Martes, 22 de Septiembre 2020

Corrección, una prueba de que se ama

La Iglesia no es una asamblea angelical de seres impecables, sino de hombres y mujeres que, en medio de las limitaciones y flaquezas humanas, caminan juntos como hermanos hacia Dios

Por: DINÁMICA PASTORAL UNIVA

“Si tu hermano te escucha lo habrás salvado”. ESPECIAL

“Si tu hermano te escucha lo habrás salvado”. ESPECIAL

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA:

Ez. 33, 7-9.

"A ti, también, hijo de hombre, te he hecho yo centinela de la casa de Israel. Cuando oigas una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte.

Si yo digo al malvado: «Malvado, vas a morir sin remedio», y tú no le hablas para advertir al malvado que deje su conducta, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre yo te pediré cuentas a ti.

Si por el contrario adviertes al malvado que se convierta de su conducta, y él no se convierte, morirá él debido a su culpa, mientras que tú habrás salvado tu vida."

EVANGELIO:

Mt. 18, 15-20.

"«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos.

Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano.

«Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

«Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos.

Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»"

SEGUNDA LECTURA:

Rom. 13, 8-10.

"Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor. Pues el que ama al prójimo, ha cumplido la ley.

En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud."

Corrección, una prueba de que se ama

Por desgracia, el pecado es una realidad siempre presente en la vida de la comunidad cristiana. La Iglesia no es una asamblea angelical de seres impecables, sino de hombres y mujeres que, en medio de las limitaciones y flaquezas humanas, caminan juntos como hermanos hacia Dios. Por esto se vuelve necesaria la corrección fraterna como un medio de conversión.

A todos nos cuesta mucho que nos corrijan, que nos llamen la atención, incluso que nos aconsejen.

Y esto a todos los niveles y en todos los estamentos. Pues bien, en este marco escuchamos hoy en el Evangelio: “Si tu hermano peca, repréndele”. ¿Cómo hacerlo? Con mucho discernimiento: sólo “si tu hermano peca”; con mucha sinceridad: con tanta que estemos dispuestos, por nuestra parte, a ser corregidos, que el corregido note que lo hacemos porque le valoramos, no porque le “podemos”; con mucho amor: cuando la madre, con cariño y ternura, corrige, la reacción suele ser distinta, si a eso unimos el respeto y la comprensión, llegaremos más lejos; con oración: no estamos solos y, cuando corregimos, no es “para restablecer el orden” sino para hacer discípulos y crear comunidad.

La comunidad es hermandad que se expresa en el interés por la corrección y mejora de los hermanos, por la conversión continua de sus miembros, por la unión en la fe, en la oración, en el amor y en la fracción del pan. La corrección fraterna, en especial, manifiesta la sensibilidad ante el pecado de un cristiano. Por eso, un punto importante en toda celebración comunitaria de la reconciliación es resaltar la solidaridad en la culpa, en la conversión y en el perdón.

La corrección fraterna es una manifestación de la caridad, su objetivo es la recuperación del hermano, y su raíz es el amor fraterno, que es el alma de la convivencia eclesial. Por eso entre los miembros de la comunidad cristiana que rezan juntos el padrenuestro hay una responsabilidad mutua y compartida, fruto del amor que debe unirlos.

Lo más frecuente, por desgracia, es eludir la corrección fraterna, refugiándose en el derrotismo cómodo y, más aún, en el individualismo anti-comunitario que se excusa con términos como éstos: “La situación no tiene remedio; genio y figura hasta la sepultura; cada uno en su casa y Dios en la de todos”. No hurtemos la corrección del hermano por comodidad. 

Sería peor todavía si, además de abstenernos, murmuramos a sus espaldas o le echamos en cara sus defectos con un tono ofensivo. Todo esto probaría que no lo amamos; porque, en definitiva, la corrección fraterna es fácil cuando existe el amor y muy difícil, por no decir imposible, cuando el amor está ausente.

