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Miércoles, 15 de Agosto 2018

Suplementos

Tepatitlán.. Tierra de tepalcates

El civismo de la gente; Don Paco Gallegos y sus conocimientos, así como las leyendas del Cerro Gordo; son algunas de las joyas que tuvimos la suerte de encontrar 

Por: Pedro Fernández Somellera

Don Francisco Gallegos mostrando su imprenta artesana. EL INFORMADOR/ P. Somellera

Don Francisco Gallegos mostrando su imprenta artesana. EL INFORMADOR/ P. Somellera

De ahí viene su nombre náhuatl: tepalcatl, piedra, guijarro; y tlán, lugar de. Ahora, a los pedazos de ollas y cántaros para el agua que se rompen, hasta la fecha, se les sigue diciendo tepalcates .

Francamente yo le tenía flojerita a la ida a Tepatitlán, pero la insistencia de mi amigo Pablo Martín del Campo, que me amenazaba con que -dado mi interés por cerros, barrancas y montañas- el famoso Cerro Gordo que está al oriente y no muy lejos del pueblo, me iba a gustar.

(Y digo pueblo porque lo bonito de una cuidad es que siga siendo pueblo; y lo feo de un pueblo es que se convierta en ciudad)

En esa ocasión, invité a mi amigo John Pint, con quien frecuentemente hacíamos excursiones juntos. Muy culto él, simpático y ocurrente a más no poder, interesado y conocedor de cuantas cosas mutuamente nos interesaban; ya fuera una piedra, un ave, una rama ceca, un paisaje , una situación ‘asustosa’ en el camino etc. Tenía la virtud de todo hacerlo agradable e interesante, cultural y enriquecedor; en fin, tengo que decirlo, se Pintaba cómo el mejor amigo; era para mí el ideal, excelente e increíble compañero de excursiones. En alguna ocasión, llegamos a un cierto lugar en donde, ante nuestra presencia lodosa de excursionistas, para fin de dejarnos entrar, tuvimos que explicar a los guardias que éramos escritores, investigadores y excursionistas que queríamos conocer el atractivo lugar que se presentaba frente a nosotros. La elegante hostess, que por fortuna ya había conseguido antecedentes y santo y seña de mi persona, al preguntarnos que qué era lo que más nos interesaba, ambos respondimos al unísono: “!Todo!”. Expresión que revelaba la identidad de intereses que, sin duda alguna, teníamos mi amigo y yo. Gozamos esa excursión y otras mucha más, hasta que de súbito, en una ocasión, sin deberla ni temerla, y sin explicación alguna, el odio, los rencores y las inquinas femeninas de su contraparte, aparecieron como rayo fulminante separando nuestra amistad y maldiciéndome, como si yo fuera el peor ejemplar humano, y maléfico engendro del demonio con el que hubieran tenido la desgracia de toparse en sus pasajeras vidas ¿Qué sucedió y cuál fue el motivo? No lo sabe ella, no lo sabe él, y mucho menos lo sabré yo. Pese a que en incontables veces haya acudido personalmente a su casa para preguntar cuál fue la ofensa que pude haber cometido en agravio de sus personas para ser la causa de tanta inquina; y de ser así, y haber habido alguna o agravio de mi parte, ofrecer las más profundas disculpas, pedir perdón por ellas y dedicarme a lavar las heridas, y pedir perdón por aquel desconocido y misterioso suceso que destruyó (no nuestra amistad porque lo sigo respetando y admirando) nuestras excursiones, letras, investigaciones y días memorables de investigaciones sobre… ¡lo que fuera!

Entiendo que las mujeres se pueden enojar por cinco cosas: Por que sí. Por que no. Por todo. Por nada y Por si acaso… Pero… ¿terminar una amistad tan valiosa, divertida, enriquecedora, sin motivo, razón ni explicación alguna, por cualquiera de estos motivos? Lo juzgo totalmente inconcebible.

Verdaderamente ha sido una gran pérdida para mí, la amistad de tan entrañable, valioso e ilustre amigo, con el que tuve la suerte de subir cerros, bajar cañadas, maravillarnos con la naturaleza y hasta compartir algunos escritos. En fin, trucos incomprensibles, que en ocasiones nos juega la vida. Extraño su simpatía, su cultura, su bonhomía y su siempre vigente y maravilloso concepto de “Carpe Diem”, ¡Goza el día! Por eso aprovecho para expresarlo en estas breves líneas, cuyos recuerdos se me atravesaron mientras trataba de platicarles de ésta excursión a los Altos de Jalisco, que por cierto la hicimos juntos.

Al llegar a Tepatitlán todo empezó a cambiar. El tráfico transcurría calmado a los lados de un bien cuidado camellón central con su caminamiento peatonal al lado. Todo el mundo manejaba con cortesía. Casi no había topes en las calles ni semáforos, ahí es el modo: “uno y uno”, es el uso en los cruceros, y el peatón es más  que respetado. ¡Felicidades Tepatitlán!

Tuvimos ocasión de encontrar al admirable Don Paco Gallegos, que tiene a su cargo el Museo Regional. Hombre culto, hablanchín y dicharachero con quien de inmediato hicimos una entrañable y divertida amistad con él, narrándonos cuanta historia y leyenda de la región existe y existirá. Más de veinte libros son los que él ha escrito. Unos de refranes campiranos. Otros de leyendas.  Otras sobre las epopeyas que ahí sucedieron durante la independencia y la cristiada, y otros… bueno de eso ya platicaremos.

Para rematar la excursión…  la emprendimos para el Cerro Gordo; un volcán ya apagado, que es la máxima altura en estas planicies con bosques de robles, encinos y madroños, que se mezclan entre los pinos, ideales para echar una acampada de fin de semana, o bien un día de campo por demás agradable. Don Severo Díaz, padre de la astronomía en Jalisco, no sé de donde sacó una historia muy chistosa, en la que aseguraba que el Cerro Gordo, estando hueco por dentro, tenía un lago en su interior; y que cuando se oían unos ruidos como cañonazos, era porque este lago se movía y sus olas pegaban contra las paredes...(¿?)

Tres joyas tuvimos la suerte de encontrar en ese día: El civismo de la gente de Tepatitlán; a Don Paco Gallegos con su museo y sus interesantes conocimientos ensalzados con deliciosos albures; y el Cerro Gordo, repleto de leyendas imbricadas en el lomerío, tan supuestamente lacustre como misterioso.

DR

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