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Martes, 20 de Noviembre 2018

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¿Quiénes somos ahora?

Por: Martín Casillas de Alba

¿Quiénes somos ahora?

¿Quiénes somos ahora?

Cuando pertenecemos al club de los Adultos Mayores podemos, con justa razón o sin ella, preguntarnos quiénes somos ahora para saber si somos la suma de todos los que fuimos o parte y parte, en una especie de suma y resta de lo que hemos sido en el tiempo, además de saber si las circunstancias por las que hemos pasado nos han formado, deformado, construido o deconstruido.

Por eso, imagino a esos otros ‘yo’ que fuimos como si fueran ecos de un pasado que nos cuesta trabajo reconocer, sobre todo cuando vemos una foto de la familia y nos preguntamos ¿qué parte de ese que está ahí, sigo siendo yo?

Una respuesta puede ser que, finalmente somos producto de una metamorfosis que empezó con la crisálida de la infancia, hasta que nos salieron estas alas con las que seguimos papaloteando.

Recuerdo mi infancia: flacucho, librando la muerte accidental en dos ocasiones: la primera, dando vueltas con una niña, me solté de sus manos para ir a pegarme en la cabeza con la esquina de la escalera de piedra que estaba a la entrada de mi casa -Hamburgo 150 letra C en la ciudad de México-, a un milímetro de la sien y de la muerte instantánea y a un centímetro del ojo derecho; la segunda fue cuando a los 11 años libre una meningitis que amenazaba ser mortal.

Por otra parte, tengo la sensación de que la vida es una serie discontinua con saltos cuantitativos como ese que di cuando me casé y me fui de Guadalajara a Alemania para estudiar en la Universidad de Freiburg o, cuando regresé a México y trabajé en IBM o cuando nacieron mis hijos antes de dar otro de estos saltos cuantitativos, cuando asistí al taller del cuento de Monterroso y empezar a incorporar la literatura y la escritura para que fuera parte de mi vida.

Cuesta trabajo reconocer a esos otros que fuimos, tal vez, por los traslapes o la metamorfosis. Hay una referencia discontinua del ‘yo’ en el tiempo, como esa primera noche del pasado cuando el ‘yo’ que era desaparece y aparece uno nuevo, tan cerca, que “parecía estar oyendo las palabras anteriores, como en un sueño”, como decía Proust.

El ‘yo’ proustiano se acuerda de cosas lejanas, como cuando el narrador conoció a Albertina, una de las muchachas en flor de la playa de Balbec o, en su segundo viaje, un año después de la muerte de su abuela, cuando se da cuenta que nunca más la va a volver a ver y llora desconsolado: los muertos no existen, pero se quedan dentro de nosotros y “es a nosotros a quienes herimos sin tregua, cuando recordamos los golpes que en vida les asestamos”, o todo lo contrario, si recordamos esos desayunos tapatíos, al lado del ingenio y la sonrisa de mi madre y la vida que flotaba, aunque no podamos, por ningún medio, recrear uno de esos momentos de la vida real.

Sabemos el trabajo que cuesta para que nos acepten tal como somos ahora, pero, así es la vida: seguimos dándole la bienvenida a lo nuevo, con todo y sus penas y alegrías llenando, de esta manera, las páginas donde anotamos el tiempo recobrado.

Conviene observar el carácter de la segunda mitad de nuestra vida, sobre todo, cuando tiene que ver con la primera, sin que importe si estamos un poco marchitos, atenuados, abultados o mejorados, como tampoco, si hemos llegado a ser tal o cual cosa. Se trata de seguir papaloteando.

Dice Proust “que todos necesitamos alimentar alguna vena de loco para que la realidad sea más soportable”, tal como lo sabía Hamlet y, por eso, sugiere que recuperemos la voz que teníamos de jóvenes, cuando veíamos la vida de una manera única, para así despejar estas incógnitas y aceptar quienes somos, que es lo único que importa.

(malba99@yahoo.com)

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