue merecedor de algunos reconocimientos en su época. Concretamente, José María Luis Mora expresaba en 1837 que el Instituto de Ciencias en su periodo de 1827 a 1834, “fue el ensayo más feliz y perfecto que por entonces se hizo [en México] no sólo para despejar de todos sus vicios la educación y la enseñanza sino para introducir los nuevos métodos que facilita(ban) la una y la otra en los países adelantados en la civilización” (en Ma. Estela Eguiarte Sakar, compiladora, Hacer ciudadanos. Educación para el trabajo manufacturero en el siglo XIX en México, 1989). Esa proeza, quizás un tanto exagerada en los discursos de Cañedo y Mora, sería interrumpida parcialmente a partir del triunfo del Plan de Cuernavaca y la implantación del régimen centralista, debido a la clausura del Instituto y la posterior reapertura de la Universidad de Guadalajara, que nuevamente trató de ofrecer sus tradicionales carreras de abogado, teólogo y médico. No obstante, ese cambio de instituciones en la responsabilidad de la educación superior de Jalisco, las bases sentadas por el Instituto y quienes lo impulsaron desde 1827, pronto encontrarían eco en otras instituciones educativas y en otros espacios, al calor de la efervescencia industrial que tuvo sus primeras manifestaciones al iniciar la década de 1830 en el Centro del país, y concretamente en Jalisco al comenzar la siguiente. Por ejemplo, en el nuevo contexto, empezó funciones una Escuela de Artes Mecánicas (después llamada de Artes y Oficio) desde 1843, incluso el propio Instituto fue reabierto en 1848. Bruno Aguilar y Antonio Corona, academia y miliciaTrayectorias militares Otros ingenieros que recibieron su primera formación en el Instituto de la mano de Lissaute y/o Gutiérrez, y que destacaron por su quehacer en México, fueron Bruno Aguilar (1810-1876) y Antonio Corona. En el caso de Aguilar, después de concluir sus estudios de matemáticas en el Instituto, solicitó y logró su ingreso en el Colegio Militar en 1831 para perfeccionarse. En marzo de 1834 se embarcó a Europa con el objeto de continuar su formación en las armas, “con la aprobación del Supremo Gobierno”, que además lo sostuvo económicamente. Fue admitido en la Escuela Politécnica de París, “como alumno externo por tres años y luego por dos en la de Minas, como lo acreditó con certificados de ambos directores”, según se consigna en documentos del Archivo Militar de México. A partir de julio de 1838 viajó a Alemania, donde practicó durante 18 meses la “parte técnica de la artillería”. Después visitó las escuelas de artillería de Francia, Bélgica e Inglaterra, y gracias a los conocimientos adquiridos, en enero de 1845 fue nombrado director de la Maestranza por el Gobierno mexicano, entre muchos otros cargos del mismo tipo (Instituto Cultural Dávila Garibi de la Cámara de Comercio de Guadalajara, Archivo Militar del Estado de Jalisco). Fue partidario del Imperio de Maximiliano, motivo por el cual ocupó, entre otros cargos, el de director general de Artillería (1867). Al reinstalarse la República, dejó la actividad militar para dedicarse a la minería en los estados de México, Michoacán y Guerrero. En Jalisco se habló de Aguilar como el principal prospecto para enseñar las matemáticas dentro del Instituto, cuando éste fue reinaugurado en 1847-1848. También se le mencionó durante la época de Maximiliano, en un manifiesto que dirigió la Junta Directiva de Estudios al Emperador, en 1865, para pedir la restauración de la educación superior en Jalisco. Su mención en ese caso fue para argumentar la viabilidad del Instituto, en tanto que en otro momento habían egresado individuos tan brillantes como él. En lo que fue el primer proyecto impulsado en 1843 por el Presidente Bustamante, para crear la Escuela de Agricultura y Artes en México, le fue asignada la responsabilidad de “vicedirector de la de Artes” (Ma. Estela Eguiarte Saker). Al final, dicho proyecto no prosperó. Respecto al ingeniero Antonio Corona, se sabe que nació en Guadalajara y que de la misma manera que Aguilar, al egresar del Instituto inició su exitosa carrera en la milicia. Luchó en el Gobierno de Santa Anna contra la invasión norteamericana de México en 1846-1847. Fue gobernador de Veracruz de 1853 a 1855; gobernador y comandante del Distrito Federal en 1859, y ministro de guerra y marina de México en los años de 1859-1860. También Corona fue puesto como ejemplo del éxito del Instituto, en su primera época, cuando se buscó el apoyo del Imperio para reabrirlo, en 1865. Pero el beneficio proporcionado a Jalisco por el Instituto sería injustamente medido si sólo se le ve a través de los egresados más prominentes, en campos novedosos como la ingeniería y la arquitectura. De esa época también se titularon importantes médicos, como Pablo Gutiérrez, quien apenas egresó del Instituto en 1828 fue a perfeccionar sus estudios a París; más tarde incorporó su bagaje a la enseñanza médica de Guadalajara desde finales de la década de 1830. Lo mismo que abogados como Dionisio Rodríguez y Juan Gutiérrez Mallén (BPEJ, Gaceta del Gobierno del Estado Libre de Jalisco, 1831), cuyas trayectorias en la educación y la beneficencia fueron ampliamente reconocidas a lo largo del siglo XIX, particularmente por su labor altruista en la Escuela de Artes Mecánicas de Guadalajara desde 1842-1843. Ámbito nacional Dos de los casos más notables en el ámbito nacional recayeron en Mariano Otero y Fernando Calderón. El primero, un ilustrísimo abogado de Guadalajara, quien aunque se graduó cuando ya se había restituido la Universidad en 1835, la mayoría de sus estudios transcurrió en el Instituto de Ciencias de Jalisco. El segundo, por su parte, también nacido en Guadalajara, se graduó de abogado y llegó a ser gobernador de Zacatecas; aunque también se le reconoce por su destacada trayectoria literaria dentro del romanticismo mexicano. Igualmente, es importante valorar el papel de ese centro educativo por otros personajes que iniciaron ahí sus estudios profesionales o elementales, independientemente de que no siempre sea claro si los concluyeron o no. Este fue el caso de Sabás Sánchez Hidalgo Palacio, quien al menos estudió francés en el Instituto –a veces compartiendo las clases con Bruno Aguilar, o en otras con Fernando Calderón— durante 1827 y 1828. Aunque Sánchez Hidalgo no obtuvo título, desde mediados del siglo destacó por sus posiciones cercanas al ideario socialista de Francisco Severo Maldonado y al de Charles Fourier, tanto en su calidad de legislador –incluso de gobernador interino– como de periodista. Federico de la Torre, doctor en historia e investigador de la UdeG. Temas Guadalajara Municipios Historia Lee También Lista de conciertos en Guadalajara que están al 2x1 en Ticketmaster Jueves fresco y con lluvia posible a esta hora en Guadalajara Cierres viales por la Romería 2025 comienzan este jueves Cine al aire libre en Guadalajara: Cartelera del 9 al 12 de octubre Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones