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Lunes, 23 de Septiembre 2019

El camino real de la cruz

El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición, pero para los que están en vías de salvación —para nosotros— es fuerza de Dios

Por: El Informador

Ser discípulo de Cristo es tomar la decisión fuerte y valiente de renunciar al mal y a sus seducciones y elegir el bien, dispuestos a pagar en persona todo lo que esto conlleva. ESPECIA

Ser discípulo de Cristo es tomar la decisión fuerte y valiente de renunciar al mal y a sus seducciones y elegir el bien, dispuestos a pagar en persona todo lo que esto conlleva. ESPECIA

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Sab. 9, 13-19.

“¿Quién es el hombre que puede conocer los designios de Dios? ¿Quién es el que puede saber lo que el Señor tiene dispuesto? Los pensamientos de los mortales son inseguros y sus razonamientos pueden equivocarse, porque un cuerpo corruptible hace pesada el alma y el barro de que estamos hechos entorpece el entendimiento. Con dificultad conocemos lo que hay sobre la tierra y a duras penas encontramos lo que está a nuestro alcance. ¿Quién podrá descubrir lo que hay en el cielo? ¿Quién conocerá tus designios, si tú no le das la sabiduría, enviando tu santo espíritu desde lo alto? Solo con esa sabiduría lograron los hombres enderezar sus caminos y conocer lo que te agrada. Solo con esa sabiduría se salvaron, Señor, los que te agradaron desde el principio.”.

SEGUNDA LECTURA

Flp. 9-10. 12-17.

“Querido hermano: yo, Pablo, ya anciano y ahora, además, prisionero por la causa de Cristo Jesús, quiero pedirte algo en favor de Onésimo, mi hijo, a quien he engendrado para Cristo aquí, en la cárcel. Te lo envío. Recíbelo como a mí mismo. Yo hubiera querido retenerlo conmigo, para que en tu lugar me atendiera, mientras estoy preso por la causa del Evangelio. Pero no he querido hacer nada sin tu consentimiento, para que el favor que me haces no sea como por obligación, sino por tu propia voluntad. Tal vez él fue apartado de ti por un breve tiempo, a fin de que lo recuperaras para siempre, pero ya no como esclavo, sino como algo mejor que un esclavo, como hermano amadísimo. Él ya lo es para mí. ¡Cuanto más habrá de serlo para ti, no solo por su calidad de hombre, sino de hermano en Cristo! Por tanto, si me consideras como compañero tuyo, recíbelo como a mí mismo.”.

EVANGELIO

Lc. 14, 25-33.

“En aquel tiempo, caminaba con Jesús una gran muchedumbre y Él, volviéndose a sus discípulos, les dijo: “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. Porque, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que, después de haber echado los cimientos, no pueda acabarla y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: ‘Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar’. ¿O qué rey que va a combatir a otro rey, no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra él con veinte mil? Porque si no, cuando el otro esté aún lejos, le enviará una embajada para proponerle las condiciones de paz. Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”.

El camino real de la cruz

La cruz fue instrumento de muerte; fue signo de deshonra y de vergüenza; fue vista como señal de castigo para los malhechores, los peores, los malvados. Pero llegó un día grande: en el árbol de la cruz fueron derrotados el pecado, el demonio y la muerte. El árbol de la cruz es desde entonces —desde que el Hijo de Dios se entregó en la cruz para redimir y redimió a todos los hombres—  signo de victoria, el símbolo glorioso del cristianismo.

Desde que un artista, luego otro, y otro, muchos han plasmado en lienzos, como Velázquez, o en figuras esculpidas, a Cristo clavado en el madero, son incontables las imágenes del Señor, del Dios humanado, levantado en alto tal como lo anunció, para atraer a todos hacia Él. Seis veces anunció a sus discípulos que habría de subir a Jerusalén para padecer, para morir, para resucitar. No entendían, ni querían entender, ni les cabía en la cabeza tal destino, para ellos trágico y para la humanidad glorioso, de un Mesías condenado a morir en una cruz y entre dos ladrones ajusticiados en sendas cruces.

Escándalo para los judíos, locura para los griegos. San Pablo. con su característica valentía, en su primera carta a los cristianos de Corinto les dice: “Nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado”, y llegó a la conclusión: “El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición, pero para los que están en vías de salvación —para nosotros— es fuerza de Dios. (...) Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los griegos, pero para los llamados en Cristo —judíos o griegos— es fuerza de Dios, sabiduría de Dios”.

Una antigua leyenda oriental narra la inquietud de un rey solicito y activo en los cuidados de su investidura, para administrar y gobernar. mas también muy inclinado a la lectura de los muchos libros de su biblioteca. Un día pidió a los sabios del reino que dejaran toda la sabiduría humana en los pocos libros que podía cargar un camello, y así lo hicieron. Pidió más: quería en un libro todo el saber humano, y le contestaron que era imposible. Para el cristiano basta no un libro, sino una sola página: esa escrita en el monte Calvario. Una página del sublime amor de Dios hecho hombre, elevado en la cruz y al pie una madre, María. La sangre redentora y las lágrimas, bello precio de salvación.

