Domingo, 03 de Mayo 2026

La pólvora bajo la ceniza: Madero, Huerta y el clima que incubó la persecución

La Guerra Cristera puede entenderse como la culminación de una década de agravios y la persecución anticatólica que se gestó desde el asesinato de Madero, profundizada por el constitucionalismo

Por: Guillermo Dellamary

En el verano de 1926, cuando la jerarquía decidió suspender el culto público, miles de pobladores de diversos sectores se alzaron con el grito de ¡Viva Cristo Rey! ESPECIAL

En el verano de 1926, cuando la jerarquía decidió suspender el culto público, miles de pobladores de diversos sectores se alzaron con el grito de ¡Viva Cristo Rey! ESPECIAL

La verdad se va descubriendo poco a poco y no de golpe. Se va revelando como se manifiestan las grietas en un viejo muro: primero una línea casi invisible, después una más grande y, al final, la fractura que deja ver lo que siempre estuvo detrás. La historia del conflicto religioso en México es una de esas verdades. Y quien quiera entenderla de verdad no puede empezar en 1926, cuando Plutarco Elías Calles encendió la mecha con su ley reglamentaria. Se tiene que retroceder más. Hay que caminar sobre las piedras sueltas de los años previos, respirar el aire envenenado de la sospecha que ya se respiraban desde la caída de Madero y preguntarse con honestidad si lo que nos contaron fue todo lo que ocurrió, o apenas lo que convenía que supiéramos.

Porque antes de la Guerra Cristera no hubo silencio. Hubo un largo y profundo rechinar de dientes. Y ese crujido estrepitoso tiene nombres, fechas y documentos que merecen salir a la luz.

Empecemos por donde casi nadie quiere empezar.

Francisco I. Madero.

La historia oficial nos lo entregó envuelto en una sábana de ingenuidad. El presidente soñador, el espiritista noble y  bien intencionado, el apóstol de la democracia que no supo gobernar. Pero hay otra lectura posible, y esa lectura tiene un filo que incomoda. Madero no encajaba en la rigidez del liberalismo militante que las logias y los círculos jacobinos habían cultivado durante décadas. Su apertura a una convivencia menos tensa con el mundo católico al buscar restablecer las relaciones diplomáticas con el Vaticano, buscar el apoyo de los católicos influyentes, su tolerancia hacia el Partido Católico Nacional, su disposición a no tratar a los católicos como ciudadanos de segunda clase, además llegar a intentar negociar la paz en México con la colaboración de la jerarquía eclesiástica; todo eso encendió alarmas en quienes ya habían decidido que el progreso de la nación exigía erradicar el poder eclesiástico, el fanatismo religioso y piadoso del espacio público. Para ellos, Madero no era simplemente un mal político: era un hereje del credo laicista. Un hombre que se había apartado del guion que ciertos grupos consideraban intocable. Especialmente incongruente con las leyes de reforma y el Juarismo militante. 

Y aquí es donde conviene distinguir con más detalle tres cosas que la historiografía oficial ha fundido casualmente  en una sola figura: el golpe de Estado, la presidencia interina y el asesinato de Madero y Pino Suárez. Una cosa es participar en el desenlace político de la Decena Trágica. Otra es ser beneficiario del derrumbe institucional. Y otra, muy distinta, es ser el autor intelectual de los crímenes. La narrativa dominante ha cargado las tres culpas sobre los hombros de Victoriano Huerta, convirtiéndolo en el único villano de una tragedia que tuvo, con toda la probabilidad, una orquesta de intereses mucho más amplia y más siniestra que se oculta detrás del telón.

Francisco I. Madero. El “Apóstol de la Democracia” no encajaba en el liberalismo militante que logias y círculos jacobinos cultivaron por décadas. ESPECIAL

PRIMERA PARTE: A cien años de la Guerra Cristera
SEGUNDA PARTE De las Leyes de Reforma a los Cristeros: Cuando el diálogo se volvió imposible
TERCERA PARTE Cuando la ley quiso educar el alma
CUARTA PARTE: Guerra Cristera: Cuando los clérigos buscan las urnas

Los expedientes vaticanos

Existen documentos. No los invento. Los he tenido en mis manos. En archivos que he consultado durante años,  en el Vaticano, donde hay documentos que señalan con inquietante claridad a otros autores intelectuales del asesinato de Madero, y que dejan a Huerta, si no completamente fuera, al menos en un lugar muy distinto al que la historia oficial le asignó. No se trata de purificar a Huerta ni de convertirlo en santo. Era un hombre complejo, duro, plagado de contradicciones. Pero el expediente que se armó contra él fue más amplio que la realidad, y sobre su nombre se cargó, quizá, una culpa que convenía políticamente a otros. Porque a veces la historia necesita de un villano único a modo para no tener que mostrar la compleja madeja de complicidades que se escondieron en la trastienda del poder.

