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Domingo, 22 de Julio 2018

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El candelabro de Paracas, otro misterio del Perú

Delicadamente escarbado, la enigmática figura de tres brazos con forma de cruz ha permanecido incólume por miles de años

Por: Pedro Fernández Somellera

No hay nada que se pueda asegurar con certeza; todo pertenece a un misterio que se cree que ha permanecido así desde hace más de dos mil 500 años. EL INFORMADOR/ P. Somellera

No hay nada que se pueda asegurar con certeza; todo pertenece a un misterio que se cree que ha permanecido así desde hace más de dos mil 500 años. EL INFORMADOR/ P. Somellera

En esta ocasión viajábamos por el árido, gris y monótono desierto de la costa del Perú, mirando allá en las lejanías y a mano izquierda de nosotros, el alto y serrado paisaje de los Andes. En el lado opuesto, el Pacífico, que se extendía inmenso azul y pacífico, acentuaba la sensación de desamparo que se alojaba en nosotros con  el monótono ronroneo de nuestro pequeño auto, mientras transitábamos por la desolada Carretera Panamericana, a la que ya le traíamos inquina por haber pasado despiadadamente sobre las famosas y extrañas Líneas de Nazca.

Las interminables rectas de la carretera, el zumbido del motor, el paisaje de tonos más bien grisáceos, y el implacable sol abrumándonos desde su cenit, hacían que se espantara el buen humor hasta al más pintado de los simpáticos.

El Pisco Sour (clásica bebida regional) con el que nos recibieron en el hotelito en donde nos esperaban en Paracas, nos hizo olvidar las horas de carretera, y que el ánimo volviera optimista, tanto como para lanzarnos a averiguar quién nos podría llevar a ver (al día siguiente) la impresionante colonia de lobos marinos (Otaria byronia) que habita en unas islas llamadas Ballestas, mar adentro frente a la bahía de Paracas.

En cuanto nuestra pequeña barca estaba rebasando los escollos de la península, gran sorpresa fue el notar que una especie de enorme candelabro (calculamos unos 180 m de altura) estaba simplemente labrado o delicadamente escarbado con extrema perfección en la falda de uno de los cerros de fuera de  la bahía. Nos dijeron que ha permanecido incólume ahí por miles y miles de años. ¿Quién lo hizo? ¿Por qué? ¿Con que objeto?... la duda quedó en el aire haciéndonos cosquillas en la imaginación, y con deseos de averiguar un poco más sobre esa misteriosa figura de tres brazos en forma de cruz y con algo similar a ¿pétalos? ¿cabezas? en la cúspide de cada una de sus extremidades.

A llegar a una de las islas, nuestra sorpresa fue mayor cuando nuestra pequeña embarcación, dado el corte a pique de las rocas de la orilla, se podía acercar a escasos metros de los enormes animales que dormitaban en la pedregosa playa aún con la mar embravecida. Esto, naturalmente nos permitió sacar fotos de las formidables criaturas marinas a escasos metros de distancia.

Para nuestra suerte, mientras nos deleitábamos con la vista de aquellas bellezas gordinflonas, un poco más arriba, un pequeño grupo de los pingüinos tropicales descubiertos por Alexander Von Humboldt, y bautizados en su nombre como Spheniscus humboldtii, se aparecieron como si desfilaran en un escenario teatral de roca pura permitiéndonos lograr una elegante foto de ellos. Maravilloso e impresionante.

Miles y miles de aves marinas reposaban en las rocas, mientras otras, aferradas a las paredes verticales rascaban con sus picos la sal que las cubría, otras volaban discutiendo escandalosamente la comida que envidiaban de sus compañeras. Leones marinos (Otaria byronia) y tiernas focas Ootáriidae) conviviendo y lanzando sus estrepitosos gritos amontonadas en la orilla, sazonado con el sube y baja de nuestra lancha a escasos metros de la escena hacían del conjunto, un espectáculo ciertamente diferente, único y cautivador.

De regreso, pedimos al capitán de la lancha un momento para reflexionar sobre aquella imagen cavada en las arenas. Dedujimos que, dada la posición y su inclinación, debía tener el propósito de ser vista desde lejos en el mar; cosa que más tarde corroboramos al leer algunos de los escritos del prestigiado arqueólogo Julio César Tello quien, en 1927 igualmente dedujo que ahí en las cercanías debía de haber algún sitio o motivo ceremonial o funerario; cosa que corroboró al descubrir al pie de la figura y a escasos centímetros bajo la arena, ciertos entierros, y algunos de ellos de personajes modificados naturalmente, y otros con deformaciones craneanas estéticas. Todo esto ha provocado que escritores sensacionalistas como Von Däniken o Brian Foerster hayan hecho elucubraciones sobre seres de otros mundos y entelequias fantásticas. No. Nada de esto es cierto, y todo sigue hasta la fecha con el beneficio de la duda.

¿Pudo ser un “faro diurno” para indicar la división entre aguas seguras, y marejadas afectadas por los cuasi ciclones regionales arenosos llamados precisamente “paracas”? ¿Serían marcas de Tupac Yupanqui a su pueblo? ¿Será una especie de calendario agrícola y estacional? ¿Una especie de árbol de la vida? No. No hay nada que se pueda asegurar con certeza; todo pertenece al misterio: un misterio que se cree que ha permanecido así desde hace más de dos mil 500 años. (¿?)

YR

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