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Martes, 25 de Septiembre 2018
Entretenimiento | Francisco Mata Rosas pertenece a la generación de periodistas gráficos de la década de los 80.

La foto, el otro rostro de Francisco Mata Rosas

El temblor del 85, la vida indígena en la urbe o el Metro y sus laberintos forman parte de la galería personal y este 12 de abril presenta su libro ‘Tepito, ¡bravo el barrio!’

Por: EL INFORMADOR

MÉXICO.- Mariana Yampolsky le dijo que para ser reconocido, un fotógrafo requería dejar al menos cinco imágenes en la memoria de la gente.

“Tú ya tienes una”, agregó la fotógrafa. Se refería a la foto titulada Mictlán, que Francisco Mata Rosas captó en pleno Zócalo del Distrito Federal y que muestra a un personaje ataviado como la muerte ascendiendo por las escaleras del Metro.

Ese es el principal argumento por el que esa imagen tiene un lugar de honor en la decoración de la casa del fotógrafo, en la colonia Narvarte, barrio que lo vio nacer en 1958.

Comunicólogo por la UAM Xochimilco y fotógrafo por vocación, Francisco Mata Rosas pertenece a la generación de periodistas gráficos que en la década de los 80 renovó la historia del fotoperiodismo nacional (Marco Antonio Cruz, Pedro Valtierra, Frida Hartz, entre otros), aquellos que hicieron de lo cotidiano algo noticioso.

A través del lente de su cámara han desfilado sucesos como el temblor de 1985, un terremoto en El Salvador en 1986, la ofensiva final del Frente Farabundo Martín en San Salvador, la creación de la corriente disidente del SNTE y el movimiento del CEU.

México Tenochtitlán, América profunda y Sábado de gloria son algunos de los trabajos de crónica visual en donde el ámbito urbano cotidiano se transforma en una galería de hallazgos.

El próximo 12 de abril presentará un libro que integra lo más reciente de su trabajo: Tepito, ¡bravo el barrio!, serie de retratos de personajes que habitan uno de los barrios más famosos del Distrito Federal.

Y otro barrio famoso, la Narvarte, es el sitio en donde Mata Rosas reflexiona sobre su profesión y evoca su origen.

“A mi papá le gustaba mucho la fotografía. Tenía sus cámaras profesionales y semiprofesionales. Las vacaciones o los cumpleaños eran registrados por él en diapositivas. Cada actividad familiar se veía coronada por una proyección.”

“Además él es impresor. Hacía postales para los turistas en la catedral o Palacio Nacional, reproducciones de los murales. La imagen estaba cerca. En la casa siempre estaba la revista Life o National Geographic.”

No, yo quería dedicarme a escribir. Cuando estaba en la universidad me interesaba mucho el periodismo escrito, sobre todo la crónica urbana. José Joaquín Blanco era mi ídolo y las crónicas que hacía en Unomásuno eran el camino a seguir.

Terminé la carrera, me invitaron a dar clases de fotografía en la universidad y, de manera paralela, a colaborar en el recién fundado periódico La Jornada.

Me inscribí en el CUEC porque quería estudiar cine, pero al final fue la fotografía la que jaló. Desde 1985 me dediqué profesionalmente a la misma.

Una Nikon F y una Leica M3. La conseguí trabajando. Me gustaba mucho andar triangulando las cámaras. Me compraba una cámara, la usaba un rato e iba a Donceles a cambiarla o venderla y comprar otra. Juntaba una lana y adquiría otro. Por mis manos pasaron muchas cámaras No tengo de esa época.

Ventajas, sobre todo en prensa. Me dan mucha envidia los compañeros de ahora. En mis épocas tenía que viajar con una maleta que se armaba. Tenías que llegar a los hoteles, oscurecer el baño, viajar con tanques y botellas con químicos. Aparte tenías que revelar, imprimir y enviar con un aparato en el que ponías la foto y comenzaba a mandar una foto de 5 por 7 en no sé cuánto tiempo. En el fondo es lo mismo: trabajar con luz sobre un material sensible. Lo que ha cambiado es el material.

Por otro lado, ahora se dispara más que antes. Debido a la restricción del material antes había una concentración mayor. A lo mejor hablo como viejito romántico. La posibilidad de que dispares y veas en la pantalla es una ventaja. Pero durante el tiempo que ves la pantallita están pasando cosas.

Cuando estudié Comunicación, la gran utopía era el acceso de la sociedad a los medios. Ahora se está logrando. Este fenómeno va a modificar al fotoperiodismo, que históricamente ha tenido dos características: estar en el lugar de los hechos y tener la capacidad técnica para resolver la imagen. Estas condiciones quedan resueltas por cualquier ciudadano con celular. Es más probable que un ciudadano esté frente a un hecho, que un fotoperiodista. Pienso que el registro puntual de los hechos va a quedar en manos de la ciudadanía. Ahora el fotoperiodista deberá dedicarse entonces a la investigación, a proyectos de mayor profundidad, ensayos visuales que nos explicarán fenómenos sociales.

Vamos a quitar el verbo terminar, porque lo sigo haciendo y espero seguir haciéndolo por un buen rato. El primer libro que hice fue Sábado de Gloria, un trabajo que realicé en balnearios del oriente de la ciudad. Fue producto de una orden de trabajo, que se extendió durante cinco años. América profunda fue sobre la condición indígena en la ciudad de México. México Tenochtitlán me llevó 15 años de trabajo y es sobre las fiestas religiosas en la ciudad. Luego hice Tepito y está por salir un libro sobre el Metro.

Sí, me gusta mucho escribir. Mis proyectos siempre los fundamento. Es el paso obligado para pasar de los abstracto a lo concreto. Llevo no un diario exactamente, sino un registro de mis ideas o mis emociones. Viajo mucho. Paso fuera de la ciudad cinco o seis meses. Cuando te metes en un proyecto y te pones el chip —iba a decir el casete, pero revelaría mi edad— todo lo que percibes se relaciona con tu tema y eso lo registro. La génesis de las fotografías tiene que ver con todo: el cine, la literatura, las borracheras, las pesadillas, las pláticas. La fotografía es todo lo que tienes que hacer para tomar fotografías y no un pedazo de papel o pixeles sobre una pantalla. Eso es circunstancial.

Es complicado, tiene que ver con lo que estoy haciendo. Soy muy obsesivo. Cuando estaba a la mitad del proyecto de Cuba descubrí a un escritor que se llama Pedro Juan Gutiérrez, emblemático del realismo sucio... gracias a él descubrí una Habana que yo no sabía que existía. Muchas de las referencias de sus libros las usé como guión. Me leí 15 libros de él.

Así me pasó con Murakami, un escritor japonés. Mis lecturas van de un lado para el otro.

Sí, por ejemplo cuando estaba trabajando el proyecto de Tepito me metí a escuchar sonideros. Todo el tiempo escuchaba cumbia y me abría perspectivas. En otro momento escuchaba jazz, que es mi música favorita.

De la Narvarte. He tratado de irme a la Guadalupe Inn o la Roma, pero volví. De aquí soy.

No, lo que creo es que me ha dado una situación de distancia y de cercanía. Estoy muy cerca de la colonia Buenos Aires, de la Doctores, donde estudié la secundaria, es frontera con la Roma y con el sur. Es una zona que está muy conectada y que fue el emblema de la clase media en los setenta. Ese es el rollo. La neta es que me quedan cerca tres estaciones del Metro.

EL INFORMADOR / MLOM / 06-04-08


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