Y es que, cuando un documento resiste las preguntas decisivas -quién lo escribió, cuándo, para quién, con qué cercanía a los hechos, qué intereses tenía, qué confirma de lo que ya se ha  insinuado por otras fuentes-, ese documento deja de ser papel amarillento y se convierte en testigo. Y los testigos que he encontrado en esos archivos manifiestan  algo que la versión oficial nunca ha querido escuchar: que la eliminación de Madero pudo deberse también a una lógica de castigo por haberse desviado de cierta visión liberal radical, por su tolerancia hacia el catolicismo, por su negativa a perseguir a la Iglesia con el encono que los círculos jacobinos exigían.

Si eso es cierto, y los indicios apuntan con fuerza en esa dirección, entonces ya no estamos solamente ante una lucha por el poder político. Estamos ante una purga doctrinal. Madero no habría sido únicamente la víctima de una ambición militar: habría sido también la víctima de una herejía política. La herejía de no combatir  lo suficiente a la Iglesia. Bernardo Reyes y Félix Díaz son los principales autores intelectuales antimaderistas. 

Este enfoque cambia radicalmente el paisaje. Y nos permite ver con otros ojos lo que vino después. Por eso fue mejor acusar a Huerta y a los católicos encumbrados que, unidos a sectores de la jerarquía eclesiástica, fueron los que perpetraron el levantamiento y muerte del apóstol de la democracia. Hoy, héroe nacional con calles por doquier.

Victoriano Huerta. Fue señalado como el villano de una tragedia cuya orquesta de intereses tenía un trasfondo más amplio. ESPECIAL

Carranza contra Huerta

Cuando Venustiano Carranza se levantó contra Huerta, la lucha no se agotó en el campo de batalla. En nombre de la regeneración nacional, en nombre del constitucionalismo triunfante, se aprovechó también una ofensiva deliberada y metódica contra la jerarquía eclesiástica, acusada en bloque de haber colaborado con el régimen huertista para matar a Madero y Pino Suárez. Aquella imputación, que en parte pudo tener algo de cierta, fue exagerada con malicia, fue convenencieramente amplificada para cubrir a todos con la misma sombra, tuvo una utilidad enorme: ofreció la justificación moral y política perfecta para desterrar a obispos, acosar a sacerdotes, cerrar templos, expulsar a religiosos y religiosas, prohibir la catequesis, vetar la confesión sacramental y reducir la presencia católica en la vida nacional a un simple murmullo de gente asustada. 

Los estudios de Juan González Morfín han documentado con rigor cómo el ejército carrancista emprendió una cruzada directa contra la jerarquía católica que se prolongó, con distintos grados de crueldad, hasta los primeros meses de 1919. Hubo destierros de prelados, negativa a permitir el regreso de obispos exiliados, propaganda sistemática acusando al clero de alentar revoluciones e incluso de promover la intervención extranjera. Informes eclesiásticos de la época registran vejaciones directas a sacerdotes y obispos, cierres arbitrarios de templos, humillaciones públicas diseñadas para aterrorizar a los fieles. No fueron incidentes aislados. Fue casi una política de Estado.

Y aquí viene el dato que ilumina todavía más la secuencia. El propio proyecto que Carranza presentó al Constituyente de Querétaro en materia educativa y religiosa era menos duro que el texto finalmente aprobado en la Constitución de 1917. Fueron los constituyentes, inflamados por un jacobinismo más radical que el del propio Primer Jefe, quienes endurecieron la línea hasta convertirla en un muro. El artículo 130 despojó a la Iglesia de personalidad jurídica. El artículo tercero prohibió la enseñanza religiosa. El artículo 27 cerró el candado sobre la propiedad eclesiástica. No era un marco de laicidad sana y respetuosa: era un instrumento de asfixia bien calculada.

