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Martes, 21 de Agosto 2018

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Ciénega de Mata... histórica y señorial

Muchas historias se escribieron ahí, pero lo que con gran complacencia encontré mientras hurgaba archivos y papeles viejos, es la historia de los Rincón Gallardo

Por: Pedro Fernández Somellera

Belleza. Una señorial hacienda de las de antes. EL INFORMADOR/ P. Somellera

Belleza. Una señorial hacienda de las de antes. EL INFORMADOR/ P. Somellera

Valentina, Valentina… rendido estoy a tus pies… dice la canción que nos lleva a los tiempos de la Revolución: época de tragedias, de romances, y de sentimientos encontrados, que todavía nos siguen llevando a revivir algunos de esos “séntidos” momentos de emoción.

¡Valentina… yo te quero…! Todavía le solemos cantar a la amada, llámese como se llame, trayendo a la mente y al corazón las tragedias que se vivieron en aquellos tiempos cuando, entre sombreros anchos, balazos y privaciones, se tenía que ir en pos de la mujer idolatrada. Y ahora, en estos tiempos, entre cantos y tequilas seguimos haciendo nuestros, los dolores y los calores de aquellos tiempos; y volvemos a cantarle a la famosa Valentina como si ella misma fuera de estos tiempos. Fácilmente decimos en un suspiro… ¡Valentina… te quero, te quero, y por ti me muero…! Igualito a como se decía en aquellos tiempos.

Pos con la novedad de que la famosa revolucionaria soldadera llamada La Valentina, era de aquí de Ojuelos, en los meros Altos de Jalisco.

Sí señor… La Valentina, al igual que La Adelita, eran de aquí del puro Jalisco. Valentina era de Ojuelos, y Adelita de allá de Mezcala en la Laguna de Chapala.  

Dos personajes de leyenda que nacieron y murieron aquí en nuestra tierra. Dato curioso y por demás interesante, es que fácilmente se puede comprobar en las parroquias, tanto la de Ojuelos como la de Mezcala, donde  aparecen sendas actas de nacimiento y defunción de estos personajes de epopeya ¡Qué no eran norteñas! como siempre habíamos imaginado. No.

HISTORIA. Y las monturas en la sala.

Pero bueno… de lo que les quería platicar es de la Hacienda de Ciénega de Mata de los Rincón Gallardo, allá en el mero norte de Jalisco cerca de Ojuelos.

El caso es que dicen -y como todo en la historia, habrá que tratarlo con sus serias reservas- que allá cuando Hernán Cortés se dedicaba a adjudicar cuantas tierras pisaba, le otorgó -como si fueran suyas- al Marqués de Guadalupe Don José María Rincón Gallardo, en recompensa por los servicios prestados, “la Merced de las tierras” de los alrededores de Ojuelos, con la aprobación del Papa Alejandro VI  (?). Y dada la “cristianísima” actitud de Don José María, se le dotó de la friolera de unos 400 sitios (?) de labranza y pastoreo -casi del tamaño de alguno de los estados actuales- constituyéndose así el feudo de Ciénega de Mata, de los Rincón de Ortega, y más tarde Rincón Gallardo.

Muchas historias fueron las que se escribieron en Ciénega de Mata -y posiblemente Valentina garabateó algunos de sus renglones- pero lo que con gran complacencia encontré mientras hurgaba archivos y papeles viejos, es que la historia de los Rincón Gallardo, además estar repleta de charrería, la encontramos  sembrada de bonhomía y ayuda para los demás.

Tiempos fueron. Y dicen que… “Crímenes son del tiempo y no de España”; pero la historia, entre tantas cosas que pudimos leer sobre la familia, luce limpia y serena (no sin algunos prietitos en el arroz, claro está) cosa que además de hacerla por demás agradable, bien sabemos que es la sal y pimienta de la vida.

Muy agradable fue también el habernos encontrado -hace algún tiempo- tras la enorme y vieja puerta rechinona de la entrada de la hacienda, nada menos que al mismísimo Don Alfonso Rincón Gallardo y Mier. Un gran viejón muy guapo, de un poco más de los 80 años, que con toda su gallardía y compostura venía a ver quién atisbaba por la rendija.

Grata sorpresa fue para Don Alfonso ver que en ese lento, caluroso y asoleado día, un par de guapas damiselas -desgraciadamente acompañadas por un galán (yo)- se asomaban a su puerta. Ni tardo ni perezoso, abrió el portón de par en par, y recibió a sus inesperadas visitas con el mayor de los gustos y galantería.

Salones, pasillos, fuentes de cantera, patios, retratos, monturas, espuelas, reatas, fotos, historias, caballos y chaparreras empezaron a tomar vida, al recorrer la vetusta y bien conservada finca, escuchando las chispeantes y emocionadas pláticas de Don Alfonso.

Aunque su atención, como galán de siempre, se dirigía casi exclusivamente a mis acompañantes; me prohibió hablarle de Don Alfonso: me dijo… “para ti Pedro, yo soy simplemente tu amigo Poncho y basta: aquí es tu casa”. Halago que fue el prólogo de varias agradables horas en donde las historias y los personajes se agolpaban gratamente en nuestra imaginación que se dedicaba a seguir palmo a palmo las palabras -unas repletas de historia y otras de leyendas- de mi amigo Poncho Rincón Gallardo y Mier.

Una gran parte de la Historia de México, está todavía ahí acurrucada en la Hacienda de Ciénega de Mata, a unos cuantos kilómetros de Ojuelos, en la carretera que va rumbo a Aguascalientes. Es una belleza histórica y  pueblerina que no la deben de perder.

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