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Martes, 24 de Abril 2018

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La macetota y los caprichitos del poder

Por: María Palomar

La macetota y los caprichitos del poder

La macetota y los caprichitos del poder

A lo largo de siglos, los tapatíos han debido soportar estropicios y atropellos. El abuso, la impunidad, la falta de transparencia y el beneficio indebido han caracterizado el manejo del espacio público desde que existe el estado libre y soberano de Jalisco. En la memoria viva están los “sabadazos” (entre los más sonados: la demolición de la Escuela de Música y del Ciprés de Catedral) que han infligido a los tapatíos sus autoridades. Ahora se acaba de consumar uno más: el Ayuntamiento, sin decir “agua va”, plantó en el tramo entre las calles de Independencia y Juan Manuel una escultura que por su tamaño y su forma interrumpe de forma absurda la perspectiva del nuevo Paseo Alcalde.

La pelota gigante es como una bola de boliche que, vista de norte a sur, amenazaría con tumbar los monos de la glorieta de los Ilustres, o las torres de Catedral. Ciertamente hace juego con la deleznable arquitectura del edificio de Chalita y con el Kentucky Fried Chicken de la acera oriente.

El todavía alcalde Enrique Alfaro estuvo bien arropado por otros funcionarios y por el rector de la UdeG: gente cuyos puestos siempre les han permitido tomar decisiones arbitrarias. También deben haber andado discretamente por ahí las  autoridades del INAH, siempre cómplices por acción y por omisión de las barbaridades que se cometen sin cesar contra la ciudad.

El señor Alfaro, muy a la defensiva, denunció a “quienes se han dedicado a atacar a José (Fors), a atacarme a mí, a atacar al gobierno, a atacar a todos porque no conocen otra lógica”.  Es decir: le resulta inimaginable que pueda haber argumentos válidos y de peso en contra de sus decisiones. Según el alcalde, son “voces que quieren que Guadalajara siga atorada en el pasado”. O sea que quien se atreva a discrepar es un emisario del pasado. Estupendo argumento, claro, y que anuncia el talante del gobierno estatal que busca encabezar.

Pero yendo al fondo del asunto, este tipo de decisiones y esas actitudes explican la profunda desconfianza en las autoridades por su falta de transparencia y su uso discrecional de los recursos y los poderes públicos. Es una desdichada tradición que ha infantilizado al ciudadano a fuerza de tratarlo mal y de faltarle al respeto. Ha degradado el debate público y ha rebajado el nivel del pensamiento colectivo.

Lo que está en el fondo de estos temas, más allá de la conveniencia de realizar las obras, más allá de las opiniones estéticas o técnicas de cada caso, es una profunda falta de transparencia y de respeto que agravia al ciudadano que día con día brinca baches, se tropieza en las banquetas, anda en camiones destartalados, es asaltado en las calles, y encima paga impuestos.  

Ojalá todo eso se tenga presente en las próximas y gravosísimas campañas que los ciudadanos habrán de soportar en los meses venideros. Ojalá lo tomen en cuenta a la hora de decidir a quién permitirán gobernar en su nombre (y de quién serán, por tanto, las potenciales víctimas).

DR

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