Viernes, 10 de Octubre 2025
Jalisco | 'Yo soy el Buen Pastor'. Así ha querido llamarse. En el pueblo de Israel era muy conocido ese oficio desde la antigüedad, desde su hist

Jesús, el Señor, es el Buen Pastor

En este cuarto domingo de Pascua, en el capítulo décimo del Evangelio, San Juan presenta al Señor desempeñando el humilde oficio de pastor

Por: EL INFORMADOR

      En este cuarto domingo de Pascua, en el capítulo décimo del Evangelio, San Juan presenta al Señor desempeñando el humilde oficio de pastor.
     “Yo soy el Buen Pastor”. Así ha querido llamarse. En el pueblo de Israel era muy conocido ese oficio desde la antigüedad, desde su historia. Pastor era Abel; Abrahán partió de Ur de Caldea, hacia las fértiles llanuras cercanas al río Jordán, guiando sus rebaños; en el mismo oficio se ocupaban los hijos de Jacob, cuando les entró la mala idea de vender a su hermano José; Moisés pastoreaba las ovejas de su suegro Jetró, cuando miró una zarza ardiendo y recibió allí el mandato divino de sacar al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto.
     David era adolescente que pastoreaba las ovejas de su padre Jesé, cuando el profeta Samuel derramó sobre su cabeza un cuerno lleno de aceite y, tras ungirlo, le dijo: “En adelante ya no pastorearás las ovejas de tu padre, sino que serás el pastor del pueblo de Israel”.
     Eran pastores que se calentaban al fuego al filo de la media noche, aquéllos a quienes el ángel mensajero les dio la alegre noticia del nacimiento del Salvador, y ellos fueron los primeros en correr y llegar y postrarse ante el Verbo de Dios hecho hombre, envuelto en pañales y recostado en un pesebre.
     Muy familiar y cercana era para ellos la figura del pastor, y el Señor se valió de esta imagen para hacer entender su acción y su presencia en medio de los suyos.

“El Buen Pastor da
la vida por sus ovejas”

     Ésta es la mayor prueba de amor del pastor a sus ovejas.
     Todo es obra del amor de Dios. San Pablo, en su Carta a los Romanos, habla del amor de Dios a los hombres. “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros pecadores, murió por nosotros” (Rom. 5, 8).
     Y San Juan: “Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su único Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 4, 9). “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó primero y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” Juan 3, 16).
     Cristo es el supremo testigo y testimonio del amor del Padre. Jesucristo es el amor de Dios a los hombres hecho visible.
     San Pablo --cuando era un fariseo fanático entregado a la ley mosaica y a los profetas-- experimentó con tanta fuerza el impacto del encuentro con Cristo en el camino de Damasco, que ya en adelante su único pensamiento, su único tema de predicación, fue Cristo crucificado; y en las primeras líneas de su primera carta a los habitantes de Corinto --griegos unos, judíos otros--, les presenta a Cristo en tres ideas : la palabra de la cruz, el misterio de la cruz, la fuerza de la cruz.
     Ante el Nazareno clavado en la cruz, levantado en alto, Él es la máxima palabra de amor; toda palabra humana sale sobrando. Desde esa altura, ante el silencio de otras bocas, Él sigue hablando desde hace veinte siglos.
     Es misterio, porque es la unión de dos elementos al parecer irreconciliables: el amor infinito y el infinito dolor.
     De allí muchos hombres, unidos al crucificado, han sacado gracias infinitas, fortaleza, valentía para vencer, para sufrir, para vivir, para morir.
¡Dios crucificado! Nunca entendieron los judíos un mesías así. “¡Si eres el Hijo de Dios, baja de esa cruz!”, gritaban.

“Conozco a los míos”

     Es un conocimiento de amor. “Como el Padre me conoce a mí, así conozco yo a mi Padre” (Jn 10, 15). El conocimiento del Creador es fuente de todo conocimiento. “Todo lo que estaba oculto lo conocí con toda claridad, porque la Sabiduría , artífice de todo, me lo enseñó” (Sabiduría 7, 21).
     Para Cristo nada está oculto. El corazón humano está abierto para Él. Porque conoce íntimamente a cada uno, todo lo dispone, con amor, para bien.
Conocimiento, Sabiduría, amor, misericordia y, por lo mismo, perdón, caben en la acción del Buen Pastor, no sólo para todas, sino para cada una, en particular, de sus ovejas.
     Por eso el buen cristiano ni se siente solo ni cae en el abatimiento, ni da pasos en falso, porque siente el consuelo, el estímulo y la defensa del Pastor cercano a él. “El Señor es mi pastor, nada me falta “, así habló el Rey David porque sentía en todo y a todas horas la mano protectora de su Señor, de Dios.
     En medio de las incomprensiones, las mezquindades y las injusticias de los hombres, gran consuelo es acudir y tener la respuesta de Jesús.
     Así el cristiano, a ejemplo del Buen Pastor, ha de aprender a ser prudente y comprensivo con los demás.

“Y los míos me conocen a mí”

     Para conocer a Cristo es necesario levantar la mirada y contemplarlo en lo alto de la cruz.
     San Martín de Porres, aquel humilde mulato peruano que era mandadero, cocinero, peluquero y barrendero en el convento de los padres dominicos de Lima, ansiaba terminar sus faenas para ir y dejar correr el tiempo,y no lo sentía correr, mientras --abiertos los ojos y más abierta su alma-- contemplaba la imagen de Cristo crucificado.
     San Agustín padeció dos años en inquietudes, dudas y angustias, antes de atreverse a pedir el bautismo. Cuando ya en su inteligencia --preclara, por cierto--, en su imaginación y en su sentimiento quedó incrustada la imagen de Cristo, entonces ya inclinó la cabeza para que el sabio obispo de Milán, San  Ambrosio, derramara las aguas para hacerlo hijo de Dios, cristiano. “Tarde te conocí, tarde te amé, Verdad Amada”, dejó dicho en su libro “Las Confesiones”.
     En este siglo de movilidad creciente, si alguien emprende una campaña y sale a las calles con una sola pregunta: “¿Quién es Jesús de Nazaret?”, o “¿Quién es Jesucristo?”, tal vez podrá constatar con tristeza la ignorancia de las mayorías.

“Vela, Señor, con solicitud
por las ovejas que rescataste
con la sangre preciosa de tu Hijo”

     La Pascua es tiempo de alegría, de gratitud, de esperanza, todo porque el Buen Pastor resucitó y está en medio de sus ovejas. Mas Él ha dejado su Reino, su Iglesia, su rebaño encomendado a su vicario el Papa Benedicto XVI, a los obispos, a los sacerdotes del pueblo de Dios.
     Cada día es necesario pedirle a Dios, con fervor y constancia, que mande a su Iglesia pastores llenos de fe, de amor, con vida e intenciones limpias y con gran deseo de servir, no de ser servidos.
     Que se eleve la oración de todos los fieles con dos intenciones: la santificación de los sacerdotes y la respuesta de los jóvenes al llamado, cuando escuchen esta voz: “Ven, entrégate al servicio de tus hermanos en el sacerdocio ministerial”.

Pbro. José R. Ramírez             

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