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Martes, 19 de Noviembre 2019
Entretenimiento | Charla en el Andador Coronilla

“Chacoteo” de recuerdos en honor a Chucho Reyes

Carlos Monsiváis, Javier Arévalo, Juan José Doñán y Paco de la Peña compartieron las memorias de su amigo pintor

Por: EL INFORMADOR





Que si lo primero que pensó Javier Arévalo de Chucho Reyes es que era “medio malito” pintando -“pero nomás al principio”, aclaró-. Que si “nomás de verlo” era un personaje que llamaba la atención: “alto, flaco, desaliñado adrede, con estilo vaya”. Que si Monsiváis conoció al Chagall mexicano en 1958 y que cuando entraba a su casa “era un viaje a la estética de origen popular”.
Así volaron las memorias en el Andador Coronilla el jueves pasado durante la charla “Los papeles de Chucho Reyes”, en la que Carlos Monsiváis, Javier Arévalo, Paco de la Peña y Juan José Doñán hablaron de su amigo, con el pretexto de la inauguración del Museo de los Títeres de Jalisco, en la finca en que vivió por algún tiempo el artista Chucho Reyes.
Monsiváis, quien minutos antes fue puntiagudo para señalar que Emilio González Márquez viola el Estado laico, contó que cuando conoció al pintor estaba con Roberto Montenegro, “y creo que en esa primera ocasión no capté lo que significaba la pasión de anticuario de Chucho, que era mucho más que asomarse a la belleza y darle el nuevo significado de su disposición escenográfica y acoplamiento con otros objetos. Era un maestro del incesto de los objetos. En su casa de Milan escuchó la calidez ancestral de los objetos: no exagero al decir que inventó la tradición visual que tanto influyó en Juan Soriano o Luis barragán y toda esta escuela arquitectónica”.
Reyes era un “dandy” en una ciudad en la que “no había mala sociedad, todos decían que eran de la buena. Así que, si hubo mala sociedad de 1910 a 1950 por favor avise, porque yo estoy convencido de que solo había buena”, añadió el Premio Juan Rulfo 2006 sonriente y sagaz para recordar la cerrazón del pueblo tapatío en aquella época.
Concluyó que su obra es “un canto a la felicidad. Cuando uno ve sus payasos, sus niñas, sus gallos, sus elaboraciones del color, no digo sus Cristos, porque Cristo en la cruz no es símbolo de felicidad, pero su obra recuerda la felicidad del arte como un recuentro con las posibilidades cotidianas. Y él pedía reconocimiento, por eso sus papeles servían para envolver objetos y los regalaba tan fácil, era la idea de que lo que había eran instantes del arte, no obras definitivas”.





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