Viernes, 05 de Junio 2020

Epidemia, pobres y hospitales en la historia de Guadalajara durante el siglo XVIII

Un recuento de las epidemias que ha vivido la perla de Occidente

Por: Lilia V. Oliver

Guadalajara. Lilia V. Oliver, comparte su análisis sobre las epidemias que han azotado a nuestra ciudad.

Guadalajara. Lilia V. Oliver, comparte su análisis sobre las epidemias que han azotado a nuestra ciudad.

Las epidemias son fenómenos en extremo complejos; son desastres que históricamente han puesto a prueba y llevado al límite a los Estados, las colectividades y también a cada sobreviviente de esas dolorosas experiencias, dependiendo de la manera en la que lograron sortear el vendaval de virus y/o bacterias que causaron las epidemias que les tocó vivir. Durante las epidemias suele ponerse de manifiesto lo mejor, pero también lo peor, de la condición humana. Por ejemplo, suele aflorar la codicia y la discriminación, pero también la solidaridad y la compasión, entre otros comportamientos. Como historiadora de las epidemias en Guadalajara, me siento con el compromiso de compartir algunos datos históricos sobre este tema. De los diferentes enfoques, perspectivas y temáticas desde las que han sido estudiadas las epidemias, en este texto quiero referirme al asunto relacionado con las epidemias, los hospitales y los pobres o más desprotegidos de aquellas sociedades en el pasado. Dejo al criterio del lector las reflexiones que quiera hacer con la actual situación que nos está tocando vivir.

Un recuento somero de las epidemias que diezmaron la población de Guadalajara durante el siglo XVIII nos deja ver que, hacia 1737 y 1738, una epidemia de tifo exantemático, nombrada en lengua náhuatl matlalzahuatl, asoló a los parroquianos de una manera brutal. En diciembre de 1736 habían aparecido los primeros brotes en la Ciudad de México. La epidemia se extendió por toda la Nueva España, y en diciembre de 1737 y enero de 1738 diezmó a la población de Guadalajara. Años antes, en 1717, se había iniciado la construcción de un nuevo edificio para al Hospital Real de San Miguel de Belén, hospital para pobres, como todos los hospitales de la época, ubicado donde actualmente se encuentra el Mercado Corona. Pronto la construcción se abandonó por falta de dinero, pero durante la epidemia de 1737-1738 la abandonada construcción, que era un cuarto de adobe sin techo, fue arreglada a toda prisa y funcionó como una extensión del hospital, con el nombre de “sala de San Rafael”, para mujeres. Otras epidemias registradas en el siglo XVIII fueron: 1762, una epidemia de viruela, y al año siguiente, en 1763, de tifo; en 1780 otra más de viruela diezmó a la población de la capital de la Nueva Galicia. Cinco años después de esta epidemia, durante los años que van de 1784-1786 se padecieron epidemias, escasez de alimentos, hambre y muerte en la ciudad. En 1785, las cosechas se perdieron a causa de una fuerte granizada y heladas lo que se tradujo en la crisis agrícola, económica y demográfica más cruenta del siglo XVIII en la Nueva Galicia. El siguiente año,1786, quedó registrado en los documentos de la época como el “año del hambre”. Por la cantidad de enfermedades que se presentaron, los contemporáneos les dieron el nombre de “la bola” a aquellas enfermedades. Eran tantos los enfermos y pobres que deambulaban por la ciudad que, a decir del propio Cabildo tapatío, reinaba en ella “la necesidad, la enfermedad, la confusión y la miseria”. Los dos pequeños hospitales que había —el de San Miguel de Belén y el de San Juan de Dios— pronto quedaron saturados. En el fatídico año de 1786, se registraron 2,413 defunciones en Guadalajara, que sumadas a los mil 135 enfermos que murieron en el Hospital Real de San Miguel de Belén, suman un total de tres mil 548. Para una ciudad que en ese año tendría aproximadamente unos 24,200 habitantes, encontramos una elevada tasa de mortalidad de 15%.
¿Qué acciones implementaron las autoridades en ese tiempo para enfrentar la epidemia y el hambre? Está claro que cada sociedad ha dado respuesta a esos desastres echando mano de los conocimientos, saberes y recursos del momento. Vale la pena revisar la enseñanza que las frecuentes epidemias de los siglos anteriores, y en particular las de los años 1784-1786 (enfermedades contagiosas respiratorias y gastrointestinales), dejaron para la Guadalajara de finales del siglo XVIII. La batuta durante aquel concierto de calamidades la llevó la Iglesia como institución, y el director de la orquesta fue ni más ni menos que el obispo fray Antonio Alcalde y Barriga.

Ante el problema de tantos hambrientos que deambulaban por la ciudad, el obispo mandó instalar cocinas públicas; para recibir a los pobres se abrió un “casa de misericordia”, y para atender enfermos se instaló un hospital provisional. Era común que durante las epidemias se pusieran a funcionar hospicios y hospitales provisionales. La epidemia de 1785-1786 dejó en evidencia que una ciudad en crecimiento como lo era Guadalajara en la centuria dieciochesca, necesitaba de un nosocomio donde recibir el crecido número de enfermos durante las epidemias, hecho que había sido advertido y denunciado a lo largo de aquel siglo por los administradores del Hospital Real de San Miguel de Belén, es decir, la orden de Nuestra Señora de Belén. Los frailes betlemitas, como eran conocidos, en su afán por que el hospital contara con un edificio de mayores dimensiones, había logrado que el ilustrado rey Carlos III de España les aprobara, en 1760, el plano arquitectónico bajo el cual debía construirse el nuevo edificio, con una flamante planta radiada y con capacidad para “mil camas o más en caso de epidemias”. La noche del 25 de diciembre de1786, cuando en Guadalajara reinaba la enfermedad y la muerte, el ilustrado obispo tomó la decisión de financiar la construcción del nuevo hospital. La construcción se inició a principios de 1787 y se concluyó en 1794; siete años duró su edificación. El edificio construido entonces es el que actualmente ocupa el antiguo Hospital Civil “Fray Antonio Alcalde”. La capacidad de más de mil camas y la magnificencia con que fue construido el nuevo nosocomio está directamente relacionada con las cruentas epidemias que habían diezmado a la población de una ciudad que crecía de una manera importante, como capital regional.

Concluyo con dos breves reflexiones: es lamentable encontrar tantos hospitales inconclusos actualmente en nuestro país, algunos de ellos hasta inaugurados sin terminar. Las epidemias, tanto en el pasado como en el presente, ponen —entre otras cosas— en el foco de la mirada la responsabilidad de los gobiernos y de las colectividades hacia los más vulnerables y pobres de cada sociedad. Seguramente en la presente pandemia la cantidad de pobres que ha dejado el ejercicio de una economía capitalista despiadada y el adelgazamiento del Estado benefactor, nuevamente pondrá en la mirada pública a los más pobres y vulnerables que serán víctimas tanto por no haber tenido acceso a una infraestructura hospitalaria decente, como a consecuencia de la pérdida de empleos de la economía informal y la crisis económica, que está dejando ver la presente pandemia.

Ojalá que esta situación pueda, a nivel planetario, cimbrar las conciencias de los más poderosos —tanto países como personas— y se pueda frenar la desigualdad galopante de la acumulación de riqueza en pocas manos y el crecimiento también galopante de millones de pobres que en algunas regiones del planeta ha dejado la dinámica propia de la lógica que impera a consecuencia de un capitalismo feroz, y en otras regiones porque la riqueza se ha concentrado en una burocracia también despiadada.
 

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