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Sábado, 17 de Noviembre 2018

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Vivir bien con los apartamentos “huevitos”: transformar su concepto, cambiar la ciudad

Por: Juan Palomar

Vivir bien con los apartamentos “huevitos”: transformar su concepto, cambiar la ciudad

Vivir bien con los apartamentos “huevitos”: transformar su concepto, cambiar la ciudad

Es un hecho global: vivir en las ciudades es costoso. Por su misma esencia, las buenas ciudades ofrecen a sus habitantes de las zonas consolidadas múltiples servicios, infraestructuras, atractivos, alternativas de actividades. Es por eso que existe demanda de espacios habitacionales en esos contextos, y que el suelo en ellos se encarece. Dentro de las actuales condiciones del mercado esto es inevitable.

En medios desorganizados y con débil rectoría del estado, como el nuestro, se ha optado históricamente por un recurso costosísimo y perjudicial, aunque a primera vista parezca barato: la fuga a las lejanas periferias en donde el suelo tiene menores precios. En realidad, sacando bien las cuentas, este método es, considerando todas sus externalidades, mucho más gravoso. El usuario compra una “casa” aparentemente asequible a sus posibilidades; pero nunca saca la cuenta de todos los costos extras: la merma permanente en su calidad de vida, el dispendio en gastos de transporte, el tiempo tirado cotidianamente a la basura en sus desplazamientos; si tiene coche, la gasolina y todos los gastos del vehículo, y etcétera. Además están los altísimos costos con los que ese tipo de “desarrollos” impactan a toda la ciudad: infraestructuras especiales, destrucción del territorio productivo, daños ambientales, deterioro del tejido social… Si los anteriores costos fueran certeramente contabilizados nos daríamos cuenta que las “casas” en “desarrollos” periféricos en realidad son carísimas. Los únicos beneficiados son quienes especulan y venden la tierra y los “desarrolladores”.

Afortunada, y dolorosamente, este modelo está liquidado, ya ha demostrado su inviabilidad, y las decenas de miles de “viviendas” abandonadas en la lejana periferia son prueba irrefutable. ¿Qué queda? Volver, como sucede en todas las buenas ciudades, a las zonas consolidadas, densificarlas sensatamente, dotar a los contextos densificados con los equipamientos y servicios pertinentes. Y realizar una arquitectura apropiada, inteligente, realmente brillante (en contraposición directa de lo que en general se hace). Esta arquitectura se refiere a los edificios de vivienda concretos e, indisolublemente, a su adecuada inserción en sus entornos.

Se ha dado en llamar a los espacios de vivienda que intentan responder a su ubicación en terrenos céntricos -y por lo tanto mucho más caros- como los llamados popularmente “huevitos”. Alrededor de cuarenta metros cuadrados de hacinamiento y espacios comunes de una desoladora pobreza. Aquí se proponen algunas alternativas para convertir los “huevitos” en viviendas satisfactorias:

Uno: Proveer a cada vivienda y sus usuarios no de metros cuadrados sino de metros cúbicos. Entregar 40 metros cuadrados (o lo más que se pueda), pero en vez de con 2.5 metros de altura con 4.2 metros. En obra gris, para que cada quien adapte su casa, gradualmente y con la debida asesoría, a sus necesidades: de allí la posibilidad de instalar diversos tapancos ligeros que hacen mucho más funcional y versátil la casa. Cimentación, estructura e instalaciones son las mismas, por ello hay un costo muy amortizado en la altura extra. Las instalaciones deberán ser aparentes (mucho más baratas), muy bien dispuestas y por lo tanto flexibles a diversas disposiciones espaciales.

Dos: Apelar siempre, al recurso de los balcones. Amplían muchísimo los espacios, hacen que la casa respire y cuente con plantas y estancia agradable, son baratos. Tienen todo que ver con nuestra idiosincrasia y nuestro clima.

Tres: Con la misma muy brillante arquitectura (se debe acabar la mediocridad de tajo, y esto corresponde regularlo a la autoridad) disponer los espacios comunes, exteriores, jardinados: que propicien una armoniosa convivencia vecinal. Prescindir definitivamente de los exorbitantes cajones vehiculares.

Cuatro: Intervenir, con cargo a los tan quejumbrosos como ricos desarrolladores, el contexto urbano inmediato. Proveer de nuevas áreas verdes, placitas, rinconadas, banquetas decentes y arboladas, etcétera.

No es lo anterior ningún descubrimiento del hilo negro. Así se hace en innumerables ciudades muy satisfactorias, en donde la riqueza de los ámbitos públicos complementa adecuadamente a las viviendas forzosamente compactas. Guadalajara, en sus partes centrales, tiene grandes recursos y riquezas desaprovechadas y de todo tipo. No tenemos por qué ser menos.

Guadalajara ya no tiene alternativa: o recupera la cordura y la sensatez para dar vivienda digna a sus habitantes o profundiza el desastre en el que el lucro y la corrupción la han lanzado gracias a los “desarrollos” convencionales. Las autoridades, los arquitectos, los desarrolladores de a deveras tienen la palabra.
 

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