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Miércoles, 11 de Diciembre 2019
Ideas |

Por qué amo mi trabajo

Por: Sergio Oliveira

Por qué amo mi trabajo

Por qué amo mi trabajo

Cuando tenía alrededor de tres años de edad, solía sentarme bajo una mesa ubicada en la cocina de la pequeña casa dúplex en la que vivíamos en Recife, Brasil. En ese lugar se ponía una canasta de mimbre, donde se guardaban las frutas frescas y el asa de esa canasta, muy amplia, era para mí un volante al que agarraba e imaginaba estar al mando de un coche, al mismo tiempo en que imitaba el ruido del motor con la boca. En mi mente andaba en un convertible, por una pequeña carretera de montaña, con un hermoso paisaje a mi lado. Justo como me tocó vivir esta semana. No, no fue la primera vez que lo hice, pero esta tuvo un sabor muy especial.

A lo largo de la vida adquirimos la capacidad de transformar en automáticos algunos movimientos aprendidos. Unos son básicos y naturales, como caminar. Otros un poco más complejos, como andar en bicicleta. Una vez que lo tenemos dominado, lo pasamos a hacer de manera inconsciente. Manejar un coche es una de esas cosas que repetimos de forma cotidiana y que se transforman en movimientos automáticos. Se vuelven aparentemente tan simples que añadimos otras cosas a la ecuación mientras estamos al mando de un auto, como cambiar la música, platicar con el copiloto, mirar el sistema de navegación o hablar por teléfono. Todo nos distrae y nos quita la atención de una actividad que es muy peligrosa, pero que también puede ser muy placentera.

Atención total

Confieso que me sentía algo nervioso al subirme al Mazda MX-5 en las faldas del monte Fuji, en Japón. Pese a ya haberlo conducido muchas veces antes, sería la primera en la que lo haría en la versión original del MX-5, es decir, con el volante del lado derecho.
Hace cuatro años conduje un Honda S-600 en Japón también, pero era automático, estábamos en la ciudad -lo que disminuye la velocidad- y había un japonés a mi lado, recordándome cuándo corregir errores normales que cometemos los que conducimos del lado derecho, como tomar el carril derecho en una calle secundaria, lo que hacemos por instinto y costumbre. Pero ahora iba a manejar un auto con caja manual, solo y en carretera. ¿Podría cambiar las velocidades con la mano izquierda?

Sí, pude hacerlo. No es tan sencillo, pero nos llegamos a acostumbrar. Los pedales están en la misma posición que aquí, por fortuna. Pero hay más cosas que hacer. La línea de referencia que divide el asfalto está a nuestra derecha y cuesta trabajo adaptarse a esto. Más trabajo cuesta entrar a una curva cerrada a la izquierda sin pegarnos a ese lado, como hacemos de manera habitual al manejar en nuestro país. Cuando buscamos el espejo retrovisor interno, éste se encuentra a nuestra izquierda, contrario a donde lo vemos todos los días. Estacionar tampoco resulta natural, como lo vi más tarde.

Toda la situación exigía concentración máxima. Es como aprender de nuevo a conducir. Y esa es la parte más bonita de todo. Porque al estar tan atentos a esto, nos damos cuenta de que hacerlo de forma automática e inconsciente nos quita al menos algo del placer de manejar un buen coche.

Poner toda mi atención para conducir el MX-5 en las faldas del monte Fuji me devolvió mucho de ese placer disminuido por el condicionamiento de piloto de todos los días. En ese momento nada me preocupaba más que manejar. No quería oír música, ni mirar algo del paisaje, mucho menos buscar en la pantalla a ver si había algún mensaje de WhatsApp aún por leerse. Mi mente y mi cerebro eran 100% del auto.

Cuando me acordé de mirar el espejo me sorprendió verme sonriendo. Casi puedo jurar que el yo que se veía en la imagen reflejada tenía 3 años de edad y giraba un asa de canasta como se fuera volante. Entonces me di cuenta de lo afortunado que soy y de lo mucho que amo a mi trabajo. A la vida, nada más que decirle sino gracias. Muchas gracias. Principalmente por devolverme ese niño que parecía olvidado y decirle que su sueño, se hará realidad.
 

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