Martes, 18 de Mayo 2021

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Permanecer para dar fruto

Para dar fruto hemos de colaborar con Dios manifestando su vida en nosotros, conjugando dos actitudes básicas e inseparables que San Juan la une en un solo mandamiento: creer y amar

Por: El Informador

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LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA: Hch. 9, 26-31. “Les contó cómo había visto al Señor en el camino”.

SEGUNDA LECTURA: 1 Jn. 3, 18-24. “Este es su mandamiento: que creamos y que nos amemos”.

EVANGELIO: Jn. 15, 1-8. “El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante”.

Permanecer para dar fruto

Dos son las ideas básicas que se repiten en el texto evangélico de este domingo; permanecer en Cristo y dar fruto. La primera es condición para la segunda; es decir, permanecer unido a la vid, que es Cristo, es la condición indispensable para dar fruto. “La gloria del Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos”.

Para dar fruto necesitamos la savia de la vid, que es Jesús. Sin Él nada podemos hacer, porque sin la savia se secan los sarmientos. Solamente en contacto con el Maestro tenemos vida y fuerza interior, capacidad y aguante para transformar la dura realidad y vencer el mal dentro y fuera de nosotros.

Para dar fruto hemos de colaborar con Dios manifestando su vida en nosotros, conjugando dos actitudes básicas e inseparables que San Juan la une en un solo mandamiento: creer y amar.

En medio de nuestras actividades, a veces agobiantes, hemos de hacer un alto en el camino para reflexionar. A la luz de la contundente frase de Jesús: “Sin mí nada pueden hacer”, hemos de cuestionarnos en la eficacia y los frutos de nuestras acciones pastorales, nuestros compromisos temporales, la lucha por la justicia y el bienestar de todos.

Es necesario realizar todo esto como parte de la misión evangelizadora y el mandamiento de amarnos que nos dio el Señor; pero siempre hacerlo en contacto con la savia de la vid, en contacto con Jesús por la fe, la oración, los sacramentos y el cumplimiento de la voluntad de Dios. La ausencia de contacto con la vida del evangelio nos esteriliza, nos incapacita para vivir humanamente en comunidad e inhibe del compromiso y creatividad propias del Resucitado.

En definitiva, ¿qué es fructificar evangélicamente sino creer en Jesucristo y amar a los hermanos?

Hay que unir la fe y las obras, como se funden en la Eucaristía el fruto de la vid, el trabajo del hombre, y el servicio del cristiano al reino de Dios. Por eso afirmaba el evangelista Juan: “No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y de verdad”. De nada nos sirve una fe estéril y muerta por falta de ejercicio.

Este es el desafío que el Señor nos presenta: ser testigos creíbles de su resurrección, no en teoría sino con el testimonio de nuestra vida, una vida que queda totalmente transformada en la medida en que vivamos nuestra unión con Jesucristo.

Pidamos y busquemos una fe viva mediante el contacto vital con Cristo en la oración, en la escuela de su palabra, en los sacramentos, especialmente la Eucaristía, y en el amor a los hermanos. Porque la fe y el amor han de configurar nuestra vida personal y la de la comunidad cristiana nacida de la Pascua del Señor resucitado.

Yo soy la vid verdadera

En este quinto domingo de pascua, Cristo, el Señor, se vale de nuevo de una alegoría: “Yo soy la vid”, como también con la alegoría del Buen Pastor lo contempló el pueblo cristiano el domingo pasado.

La vid es, con el trigo y el olivo, el triple fundamento en la alimentación de los pueblos del Mediterráneo. No pueden vivir sin el pan, el vino y el aceite. La vid es símbolo del pueblo de Israel, por eso una vid adorna el templo de Jerusalén y el escudo de los Macabeos.

