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Jueves, 18 de Octubre 2018

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Nuestro debate público está cojo

Por: Ivabelle Arroyo

Nuestro debate público está cojo

Nuestro debate público está cojo

Nuestra interlocución pública tiene cojera. ¿Ya vieron que le falta una pata?

El ejercicio de hoy, la interlocución del gobernador con un grupo de ciudadanos como complemento a su informe, sirve para explicarlo.

Aristóteles Sandoval encontró —qué bueno— un cauce distinto para emitir mensajes desde el poder, capitalizar políticamente ese ejercicio y acercarse a un sector informado de la sociedad, todo en un solo acto. 

El gobernador nos habla. Nosotros le hablamos al gobernador. No sólo a este gobernador, no sólo con este informe. A veces es a través de Twitter, sin orden ni concierto; una vez al año a través de un grupo de ciudadanos que lo interpelan por su ejercicio de gobierno; dos veces en su administración a través de las urnas y, se supone, de manera permanente a través de la representación legislativa local. 

No suena mal, ¿verdad? Durante décadas, el poder cerró los ojos, los oídos y las puertas a lo que sucedía afuera de Palacio, y cuando algo hacía demasiado ruido como para obviarlo, lo silenciaba eliminándolo o adquiriéndolo. La única voz a la que sabía atender era la voz de un poder mayor. Obligar al poder a escuchar fue una ardua tarea. Aún falta afinarlos, pero definitivamente hay cauces sonoros significativos: partidos políticos, redes sociales, medios de comunicación que jalan para distintos lados, representación legislativa, consultores sanguijuelas con encuestas para todo y hasta ejercicios como este que hace Aristóteles Sandoval.

Ahora que eso está se puede ver con claridad que nos faltó todo otro mecanismo complementario. ¿Cuál? El que articula las ideas y mensajes que no van ni hacia ni desde el poder. Los partidos políticos perdieron militantes. La democracia perdió electores. Los intelectuales perdieron las saludables e insalvables broncas que tenían entre sí. 

La posibilidad de alzar la voz en el espacio público se socializó, pero la capacidad de articular en un programa inteligible esas ideas no está por ningún lado. No hay un ágora central en donde se discuta sin ver al poder (sin hablarle a Sandoval, a Alfaro o a Padilla) si la nueva generación del PRI en Jalisco cambió el rumbo del presente, si la idea de refundar el Estado tiene mérito histórico o si la proyección cultural de la universidad anuló su rol político. 

No menosprecio el rol que juega en ese sentido la academia, pero la academia, lo saben bien mis respetados amigos, no es el ágora. Tiene otra lógica y así debe ser. Los ciudadanos informados, esos a los que convoca el gobernador, junto con muchos más que trabajan lo público desde la academia, el arte, la empresa o el periodismo, son los que deben hablarse entre sí. Esa es la pata que nos falta; sin ella, seguimos construyendo una sociedad que se explica sólo en función de su relación con el poderoso, al que cambia (¡qué bueno!) en demanda de respuestas. Pero ninguna respuesta saldrá completa de ahí si no fortalecemos el diálogo público permanente sin voltear a ver a Alfaro, a Padilla, a Sandoval, a López Obrador o a Peña.
 

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