Jueves, 09 de Octubre 2025
Entretenimiento | Su cara era la misma

Los trabajos de la revancha

El tiempo le había sido benévolo

Por: EL INFORMADOR

Habían pasado 20 años después de la última vez que lo vi. Pero su cara era la misma y hasta el bigote mantenía la gallardía de quien vigila el mundo desde las alturas. El tiempo le había sido benévolo, aunque no con su cuerpo, que ya presentaba el desacomodo de unos hombros caídos, ligero encorvamiento y el visible cansancio de un hombre a los 70.

De cualquier manera bastó verlo acercarse a la fila de abordaje para identificarlo con la facilidad de quien reconoce la fachada de su propia casa. Y es que el recuerdo era plástico. La última vez que lo vi había sido la primera. Fue entonces que me convencí de que para la memoria no existe el tiempo, porque no distingue si lo que guarda sucedió ayer o nunca ha pasado. Hasta antes de su aparición, mis planes para el lapso de vuelo a Tuxtla Gutiérrez se concentraban en la estructuración oral de la ponencia sobre el fomento al libro y la lectura. Ningún otro despropósito pudo habérseme atravesado que saber de la presencia del Viejo en el mismo avión, con el mismo destino y mismo objetivo de viaje que los míos.

No hubo intento de distracción posible para alejar la idea de que junto a mí iría el monstruo aquel que un día, frente a preparatorianos, y sin misericordia alguna, contó a detalle y panorámicamente, la muerte vil de una ballena.

Se hacía acompañar de dos hombres corpulentos y una mujer de voz aguda que reía a cada murmullo. Los seguí con la mirada por el pasillo del avión en busca de sus asientos y no alcancé a reaccionar cuando de pronto el Viejo se dejó caer desvencijado, al lado mío.

Él no sabía de mi animadversión por sus aquéllas palabras que destazaron ante los oídos atónitos de mis compañeros, a la indefensa por varada, ballena. Ahora el destino -que siempre es involuntario- lo ponía a mi derecha, con su carraspear y constante pañuelo blanquísimo que trazaba una y otra vez la distancia entre sus pómulos ligeramente enjutos y rosados.

Tampoco sabía que el rechazo que le venero está originado en considerarlo el principal responsable de los perversos trabajos de la ballena, pues si bien él no era el asesino confeso, sí fue quien puso en mi realidad esa triste y arrastrada historia que no deja de perturbarme, por más que me digo y me repito que seguramente se trataba de otra de sus habladurías para someter a más de alguno al vicio de la lectura.

Mientras pensaba en la conveniencia de enfrentarlo para reclamarle los estragos que me dejó su ballena, y con ello exorcizar los fantasmas que me trajo la adicción a los libros, apareció, allá abajo, cual serpiente de ligeros y calculados movimientos, entre los intensos y variados verdes, el río interminable del Grijalva. El piloto anunciaba el inminente aterrizaje y yo veía desvanecerse la posibilidad del ajuste de cuentas, no por falta de valor, sino más bien por la mujer aguda que llevábamos como vecina, quien salió de su asiento de un solo zarpazo mostrando su apenas contenible trasero, se acercó al Viejo con cautela estudiada y deslizó monosílabos a su oído, a lo que éste asintió con desenfado, y tan solo la azafata permitió retirar el cinturón, una docena de pasajeros atosigaban al antiballenas, a quien nombraban “don Eraclio”, solicitándole autógrafos y rociándolo de halagos.

Librado del avión, Tuxtla me recibía con lluvia tímida, calor húmedo y con un solo pensamiento: planear la revancha.

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