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Jueves, 14 de Diciembre 2017
Entretenimiento | Saturnino Herrán (6)

Visiones de Atemajac

Colaboración de artes por: Enrique Navarro

El rebozo, de 1916, y La criolla del mantón, del año 1915, también resumen buena parte de los afanes estéticos de Saturnino Herrán. El primer cuadro es un óleo de 121 por 112 centímetros y pertenece al Museo de Aguascalientes. En él hace su aparición otra mestiza altamente atractiva por sensual. Desnuda, sentada sobre un gran mantón y relajada, protagoniza la imagen típicamente herraniana: fusión racial en medio de celajes y cielos azules rasgados; hay fachada barroca y follajes del Trópico de Cáncer: mexicanidad plena. Un rebozo se enreda en el cuerpo desnudo de la modelo tapándole solamente el pubis, sin embargo, en la parte inferior del cuadro se abre subliminalmente una vagina-mamey para compensarnos eróticamente por la zona cubierta. Algunas manzanas ruedan por el empedrado a los pies de la mestiza. Otras las contiene un plato posado en sus muslos. Una más es sostenida por su mano en una tentadora actitud oferente. Todo es piel turgente. Carne trémula. Por último, un gran sombrero charro entremezclado con la fruta, nos recuerda la estirpe criolla del mundo desplegado por Herrán: el pelo y ojos oscuros contrastados con la fusionada tez morena clara de la mujer lo dice todo. La composición, por lo demás, está resuelta con base en un sólido triángulo equilátero conformado por el cuerpo femenino y la mantilla extendida. Herrán se vale, además, de una gran equis subordinada para disponer y tensar elementos de la composición.

En La criolla del mantón, Herrán retrata el rostro y tronco de la misma modelo del cuadro anterior. Mide 57 por 36 centímetros y es una acuarela con lápices de color resguardada por el Museo de Aguascalientes. En un triángulo isósceles cargado a la derecha entra un coqueto hombro desnudo, unos carnosos labios entreabiertos color naranja y unas doradas arracadas. Un bellísimo mantón floreado envuelve el cuerpo semidesnudo.

La criolla del mango, de 1916, y De feria, del mismo año, redondean las musas herranianas. La primera agrega a las anteriores un aspecto destacable: el alto contraste para separar partes de la composición -como el rostro o el brazo que sostiene el mango contra el fondo más oscuro- apoyándose en un evidente recurso lumínico deudor de su formación academicista. El segundo cuadro nos remite a las vanguardias de principios del siglo XX, como el referido Fauvismo. Experimenta con un gran estallido de color plano bermellón para representar tanto la blusa ostentada por la modelo como su tela amarrada al chongo del pelo, además de la gran flor rojiza sostenida por la mano izquierda. La figura, finalmente, está bañada con una espléndida luz dirigida que Herrán gustaba de utilizar tanto para moldear el claroscuro de los rostros como para sugerir cierta aureola de misterio.

navatorr@hotmail.com

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