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Martes, 18 de Septiembre 2018
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Víctimas y victimarios

Por: Diego Petersen

Víctimas y victimarios

Víctimas y victimarios

Tadeo fue la víctima más inocente del crimen organizado; Elizabeth, su madre, es quizá la víctima más cruel; no solo fue el sufrimiento de las quemaduras de su cuerpo y una larga agonía, sino lo consciente de que su hijo estaba muerto. Los familiares exigen justicia y el gobernador promete llevar a la cárcel a los culpables, pero ¿es suficiente?

El crimen organizado no es, como quisieran hacernos creer algunos políticos, un asunto ajeno a la sociedad. “Se matan entre ellos”, “la violencia es producto del enfrentamiento por el control de la plaza”, suelen repetir las autoridades. Ambas cosas son ciertas, pero olvidan la segunda parte de la ecuación. Cuando se matan entre ellos hay víctimas colaterales, algunas directas como Tadeo y Elizabeth, otras indirectas como los lugares que quedan marcados por la violencia como restaurantes, plazas comerciarles, etcétera. Pero lo más grave es que cuando los políticos nos hablan con espantosa naturalidad del “control de la plaza” se les olvida decir que la plaza somos nosotros, que lo que buscan controlar es una ciudad y una sociedad, lo que más temprano que tarde nos convierte a todos en rehenes de sus lógicas y visiones.

 

Toda la ciudad, todos los tapatíos, todos los mexicanos somos víctimas del crimen organizado. Tadeo y Elizabeth son, por la forma cruel con la que la mafia terminó con sus vidas, la parte más dolida y visible

 

Solemos pensar en el crimen organizado como una mafia que se dedicaba al trasiego de droga y que en algún momento mutó para convertirse en distribuidor local de droga. Eso es ver solo la punta del iceberg, sus tentáculos, la profundidad de sus raíces, van hoy mucho más allá. Están detrás del robo de autos, que asola a la ciudad; están detrás del control de los mercados, no solo protegiendo la piratería sino controlando qué se vende y qué no; están detrás del tráfico de armas que termina generando violencias cada vez mayores; están en el autogobierno de las cárceles y a través de ellos de la justicia; están en el negocio inmobiliario que no solo distorsiona el mercado, sino que impone formas de vida cada vez menos comunitarias y más aisladas.

Toda la ciudad, todos los tapatíos, todos los mexicanos somos víctimas del crimen organizado. Tadeo y Elizabeth son, por la forma cruel con la que la mafia terminó con sus vidas, la parte más dolida y visible de una sociedad atrapada en esta telaraña tejida a base de complicidades y silencios. Cada policía y cada político que pactó con el crimen organizado; cada empresario que se benefició del dinero de la mafia; cada silencio nuestro, es un nudo que sostiene la trama que ha cobrado decenas de víctimas inocentes, miles de vidas de jóvenes y que nubla el futuro de millones de niños.

Todos somos víctimas, pero también victimarios.

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