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Domingo, 18 de Noviembre 2018
Jalisco | El primer cardenal de Guadalajara atrajo la atención del país entero hacia finales de 1958

Guadalajara nunca pierde la esperanza: José Garibi

Desde el vaticano recibió el nombramiento de cardenalicio

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALISCO.- Quien fuera el primer cardenal no sólo de Guadalajara, sino de México, José Garibi Rivera, atrajo la atención del país entero hacia finales de 1958, precisamente cuando desde el Vaticano se le dio el nombramiento cardenalicio, lo que equivalía, entre otras cosas, a ser la máxima autoridad de la Iglesia católica en México, el representante de Papa en este país. Aquella fecha quedó grabada en la memoria de los tapatíos de una manera muy especial, al grado de que las fiestas y ceremonias para celebrar el suceso iniciaron su preparación desde el momento en que EL INFORMADOR dio la noticia confirmada, un 18 de noviembre de 1958. Con el nombramiento, la comunidad católica, especialmente la tapatía, consideraba que la ciudad tenía que transformarse, tenía que ser “otra…una Guadalajara llena de amor, una Guadalajara limpia y una Guadalajara de paz…” Ser un pueblo que nunca pierde la esperanza es algo que siempre nos ha caracterizado.


Datos biográficos

El arzobispo y primer cardenal de Guadalajara, José Mariano Garibi Rivera, nació en esta ciudad el 30 de enero de 1889; hijo de Miguel Garibi y de Joaquina Rivera, quienes dos días después lo registraron en la parroquia del Sagrario Metropolitano. Sus primeros estudios los realizó en esta capital tapatía, y desde joven fue notoria su devoción y anhelo por la vida religiosa. Estudió en el Seminario Conciliar del Señor San José, y en febrero de 1912 obtuvo la unción sacerdotal de manos del arzobispo José de Jesús Ortiz y Rodríguez. Al año siguiente, aún siendo estudiante en proceso de preparación, en el Seminario menor impartió algunas clases y llegó a ser prefecto del plantel. Fue la actividad que lo impulsó a continuar con estudios superiores, pues el recién nombrado arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, lo envió a perfeccionarse a Roma, en el Colegio Pio Latino Americano, y en la Universidad Gregoriana.
 En 1916 regresó a México, doctorado en Sagrada Teología y bachiller en Derecho Canónigo. Hizo escala en Estados Unidos, y desde aquel país acompañó al arzobispo Orozco y Jiménez a México, cuando la persecución religiosa convertía el viaje en una peligrosa travesía en la que, por cierto, el Gobierno federal los tomó presos por corto tiempo. Fue así como dio inicio su dinámica carrera eclesiástica, en medio de una tremenda convulsión nacional llamada Revolución Mexicana.


Su carrera eclesiástica

Fueron muchos los cargos y labores que desempeñó Garibi Rivera durante su ejercicio como hombre de la Iglesia católica. Luego de su regreso de Roma, llegó a ser el brazo derecho del arzobispo Orozco y Jiménez, cuando éste lo consagró en la catedral de Guadalajara como obispo titular de Rosso y auxiliar suyo, en mayo de 1930, luego del fin de la guerra cristera. Tres años después fue nombrado vicario general, tras la muerte del deán Manuel Alvarado, quien había tenido importante papel en el restablecimiento del culto cristiano en Guadalajara, luego del fin del conflicto cristero.

En 1934 fue ascendido a la dignidad de arzobispo titular de Byzia; al mismo tiempo lo nombraban coadjutor de Orozco y Jiménez, a petición de éste mismo, “con derecho a la futura sucesión” por coadjutoría, con “toda la facultad y potestad que de derecho pertenecen a dichos obispos coadjutores”. Ante la enfermedad del arzobispo Orozco, Garibi fue llamado a venir a Guadalajara y le acompañó hasta su último día de vida, el 18 de febrero de 1936; en ese momento, y de manera automática, Garibi se convirtió en el sexto arzobispo de Guadalajara.

Fue el obispo de Zacatecas, Ignacio Plasencia y Moreira, quien le impuso el sagrado Palio en la catedral tapatía, en agosto de 1936, concretando de manera oficial la posesión del cargo; a esta ceremonia asistieron varios obispos del país, como el de Tabasco y Sinaloa. El Palio es una “faja de lana blanca” con seis cruces de seda negra bordadas  a lo largo de la prenda, que era un distintivo que “sin él, ninguno podía titularse arzobispo”.

Si antes había tenido una vida dinámica y activa en el medio eclesiástico, ahora serían mayores las responsabilidades que tendría por delante, de las que siempre expresó que las hacía con gusto, especialmente sabiendo que con ello servía a Dios y a la humanidad. A Garibi Rivera le tocó continuar la reestructuración de la arquidiócesis iniciada por Orozco, luego de superadas las etapas de la lucha armada tanto de la Revolución como del conflicto cristero. Aún no imaginaba que un grado mayor le sería otorgado años después por la Santa Sede, lo cual vendría a darle un nuevo rostro no sólo al prelado, sino al catolicismo local y nacional.

