Domingo, 12 de Octubre 2025
Entretenimiento | Es curioso cómo la irresistible atracción de lo nuevo rifa en tantas preferencias

Diario de un espectador

Saint-Exupéry en Piloto de Guerra: “Y usted, igualmente, continúa piloteando, soñando, observando el suelo, cuando ya le ha condenado el imperceptible signo negro que se ha formado sobre la retina de un hombre.”

Por: EL INFORMADOR

Por: Juan Palomar

A tmosféricas. Cada año hay una temporada para resoplar y quejarse del calorón. Héla aquí. El cielo se nubla y bajo las ruedas de la bicicleta aparecen unas cuantas gotas esperanzadoras. Llega ese bendito olor a lluvia sobre el valle de Atemajac que, jura el que pasa, no se parece a ningún otro. Es la anual jugarreta atmosférica que nomás sirve para alborotar el calor y acentuar el sofoco. Pálido cielo de mayo, vienen a paso lento las aguas.

Saint-Exupéry en Piloto de Guerra: “Hay una verdad más alta que los enunciados de la inteligencia. Algo que pasa a través de nosotros y nos gobierna, que experimento sin asirlo todavía. Un árbol no tiene lenguaje. Somos de un árbol. Hay verdades que son evidentes aunque sean informulables”. “Las piedras de la cantera no son un montón informe más que en apariencia, si hay, perdido en la cantera, un hombre, así sea solo, que piensa en la catedral. No me inquieta el limo esparcido si en él se abriga una semilla. La semilla lo removerá para construir”.

Más de la caja de discos que apareció. Los Kinks. El grupo de los Davies siempre fue buenísimo. Canción tras canción refrendan una calidad que asombra. Si bien gozaron de gran popularidad, los Kinks mejoran a cada nueva audición, y hacen pensar que habría que haberles prestado más atención en su día. Además sus letras solían ser incisivas, ácidas, inteligentes. Aún sus canciones de amor suelen mostrar cierta garra, cierta urgente calidad que les evita el sentimentalismo fácil o la cursilería.

Novedad sobre lo novedoso. Es curioso cómo la irresistible atracción de lo nuevo rifa en tantas preferencias. Las mesas de novedades en las librerías, los muros con películas de estreno en los videocentros, las últimas ocurrencias en las galerías, ejercen una fascinación que tiende a relegar injustamente mucho de lo que ya está allí. La falsa condición de déjà vu que se establece fuera de las ínsulas ocupadas por los último arribos opera como un velo que suele cancelar muchos provechosos encuentros. Por más que esas cosas “ya vistas” nunca lo hayan en realidad sido. La cultura del rápido consumo y de las modas efímeras tiende a contaminarlo todo. Bien es cierto que la enormidad de las existencias en literatura, cine, arte, hace de la búsqueda de lo último una especie de fuga hacia adelante. Por eso son tan útiles los consejos de gente con gusto certero, las buenas guías, el instinto.

Michael Clayton (dirigida por Tony Gilroy, 2007), es una película que está, claro, en los muros de estreno de los videocentros. Hace pasar el rato. Una intriga corporativa que se enfoca con intensidad en el personaje (George Clooney) que da nombre a la cinta. Del particular recuento de amarguras y lealtades del héroe, de sus perplejidades y resoluciones, va quedando un retrato del hombre atrapado en un sistema despiadado y voraz. Al final, la constatación de que sólo las íntimas convicciones, el secreto manantial del coraje, la irreductible decencia, logran rescatar al individuo de la derrota y la deshonra.

El piloto alemán que derribó, en la costa de Niza, el avión de Saint-Exupéry declaró, 63 años después –hace unas semanas-, que era devoto lector del escritor francés, y que de haber sabido, no le hubiera disparado. Dicen que era un día luminoso sobre el Mediterráneo. En solitario, Saint-Ex realizaba un vuelo de reconocimiento. Francia era una línea brumosa en el horizonte y en la cabina del avión un hombre pensaba sobre su próximo regreso, sobre el fin de la guerra que se adivinaba próximo, sobre el ambicioso libro que llamó La ciudadela y que necesitaba las correcciones finales. Quizás. Eran las vísperas: nunca hubiera sabido qué tan próximas. El futuro era un campo de aterrizaje familiar y seguro, la cena con los compañeros, las cartas que aguardaban, los cuadernos en donde escribía y dibujaba; todo un país que se desarrollaba ante él con la promesa que para cada hombre depara un nuevo día. Una pequeña distorsión en el cielo, la grieta del destino que se abre, un avión enemigo que se sitúa hábilmente a sus espaldas, el fuego que acribilla un blanco fácil. Mientras Saint-Exupéry se precipitaba a las cada vez más próximas aguas del vinoso mar habrá recontado, en unos instantes, sus trabajos, sus amores y sus días. Como en el poema de Auden, un Prometeo más que se desploma bajo el sol indiferente, sus alas despidiendo con reflejos fugaces a la luz que abandonaba. Las aguas recibieron el envío y se cerraron sobre él. No sería hasta 1995 que sus restos fueran recuperados.

Saint-Exupéry en Piloto de Guerra: “Y usted, igualmente, continúa piloteando, soñando, observando el suelo, cuando ya le ha condenado el imperceptible signo negro que se ha formado sobre la retina de un hombre.”

Tapatío

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