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Sábado, 19 de Octubre 2019
Cultura | El Tíber fue según la mitología, el que propició el nacimiento de Roma

Tíber, el río italiano de los tesoros ocultos

Si Roma es la Ciudad Eterna, el río que la atraviesa, el Tíber, no es menos eterno

Por: EFE

ROMA, ITALIA.- Si Roma es la Ciudad Eterna, el río que la atraviesa, el Tíber, no es menos eterno. El Tíber fue de hecho el que, según la mitología, propició el nacimiento de Roma.

Los fundadores míticos de la ciudad, los gemelos Rómulo y Remo, condenados a muerte por el rey de Alba Lunga, fueron abandonados dentro de una cesta en la corriente de este río por el siervo encargado de la ejecución, y sus aguas les llevaron a un lugar entre las colinas Palatina y Capitolina, donde fueron amamantados por una loba.

Desde entonces, la relación del río con la ciudad ha sido de amor y de odio, pero siempre ha estado presente.

El Tíber entra en Roma por el norte, en Castel Giubileo, y va serpenteando en múltiples meandros en dirección suroeste, hasta desembocar en el mar Tirreno a la altura de Ostia, antiguo puerto marítimo de Roma.

Muchos de sus rincones guardan retazos de historia, como el Ponte Milvio, el más antiguo todavía en pie, y que en 312 fue escenario de una de las batallas más decisivas de la Antigüedad, la que dio la victoria al emperador cristiano Constantino sobre el pagano Magencio, marcando así los destinos de Europa.

Ahora, Ponte Milvio es famoso por los "lucchetti", o candados, que los enamorados colocan en la farola central del puente después del éxito de la novela "Tengo ganas de ti", de Federico Moccia.

También ha influido en la literatura el Puente Sant'Angelo, que fue restaurado por el escultor Gian Lorenzo Bernini en 1669 con numerosas estatuas de ángeles.

Estas fueron la inspiración de las imágenes promocionales del libro de Dan Brown "Angeles y demonios" y de la película homónima de Ron Howard.

Pero ninguno ha sido tan sugerente en la historia de Roma y tan querido por los romanos como el cariñosamente apodado "Puente Roto", el Puente Emilio de la Antigüedad clásica, que fue el primero construido en piedra en Roma.

Bajo él fue encontrada una estatua de mármol de la diosa Atenea y la leyenda dice que también allí se encuentra la Menorah original, el mítico candelabro judío de siete brazos robado del Templo de Jerusalén por el ejército romano.

Son dos ejemplos de los incontables tesoros que el río ha devuelto a Roma y de los que aún quedan por descubrir.

De hecho, el limo arrastrado durante siglos de abandono por las incesantes crecidas del Tíber aumentó el nivel de la tierra varios metros, protegiendo así monumentos como el Teatro de Marcelo y el Coliseo.

Al quedar enterrados, los materiales nobles de estos edificios no fueron expoliados en su totalidad durante la Edad Media.

Pero el Tíber no sólo ha sido protector del arte romano, sino también de su economía, ya que fue el que hizo de Roma una potencia floreciente en sus primeros siglos de vida.

En ese momento, el puerto fluvial romano se encontraba junto al Foro Boario, donde aún existe el templo de Portunus, divinidad del puerto.

Pero en aquel momento también había una divinidad del Tíber: Tiberino.

Precisamente en la Isla Tiberina existe el que es probablemente el hospital más antiguo del mundo aún en funcionamiento. Su tradición como tal se remonta al 292, cuando una epidemia de peste obligó a importar de Epidauro el culto de Esculapio.

Una de las serpientes del Dios de la medicina montó en un barco romano y, al regreso, desembarcó en la isla, donde se creo en su honor un templo. Todavía hoy, se alza allí el Hospital de Fatebenefratelli.

No todo lo que el Tíber proporcionaba a la ciudad era prosperidad: sus crecidas eran continuas y destructivas, tanto que desde el Renacimiento se pensó en desviar el curso de sus aguas.

Más de tres mil personas murieron en la inundación de 1598, la más violenta de todas, y la famosa fuente de la "Barcaccia" de la plaza de España representa una barca llegada hasta allí tras una riada.

En 1870, después de que una inundación azotara durante cinco días la ciudad, capital de Italia desde hacía apenas tres meses, las autoridades se decidieron a encauzar el río con el actual murallón de 17 metros de altura.

Una muralla que lo escolta durante escasos kilómetros, antes de que el río eterno vuelva a dirigirse en libertad hacia el Tirreno, donde va a morir después de recorrer 405 kilómetros desde los Apeninos.

Pero ni siquiera allí se rinde a la desaparición este río inmortal, que ha ganado al mar más de cuatro kilómetros en los últimos dos mil 500 años.

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