Carranza abrió el cauce. El constitucionalismo lo profundizó. Y después Calles lo convirtió en torrente.

Lo que quiero que el lector comprenda no es un dato suelto, sino una secuencia, una lógica, un proceso que se fue tejiendo durante más de una década. Desde el asesinato de Madero en 1913 hasta la Ley Calles de 1926, hay un hilo conductor que no esconde: el miedo jacobino al regreso de los católicos a la plaza pública, como entonces sucedió con el Partido Católico Nacional, aunado a la sospecha contra cualquier gobernante que no se alineara con el credo laicista radical, la intolerancia feroz hacia quien no aceptara el catecismo político de las logias y de sus aliados ideológicos. Madero los incomodó por blando.

Huerta los irritó por ambiguo y por atreverse a invocar a Dios públicamente. La historia posterior simplificó a uno como ingenuo y al otro como monstruo. Pero quizá entre ambos se oculta una trama más profunda y más terrible: la del Estado moderno mexicano queriendo expulsar del alma nacional toda huella de lo sagrado, del poder Vaticano que no se pudiera domesticar, someter o combatir. 

No afirmo más de lo que los documentos permiten. Pero tampoco a callar lo que los documentos dicen. La honestidad intelectual obliga a reconocer que la relación entre ciertos círculos católicos y el huertismo fue compleja, que hubo colaboraciones, silencios y ambigüedades. Pero esa misma honestidad exige señalar que la acusación fue generalizada, politizada y funcionalmente diseñada para legitimar una hostilidad que ya existía antes del pretexto.

Y cuando finalmente, en el verano de 1926, la jerarquía decidió suspender el culto público y miles de campesinos, de maestros rurales, de jóvenes universitarios, de hombres y mujeres del pueblo se levantaron con el grito de ¡Viva Cristo Rey!, no lo hicieron por capricho ni por fanatismo, como quiso pintarlos la propaganda oficial. Lo hicieron porque llevaban más de una década acumulando agravios. Porque les habían cerrado sus templos, callado a sus sacerdotes, prohibido educar a sus hijos en la fe de sus padres. Porque la brasa llevaba años ardiendo bajo la ceniza, y ya no hubo ceniza suficiente para contenerla.

Ley Calles. Su objetivo principal era aplicar de manera estricta los artículos anticlericales de la Constitución de 1917. ESPECIAL

Raíces del conflicto

La Guerra Cristera no cayó del cielo como un rayo en un día despejado. Fue el estallido de una pólvora que se venía cocinando desde las leyes de reforma, del asesinato de Madero, desde la tremenda persecución carrancista, desde la Constitución del 57 y luego la del 17, desde cada templo cerrado, cada sacerdote humillado, cada rosario rezado a escondidas en la penumbra de una casa con las ventanas cerradas.

Entender esas raíces no es un ejercicio de erudición para historiadores encerrados en sus aulas. Es un acto de justicia con la memoria de los que murieron por su derecho a creer, a rezar y a vivir su fe en libertad. Y es también una advertencia para el presente. Porque cada vez que un Estado decide que la conciencia religiosa de su pueblo es un estorbo, cada vez que un gobierno convierte la sospecha en política pública y la hostilidad en ley, está sembrando exactamente las mismas semillas.

El estruendo  vino antes que la tormenta. Porque la historia no perdona a los que no quieren ver los hechos con otra mirada. 

Este artículo forma parte de una investigación en curso sobre los antecedentes del conflicto religioso en México, sustentada con documentos de archivos diversos.

La lucha anticlerical en México tiene raíces más profundas y argumentos sólidos para erradicar el poder eclesiástico. 

Más qué perseguir a la religión y a la piedad popular, el desafío fue restarle presencia al poder económico y político que la Iglesia estaba acostumbrada a sustentar y a disminuir la promoción del fanatismo y la ignorancia del pueblo mexicano. El choque de dos diferentes ideologías y una visión contrastante del México que se buscaba para el futuro se quedó atrapado en una lucha fratricida, al fin en una guerra civil, que levantó al pueblo en armas con el grito de “¡Viva Cristo Rey!”.

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