Algunas de sus acciones pastorales    
1933    Nombrado Vicario General.
Deanato
1936    Congreso Eucarístico Interparroquial, La Barca.
1937    Congreso Eucarístico Interparroquial, Lagos de Moreno.
1937    Jubileo sacerdotal: sus bodas de plata, 25 años de sacerdocio.
1939-1940    Celebración del 75° Aniversario de la erección de la Arquidiócesis de Guadalajara (1863).
1941    Coronación canónica de la imagen de Nuestra Señora del Rayo.
1942-1946    Celebración de los 25 años de la coronación de Nuestra Señora de Zapopan.
1946    Congreso Eucarístico Interparroquial, Jalostotitlan.
1948    Celebración del Cuarto Centenario de la erección de la Diócesis (1548).
1948    Consagración de los obispos de Colima, Huejutla y Sinaloa 1954    II Concilio Plenario de la Arquidiócesis.
1958    Nombrado cardenal, primer mexicano en tener este Título.
Desde 1924, por orden del arzobispo Orozco y Jiménez, estuvo al frente de la construcción del templo Expiatorio.
Fue director eclesiástico de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM).
Director de la Liga de Prevención de la Juventud.
Presidente de la Acción Católica Mexicana (ACM).
Director general de la Doctrina Cristiana.
Director de la Academia Filosófico-Teológica de Santo Tomás de Aquino.

Hacia el cardenalato

Ni la muerte del Papa Pio XII, ni la coronación de su sucesor, Juan XXIII, en 1958, fueron motivos para que el arzobispo Garibi Rivera se ausentara de su diócesis. Solamente el llamado especial que le hizo el recién nombrado líder de la Iglesia católica, en noviembre de ese año, lo hizo viajar a Roma, donde participó en las sesiones del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), mismas que concluyeron el día 14 de ese mes de noviembre. La prensa internacional informó que en el marco de actividades del CELAM, el Papa anunciaría el “nombramiento de [veintitrés] nuevos cardenales de la Iglesia católica”, sin saber todavía quiénes serían.

Concluidos los trabajos del CELAM, parecía que todo estaría dispuesto para regresar a Guadalajara, pero antes el arzobispo tapatío, de parte del Papa recibió un sobre de manos del cardenal Antonio Samoré, dignatario del Vaticano: el arzobispo de Guadalajara, Garibi Rivera era “uno los veintitrés”. Entre los días 14 y 17 de noviembre se firmaron los nombramientos y se realizaron todos los preparativos para la solemne ceremonia. La Radio Vaticana hizo pública la noticia y el día 18 apareció en las páginas de EL INFORMADOR, lo que para el pueblo mexicano seguramente fue la mejor noticia recibida en los últimos años.

Uno de los puntos que el jerarca del Vaticano destacó a la hora del nombramiento de los nuevos “príncipes” de la Iglesia, fue que el aumento de cristianos en el mundo exigía nuevos pastores, al mismo tiempo que se pretendía combatir el “azote del comunismo” en el mundo, que, según el Pontífice, tanto daño hacía al cristianismo. En el contexto internacional, esto era parte del proceso de secularización al que estaban sujetas las distintas iglesias, y en el caso de México, el nombramiento de Garibi marcó una nueva etapa en las relaciones entre el Estado y la Iglesia.

La ceremonia cardenalicia

Fue el 17 de diciembre de 1958 cuando se realizó la ceremonia, en el Salón Consistorial del Palacio del Vaticano, presidida por el Papa León XXIII, quien estuvo acompañado de los miembros de la Corte. Monseñor Salvatore Capoferri, maestro de ceremonias presentó uno a uno de los nuevos cardenales, para imponerles el birrete y la cadena de oro, emblemas de su Dignidad. Garibi Rivera fue el sexto en el orden en que fueron recibiendo los símbolos cardenalicios. Con el birrete (bonete de cuatro picos, rojo para los cardenales) se dio la “protesta formal de obediencia” de los investidos; el color rojo de su birrete, vestiduras y sombrero, significa precisamente que deben mantenerse siempre fieles a la Iglesia “aun a costa del derramamiento de su sangre”, les dijo el jerarca del Vaticano desde su trono papal.

Al momento de la colocación del birrete, luego de una reverencia al Pontífice, también les fue puesta la cadena y el crucifijo dorado para luego besar la mano del Papa. Los nuevos “príncipes” de la Iglesia se unieron formando un semicírculo ante el trono para reafirmar así su fidelidad y compromiso adquirido.


