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Martes, 14 de Agosto 2018

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Simulación asesina

Por: Pablo Latapí

Simulación asesina

Simulación asesina

Es posible gobernar simulando que se atacan los problemas, pero cuando los problemas cuestan vidas entonces se derrumba estrepitosamente el teatrito y se descubre la simulación.

Y esto es lo que ha pasado con las desapariciones.

Hasta ahora los gobiernos federal y estatales han podido simular que están combatiendo la pobreza, que combaten la corrupción, que buscan acabar con la impunidad, con las deficiencias educativas, pero como esas son cuestiones en muchos casos intangibles, un buen discurso y una adecuada manipulación de cifras y estadísticas pueden dar la apariencia de que efectivamente se están combatiendo. Pero en el tema de las desapariciones eso no funciona, porque son ya miles de personas que de un día para otro dejan de estar, y no se vuelve a saber de ellos. La inmensa mayoría de los desaparecidos en México son personajes anónimos, como si nunca hubieran existido, condenados al olvido, pero el tema de las desapariciones ha hecho crisis cuando tres de estos desaparecidos fueron estudiantes de cine en Jalisco, de una clase media muy sensible al tema de la inseguridad, y que fue un suceso que hizo ver a cientos de familias en nuestro país que a ellas también les podría tocar, que los desaparecidos no son necesariamente personas relacionadas con la delincuencia o individuos que se muevan en las fronteras de los malandros organizados y en roce con ellos.

Lo más triste y terrorífico del asunto de estas desapariciones es que vinieron a mostrarnos dos verdades que son ineludibles y durísimas para la sociedad mexicana.

La primera, que con nosotros, en nuestras ciudades, convivimos con poderosos grupos del crimen organizado (y desorganizado), que se mueven a su anchas, y que en la mayoría de los casos su presencia es perfectamente conocida por la policía que prefiere ignorarlos, y hacerse omisa cuando es solicitada, y que no actúa no porque reciba sobornos por parte de los delincuentes, sino por miedo; sabedores que a la mínima provocación los malandros reaccionan de maneras muy violentas.

Ya la segunda verdad es que en nuestro país quien desaparece, realmente “desaparece” para siempre. Es sinónimo de muerte. Si en menos de una semana no hay noticias de un desaparecido, lo más probable es que no vuelva a haberlas; se esfumará, y seguramente su cuerpo terminará diluido en ácido, o enterrado en alguna de los cientos de fosas clandestinas en “el monte” en todo el país, y que cada temporada de lluvias va borrando poco a poco. Se van para siempre.

Los gobiernos no pueden pues simular que están haciendo algo, porque el más mínimo esfuerzo ya habría arrojado resultados, por pequeños que fueran, pero resultados, y hoy no los hay.

Y al caerse el teatrito de la simulación en el tema de las desapariciones, también se tambalea la credibilidad sobre todas las demás tareas y obligaciones del Estado, porque está visto que lo que mejor hacen (lo suyo, lo suyo) es la simulación.

(platapi.en.i@hotmail.com)
 

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