Viernes, 05 de Junio 2020

Unidad y politiquería

La emergencia sanitaria no es pretexto para confundir la crítica democrática con la politiquería, ni para buscar réditos a costa de la desgracia

Por: Enrique Toussaint

Es la obligación de un jefe de Estado tender puentes con la oposición, abonar con su discurso a detener la polarización política e informar permanentemente. EFE/Archivo

Es la obligación de un jefe de Estado tender puentes con la oposición, abonar con su discurso a detener la polarización política e informar permanentemente. EFE/Archivo

Andrés Manuel López Obrador vive su momento más delicado desde que alcanzó la silla presidencial. Es incapaz de marcar agenda, perdió iniciativa, popularidad y hasta credibilidad. Su gestión de la crisis del coronavirus ha sido errática: contradice a sus científicos, desobedece lo que ellos recomiendan a la población, tiene prisa por definir una fecha final para la contingencia y su discurso de buenos contra malos (liberales contra conservadores) ya no penetra en la opinión pública. Los estudios de opinión prueban que la caída en la popularidad del Presidente es brutal desde comienzos de mes. El tracking poll de Mitofsky para El Economista, ya coloca al Presidente poco arriba del 50% de aprobación. Tal vez, su único acierto haya sido dejar de hablar sobre la contingencia y cederle el uso de la voz a Hugo López-Gatell.

En este contexto político, polarizado y crispado, estamos esperando el golpe más certero del coronavirus. Más temprano que tarde, lamentablemente, deberemos enfrentar la multiplicación de positivos y las medidas sociales de contención. Y no sólo eso, la economía quedará herida de muerte. Los pronósticos económicos nos hablan de un desplome de hasta siete puntos del Producto Interno Bruto. Si López Obrador no es capaz de dar un contundente golpe de timón, estamos frente a un escenario que marcará, por completo, el actual sexenio. ¿Es posible recuperarse? Sí, pero el Presidente tendría que traicionarse: tender puentes con los empresarios, rebajar su protagonismo, ser realista en lo alcanzable, pragmático y cambiar su narrativa divisiva.

En el mismo sentido, la llegada del coronavirus encontró a un López Obrador incrédulo. Al igual que otros mandatarios mundiales como Boris Johnson o Donald Trump, optó por negar, en un comienzo, la gravedad del problema. Esa incapacidad de asumir la realidad tal como es, lo desgastó en exceso. Él lo supo: un 2020 desastroso en materia económica tendría un impacto durísimo en su aprobación e incluso en su capacidad para conseguir una mayoría legislativa en 2021. No olvidemos, sin coronavirus, la economía decreció durante 2019. De la misma forma, su lenta reacción cargó de municiones a la oposición que le reclamaron su pasividad frente a una contingencia que ya tenía a algunos países contra las cuerdas.

Y es aquí en donde apareció el discurso de “Unidad”. Frente a la tragedia, necesitamos “Unidad”. Frente al enemigo invisible, necesitamos “Unidad”. Quien critique al Gobierno o pida explicaciones es un apátrida. Quien ose destacar los errores en la estrategia de combate al coronavirus es un “politiquero” o “miembro de la oposición”. Si disientes del discurso oficial, automáticamente eres un  enemigo de México que deseas ardientemente que el virus infecte al país entero. Suena fascistoide.

El llamamiento a la unidad nacional asciende cada que una crisis nos acecha. Recordemos, hace tres años, Enrique Peña Nieto nos pedía unirnos para enfrentar el desafío que suponía la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Nos decía que olvidáramos el gasolinazo o sus promesas incumplidas (acordémonos del famoso: con la reforma energética van a bajar los precios de la gasolina): era el tiempo de estar juntos.

Por ello, cuando analizamos el discurso de los políticos o de sus propagandistas, tenemos que ser muy cuidadosos. No debemos equivocarnos al hablar de unidad, porque la intencionalidad puede ser la persecución del disenso.

La unidad es antidemocrática por naturaleza. La democracia existe porque somos distintos y debemos resolver nuestras diferencias en paz, Estado de Derecho y de acuerdo al principio de mayorías. Sin embargo, se entiende que en tiempos de extremada gravedad (guerras, epidemias, amenazas externas e internas o desastres naturales) es importante que exista un consenso y una oposición leal. Sin embargo, ¿cómo se construye la unidad? ¿Es necesario que la ciudadanía siga a su líder por fe u obligación? ¿Se acaba la crítica porque contradice la unidad?

Si somos distintos, la construcción de unidad es, ante todo, una labor política. Es la obligación de un jefe de Estado tender puentes con la oposición, abonar con su discurso a detener la polarización política e informar permanentemente. La unidad no emerge por telepatía. En las sociedades modernas, los ciudadanos no siguen al Presidente por mera disciplina. Se desconfía de las verdades oficiales. Ahora, en estos tiempos, hay que convencer. Y se convence siendo responsable, congruente y diciendo la verdad. La unidad ficticia, la anti-democrática, se teje sobre la nada. La importancia del consenso no exime al líder político de su labor de razonar y convencer. Es posible delegar la conducción técnica, pero el consenso -liderazgo- es eminentemente político y eso no le toca a los científicos de bata blanca.

Por lo tanto, no confundamos: criticar, disentir, no es ni atentar contra la unidad, ni tampoco es politiquería. Las mejores decisiones para enfrentar los momentos complejos se toman con amplias deliberaciones, libertad de expresión e información. Colocar a toda la crítica en el catálogo de actos politiqueros o incluso golpistas (aunque usted no lo pueda creer) es autoritario y convenenciero. Incluso, la oposición debe seguir jugando su papel. No obstante, dicho rol debe respetar los límites de la verdad y la lealtad al Estado. Ninguna emergencia puede suspender por decreto el derecho a saber.

Otra cosa es la actitud miserable de integrantes de la oposición o comunicadores que odian profundamente al Presidente y quieren que la crisis sea una desgracia para el país. Vivimos en la época de la Fake News y la posverdad, y las contingencias son escenarios ideales para intoxicar con mentiras. Sin embargo, la irresponsabilidad de unos no debe suponer exterminar los derechos y las libertades de los demás. A la información confusa o mentirosa se le debe combatir con precisión, no con acoso en las redes sociales o calificando de politiquero a cualquiera que utiliza su libertad para discrepar de la línea oficial. Hay ciudadanos que no comparten la forma en que el Presidente está encarando esa contingencia y eso no los hace unos malos patriotas.

La politiquería es buscar réditos políticos en momentos de graves crisis. Esta actitud la vemos en ambos lados del tablero político: Gobierno y oposición. Los primeros quieren blindar al Presidente justificados en la emergencia nacional. Y los segundos buscan socavar la credibilidad del mandatario sin caer en cuenta que le están dando un duro golpe al país. La unidad se construye en la diversidad. Para alcanzar consensos, hay que saber hacer política -de la buena-. El Presidente, actual, nunca fue un “opositor leal”. En la crisis desatada por la Influenza, López Obrador fue crítico de la gestión que Calderón hizo de la contingencia. Si quiere unidad, el Presidente debería tejerla: acercándose a la oposición, a los gobernadores, a las organizaciones sociales, a los empresarios, a las universidades. Aceptando la crítica, cediéndoles el protagonismo a los técnicos y actuando con congruencia y responsabilidad. Un Presidente que hace lo contrario de aquello que predican sus especialistas no puede tener ningún liderazgo creíble.

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