Desde entonces también la cruz es el camino. En el Evangelio de este vigésimo tercer domingo ordinario del año, San Lucas evangelista presenta al Señor Jesús rodeado de una muchedumbre. Llama a los valientes, a los capaces de dejar padre, madre, tierra, para seguirlo. Quiere que estén libres de toda atadura y que sean capaces de estar cerca de Él; mas si ha de cargar la cruz de todos, entonces también a ellos los exhorta: “El que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”.

El cristiano no es solamente un admirador de Cristo: no sólo ha de ver con simpatía su amable persona, no sólo admirar sus hechos prodigiosos, no sólo llenarse de sus admirables enseñanzas, sino disponerse a emprender el camino siguiendo sus pasos. Toda conversión, de tantas y tantas que ha habido, ha sido un seguimiento: Íñigo de Loyola, herido por una bala de cañón en una rodilla, a falta de libros de aventuras de los caballeros, de moda en su tiempo, leía y releía “Flos sanctorum”, un libro de vidas de santos, y otro titulado “Vida de Cristo”. Entró en una tremenda lucha: por un lado le estiraba la gloria militar, volver al ejército y la corte, los halagos del mundo; por otra parte sentía el llamado de Cristo. Nada fácil fue decidirse, pero venció la gracia y fue seguidor de Cristo como capitán de una compañía, la Compañía de Jesús, hasta el último suspiro.

La Cruz, instrumento de salvación. El amor verdadero se empeña en imitar a la persona amada. Intentar imitar a Cristo es un ideal sublime y arduo. Cada uno con su propia cruz, acomodada a sus fuerzas, a sus circunstancias.

José Rosario Ramírez M.

El verdadero discípulo de Jesús

El mensaje de Jesús en el evangelio de hoy adquiere un sentido pleno en el contexto del camino hacia Jerusalén. El Hijo de Dios se dirige hacia el encuentro con su cruz, al lugar de la ofrenda, al cumplimiento de la voluntad del Padre. Es ahí donde vivirá momentos de intimidad con sus discípulos, de traición, sufrimiento, angustia, tristeza, dolor, abandono, agonía, y la entrega de su vida al Padre.

“Una enorme multitud le seguía”. En efecto, mucha gente se acercaba a Jesús, quería estar entre sus seguidores. Seguramente algunos de ellos agradecidos por un bien recibido; otros, por la curiosidad que despertaban sus prodigios; por supuesto, quienes habían optado con plena libertad por dejarlo todo y seguirlo. Pero Jesús no quiere engañar a nadie y propone una entrega total, y la plena disponibilidad ante Dios, por encima de todo afecto humano, como aquello que define a su discípulo. “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere…no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”.

La opción responsable y definitiva por Cristo y su evangelio es lo que especifica al discípulo de Cristo, y no la mera pertenencia socio-religiosa a la Iglesia. Quienes hemos recibido la fe por herencia familiar, podemos pensar que estamos exentos de buscar el rostro de Dios vivo mientras caminamos hacia él. Pero seguir a Jesús significa compartir su amor misericordioso con todos los hombres; implica estar verdaderamente dispuestos a entrar, junto con Jesús, a la ciudad de Jerusalén, ahí donde viviremos la misma suerte del Maestro.

¿Qué es entonces lo que debe diferenciar al discípulo de Cristo de un no creyente? ¿Qué añade su fe a su realidad cotidiana? Siendo el cristiano llamado a participar en la vida de Cristo, es Jesús el arquetipo que ha de seguir el discípulo hasta la total identificación con Él. Ser cristiano significa revestirse de Cristo y tener sus mismos sentimientos y actitudes en la vida y conducta. El auténtico cristiano tiene una visión de la vida, del hombre, del mundo y de los problemas humanos bajo una luz distinta: su fe pascual. Se le nota una estabilidad anímica que le ayuda a vencer la desesperación, una paz que se sobrepone a las dificultades, una alegría que supera la tristeza y el mal humor; y lo más atrayente es la apertura a los demás, la servicialidad y el compartir con ellos sus bienes, su tiempo y su persona.

Estas tres actitudes básicas del discípulo: fe robusta, esperanza alegre y caridad ardiente, constituyen la estructura personal del cristiano, su vida nueva en Cristo, su existencia en Cristo, pues su vida es Jesús resucitado. Ser discípulo de Cristo es tomar la decisión fuerte y valiente de renunciar al mal y a sus seducciones y elegir el bien, dispuestos a pagar en persona todo lo que esto conlleva.
 

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