Cristo es la vid, transportada desde la altura de su naturaleza divina hasta la humilde condición de siervo, hombre entre los hombres. “Mi Padre es el viñador” La línea vertical del cristiano es la del alma que llega a Dios y le llama Padre. “De oriente a poniente mi nombre es grande ante los pueblos y en todo lugar se ofrece en mi nombre un sacrificio humeante y una ablación pura, pues grande es mi nombre entre las gentes”, dice Yahvé Sebaot” (Malaquías. 1, 11). La santificación del hombre está en tanto Dios obre en él, en la instauración de su reino. El reino de Dios significa un estado de gracia con el que el hombre crea, espera y ama. “Ha llegado el reino de nuestro Dios y de su Cristo sobre el mundo y reinará por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 11, 15). El nombre de Dios es santificado si en su reino se vive el amor, se cultiva el amor, y esto acontece en la medida en que el hombre acate la voluntad de Dios. Dios actúa en las almas, les da inspiración, les da luz, gracia y fortaleza, y si responden, Él cultiva la vid.

La vid es el tronco, las cepa enraizada en la tierra; por ella sube la savia que va a dar a los sarmientos, las extensas ramas de las que brotan los pámpanos, los racimos con la carga dulce, apetitosa y nutritiva de las uvas, y con ella se hace el vino “que alegra el corazón del hombre”. Con el hilo de la misma alegoria, el sarmiento sólo puede dar fruto si está unido a la vid.

Es la urgencia de mantenerse el cristiano en permanente unión vital con Cristo. Quienes más insisten en las renuncias que en el ideal de vivir con Cristo, reducen la vida cristiana a preceptos. Ni la ascética, ni la moral, ni la cruz son ajenas a la vida cristiana, pero la buena noticia del Reino está en el encuentro con Cristo y vivir con alegría la fidelidad a la voluntad del Padre.

José Rosario Ramírez M.

Vivir vivos

En medio de una cruenta y grotesca violencia que sigue dando evidencia de que estamos pegados a administradores de miedos y odios, se acerca el próximo seis de junio, día importante para la vida ciudadana y democrática del país. Los asesinatos de personas, la inseguridad, las desapariciones, la cantidad de personas sin vida por el COVID-19, el clima polarizado y enconado que se tiene en la arena política, es en definitiva un presente de malos resultados.

Describir la realidad tal cual es, no es pesimismo ni sentido catastrófico, es un ejercicio que invita a movernos e indignarnos ante un presente que predice un futuro análogo. Al no despegarnos de las ideas, planes y voluntades de quienes incitan nuestros miedos y odios, contribuimos a ese futuro calamitoso que se predice. Seamos claros: nuestro presente en las arenas políticas, económicas, sociales y de salud no son dignas ni merecedoras de orgullo. Es urgente hacernos justicia para promovernos un presente y un futuro digno de vivir como Dios Manda: dando frutos buenos y abundantes para todos.  Por lo que propongo 1) reconocer el daño que hemos sufrido por estar pegados a intereses de pocos que nos han mandatado miedos y odios, teniendo como resultado tiempos convulsionados; 2) reconstruir la verdad sobre ese daño requiere apertura a las ideas y respuestas honestas al qué, cómo y por qué hemos llegado hasta esta realidad de mal que se nos impone; 3) reparar los daños para auto sanarnos y sanar a los demás a través de instaurar el perdón y la reconciliación como prácticas cotidianas y ciudadanas orientadas a un mejor futuro; 4) garantizar la no repetición de los daños y optar por nuevos acuerdos en las formas de vida.

Caminar por estos pasos es una experiencia pascual; es pegarnos y beber de la savia de Dios, tal como lo hizo el resucitado (la imagen de la Vid-sarmiento), es ¡vivir vivos! al modo de Jesús que siguió la misma vida-camino de Dios-Padre. Las personas seguidoras de Jesús hacen lo mismo que Él; están pegadas a Dios y dan frutos abundantes para toda nuestra Casa Común.

Javier Escobedo, SJ - ITESO

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