Miércoles, 26 de Enero 2022

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No es zoología, sí parece fantástica

Por: Augusto Chacón

No es zoología, sí parece fantástica

No es zoología, sí parece fantástica

Un fenómeno sensible a la vista, al olfato, al tacto, tiene un origen. Poco o nulo debate habrá si identificamos aroma de carne asándose: alguien, en un sitio preciso, puso carne sobre carbón. Existen también fenómenos perceptibles pero inaprensibles, como cuenta Jorge Luis Borges en “Manual de Zoología Fantástica”, en la entrada “Haniel, Kafziel, Azriel y Aniel”: “En Babilonia, Ezequiel vio en una visión cuatro animales o ángeles, «y cada uno tenía cuatro rostros, y cuatro alas» y «la figura de sus rostros era rostro de hombre, y rostro de león a la parte derecha, y rostro de buey a la parte izquierda, y los cuatro tenían asimismo rostro de águila.» Caminaban donde los llevara el espíritu, «cada uno en derecho de su rostro» o de sus cuatro rostros, tal vez creciendo mágicamente, hacia los cuatro rumbos. Cuatro ruedas «tan altas que eran horribles» seguían a los ángeles y estaba llenas de ojos alrededor”.

Sin el afán de que se tome como sentencia inapelable: la visión del Profeta Ezequiel describe nítidamente los fenómenos políticos que en estos tiempos atestiguamos. Si cualquiera dice: el país va para allá (arriba, abajo, a la derecha o a la izquierda) encontrará evidencias de que es tal como lo postula; lo mismo pasará con quien entienda que el sentido es opuesto. Y si alguien, valido de los discursos y las acciones del gobernante, marca el derrotero nacional con determinado signo del cosmos ideológico, no coincidirá con el que otros asignen, aunque se base en los mismos discursos y hechos. “‘Hayoth’ (seres vivientes) se llaman los ángeles cuádruples del Libro de Ezequiel”, informa Borges en el brevísimo texto que les dedica, pero el caso es que, ángeles o animales, Borges los designa: “emblemas”; inconcebibles como parecen, sirven para representar lo que a cada cual se le antoje, como ocurre hoy con los decires y haceres de los gobernantes.

La popularidad del presidente brilla, hiede, suena ubicuamente, y nadie convence a nadie respecto a qué la causa. Unos, que brota de su ser diferente; otros, cada día menos y con menguada enjundia, aseguran que surge del estupendo gobierno que da a la nave llamada México; unos más que es secuela de nuestro estar impreparados para la democracia, pues su gestión (esgrimen razones y cifras) va de regular a pésima. Con esta heterogénea sensibilidad hacia un fenómeno que debía sernos común -el acto de gobernar y sus efectos- resulta fútil empeñarse en dar con una teoría unificada sobre el origen de la popularidad del presidente López Obrador, pues estamos ante un emblema, con cualidades “Hayoth”: cuatro con cuatro caras cada cual, cada cara va de frente hacia el destino que mira, sin anular el avance de las otras, como infiere Borges: mágicamente omnipresentes, y seguidos por monstruosidades llenas de ojos. Borges cita en el texto a R. L. Stevenson quien, asombrado por la visión de Ezequiel, preguntó: “si tales cosas había en el Cielo, qué no habría en el infierno.”

Tendríamos que invocar a Stevenson para contarle sobre infiernos del siglo XXI, móviles, con fecha de caducidad y capaces de prohijar, democráticamente, “tales cosas” como la multiplicidad de las interpretaciones correctas. Por lo que no dañará, más, aventurar un germen de teoría: quienes sin reparos apoyan a López Obrador están seguros de que lo ofrecido por él se materializará, y si no, no importa, se conforman con sentir que están en control de quienes durante décadas tuvieron el timón; como lo expresa el presidente: “tengan, para que aprendan”. Reformulado sería: nos toca, como tocó a los previos, hacer lo nuestro; y como al fin es su turno, cualquier crítica al trance en el que estamos o al mandatario, la desdeñan, por espuria.

En medio de esta circular tensión política y social, porque no genera sino más tensión, desestimamos el arreglo democrático que mandata la Constitución: que portavoces de distintas visiones participen en los asuntos de la República, no para dulcificar la labor de la clase política, para poner por delante el bienestar de todas, de todos, sin distingos. Sólo que por estos días la política de por acá se sacia con el incremental el encono entre bandos: los que detestan al presidente y quienes lo idolatran; polarización que, sin embargo, no inmuta al modelo económico, que cumple fatalmente su misión: acumular el capital en muy pocas manos. Del “Informe sobre la Desigualdad Social 2022”, coordinado por Lucas Chancel, Thomas Piketty, Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, cuyo autor principal es el primero, recientemente publicado, se desprenden datos abrumadores para los mexicanos: a lo largo del siglo XX y en lo que va del XXI “La parte del ingreso con que se queda el 10% superior ha oscilado entre 55% y 60%, en tanto que 50% de los de abajo se han repartido un constante 8-10%, lo que hace de México uno de los países más desiguales sobre la Tierra.” 

A pesar de la Revolución, de los recursos naturales y del milagro económico de mediados de la centuria pasada; a pesar de la bonanza petrolera, de los tratados de libre comercio, de los derechos humanos y del sufragio efectivo, en términos de reparto de la riqueza, de justicia, estamos como en la era de Don Porfirio, además reusando modos que para él eran consustanciales al gobernar. Así, mientras nos entretenemos descifrando a “Hoyath”, todo se mantiene a favor de unos pocos, como siempre, y a costillas de los de siempre. La paradoja es: si nos hiciéramos cargo de la inamovible desigualdad, quizá acabaríamos por dar con la causa de la popularidad del presidente: en el estado secular de las cosas se abre una vía de escape (como ha pasado antes) con el debate público centrado en el campeón elegido por una mayoría inapelable que lo defiende a cualquier costo, no por los beneficios que acarrea su gobierno, sino por ser él, que les representa un triunfo a la mano, por mínimo que sea.

agustino20@gmail.com

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