Guadalajara recibe al nuevo Cardenal

El cardenal arribó a la Ciudad de México, luego de hacer  escala en París, el 27 de diciembre; los representantes de la Acción Católica Mexicana, los jerarcas de la Iglesia, además de un ejército de reporteros y fieles, le dieron la calurosa bienvenida. El delegado apostólico, monseñor Luigi Raimondi, lo acompañaba, además de otros religiosos. Ya tenían preparada la recepción que se haría al nuevo portador del anillo pastoral, desde su llegada a la capital mexicana hasta la catedral de Guadalajara.
Por todas y cada una de las localidades por donde pasó, dejó una profunda huella y seguramente un claro mensaje de paz. Por primera vez se tenía un cardenal mexicano, y eso generó el más grande júbilo. La recepción en esta ciudad fue sin duda la más suntuosa; el hombre que se fue arzobispo regresó a casa investido cardenal. Al llegar a Tlaquepaque, alrededor de las siete de la noche del 29 de diciembre, en la “Pila Seca” abandonó el vehículo en el que venía desde León, Guanajuato, y pasó a ocupar el convertible que lo llevó hasta la catedral tapatía, en medio de un océano de gente que quería ver a su cardenal, acompañado siempre por el delegado Raimondi. Los Caballeros de Colón, las órdenes de Malta, del Santo Sepulcro y San Gregorio, junto con el pueblo entero, formaron largas vallas que lo escoltaron a través de las calles de la ciudad, donde no cabía un alma.

Floridos arcos, banderas, pancartas, imágenes del cardenal, arreglos florales multicolores, así como una alfombra de flores y confeti adornaron el camino. A cada rincón envió sus bendiciones y la gente le correspondió con todo el apoyo que se le puede dar a un recién nombrado cardenal, oriundo de esta ciudad, además. Los integrantes de los clubes locales de Guadalajara, Atlas y Oro, alumnos del Semanario menor, donde el festejado había estudiado, así como varias delegaciones del estado, flanquearon la avenida 16 de Septiembre hasta la entrada a la catedral, donde lo recibió el Venerable Cabildo y le puso sus “ropajes purpurales”, al suave ritmo de los acordes del enorme órgano de tribuna. Se dirigió entonces hacia el altar mayor. Por primera vez pisaba su catedral como cardenal.

En nombre de la Acción Católica, el profesor Eduardo Levy Villegas le dio unas palabras de bienvenida, mientras que por parte del Cabildo catedralicio, del clero regular y secular, hizo lo mismo el canónigo doctor José Ruiz Medrano. También habló el delegado apostólico Raimondi, para después dar lugar al mensaje del homenajeado, quien emocionado externó su gratitud al pueblo que lo recibió, enseñándole “la grandeza de su designación”. Dijo: “Doy gracias a todos porque estos actos me están llamando a los ojos del Señor”. Le pidió al delegado apostólico comunicarle al Papa que “nos sentimos muy unidos, hijos del Papa, hasta que llegue el día en que Dios nos abra sus brazos y nos acoja en su seno”.

La Sinfónica de Guadalajara, el coro de la Escuela de Música Sacra, bajo la batuta del presbítero Manuel Jesús Aréchiga, junto con todos los ministros de la mitra, entonaron el Te Deum de Perosi, para después interpretar el Himno Nacional. Eran las 10 de la noche y la ceremonia terminaba.

Por varios días se extendieron las celebraciones y felicitaciones al prelado, no sin antes tomarse un breve pero merecido descanso luego de su largo viaje que seguro lo llevó presente hasta el último día de su vida.


¿Qué es un Cardenal?

Los cardenales son miembros del “Senado del Pontífice, y le asisten como consejeros y colaboradores en el  gobierno de la Iglesia”. A este cuerpo colegiado también se le conoce como Sacro Colegio. Son pues, quienes conforman una especie de gabinete, además de que, desde 1059, ejercen el derecho de elegir al Papa. El número de cardenales no ha sido siempre el mismo al paso de los años; ha habido desde 24 cardenales (siglo XV), hasta 75 que hubo durante el papado de Juan XXIII, quien precisamente al iniciar su pontificado, el Sacro Colegio lo conformaban 52 miembros, más los 23 que él mismo ordenó, entre ellos Garibi Rivera.

Existen tres órdenes cardenalicias: Cardenales Obispos, Presbíteros y Diáconos; es a uno de esta última orden a quien le corresponde anunciar la elección del nuevo Papa: “Habemus Papam”, así como su coronación.


Cardenalatos en Guadalajara

A partir del cardenalato de Garibi Rivera, todos los arzobispos que han ocupado la mitra tapatía de manera ininterrumpida han sido elevados a la dignidad de cardenales. Su sucesor, el arzobispo José Salazar López, fue elevado a la dignidad cardenalicia en 1973. Luego de la muerte de éste, ocupó la sede tapatía el arzobispo Juan Jesús Posadas Ocampo, a quien el Papa Juan Pablo II le concedió el capelo cardenalicio en junio de 1991. Se convirtió en el tercer cardenal mexicano en ocupar el obispado de Guadalajara. Tras el asesinato de Posadas Ocampo, en 1991, la sede estuvo vacante por dos años, hasta que en 1993 la ocupó el arzobispo Juan Sandoval Iñiguez. El mismo Papa Juan Pablo II le impuso el birrete de cardenal un año después, y hasta hoy continúa en el cargo.

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