Señor, es verdad que no somos mejores que los demás, pero, con tu gracia, queremos enmendarnos y mejorar, caminando juntos como hermanos hacia la conversión. Haz que nos ayudemos mutuamente en este empeño mediante la corrección fraterna que brota del amor. Danos comprensión, paciencia, y tolerancia ante los inevitables fallos humanos, propios y ajenos. Amén.

Domingo vigésimo tercero ordinario

Si te hace caso, has salvado a tu hermano

El misterio de la Iglesia de Cristo, en cuanto a comunidad fraterna, es una comunión Cristocéntrica en la unidad, en el amor, en el testimonio de la palabra de Dios aceptada de buen gusto y con sinceridad, y en la recepción de los sacramentos teniendo como centro la Eucaristía. 

Es una conciencia viva de hermanos y una fuente de responsabilidad comunitaria ante la salvación de los hermanos.

Si el Maestro ha querido que el signo característico de los discípulos sea el amor, una muestra verdadera de amor será la humilde y nunca humillante corrección fraterna.

Por amor a Cristo se ama a los prójimos; y si éstos por sus flaquezas, por su debilidad, por sus deficiencias, han caído, la caridad será activa. 

Quien verdaderamente ama, no puede permanecer indiferente ante el compañero caído y en peligro. 

“Si peca tu hermano contra ti , ve y repréndele a solas; si te escucha, habrás ganado a tu hermano”.

Aquí está un auténtico estilo evangélico: no descargar la ira, no buscar la justicia con la propia mano, mucho menos en venganza.

Es una forma inherente al mandato del amor. Es una forma de vivir dentro de la Iglesia, una comunidad salvífica jerarquizada, porque “si no te escucha, toma contigo a uno o dos, para que por la palabra de dos o más testigos sea fallado todo el negocio”.

Si este segundo recurso tampoco fue eficaz, entonces dícelo a la comunidad.

La Iglesia tiene la responsabilidad cotidiana, en medio del mundo, de hacer el bien, de vencer al mal con la sobreabundancia del amor sincero y del amor a Cristo. 

Para hacer el bien, ha de estar vigilante ante los peligros y ha de velar en el ejercicio de la justicia; se ha de manifestar también con la corrección y el castigo, sin perder de vista que el amor es el móvil de toda corrección.

La Iglesia es madre y maestra, y si corrige, es la madre en el íntimo deseo de la enmienda del hijo. 

Cristo es modelo y maestro en el arte de orar. Antes de iniciar su vida pública, se retiró al desierto a orar durante 40 días y 40 noches. 

Orar es, con fe, entablar un diálogo desde la pequeñez de la criatura hasta la majestad infinita del Creador. 

La Iglesia vive siempre en oración. Con el culto, en  la administración de los sacramentos y con otros muchos medios, la Iglesia alimenta la oración continua. 

Además de la oración litúrgica, que es la oración oficial de la Iglesia, cada cristiano busca y encuentra la forma personal de dirigirse a Dios. 

La mejor oración, la verdadera, es cuando se le da culto a Dios “en espíritu y en verdad”. Pero el hombre, alma y cuerpo, experimenta la necesidad de expresarse, de manifestar sus sentimientos con la palabra, con expresiones corporales, con actitudes, posturas, para sentir que ora con todo su ser. 

A veces también en el silencio, con recogimiento, sin palabras, la mente y el efecto se elevan a Dios, a sus misterios, a sus verdades reveladas. La vida de Cristo es tema inagotable para la meditación y para ir más allá en  la contemplación. 

En el Evangelio de este domingo el Señor invita a que oren “dos o más”, a formar una comunidad de fe, de amor y oración, y promete hacerse presente entre ellos cuando oren. 

Quien adelanta en el difícil arte de orar, es quien se inició desde pequeño y en su hogar. La oración en familia es la mejor escuela de oración. 

Cuando dos o tres oran juntos, allí Cristo se hace presente; su presencia invisible y generosa llena de bienes a esa familia, estrecha a sus miembros en el amor, los hace capaces de perdonar, de sobrellevarse y de permanecer unidos.

José Rosario Ramírez M.

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