Domingo, 19 de Enero 2020
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Mi reino por un libro

Por: Diego Petersen

Mi reino por un libro

Mi reino por un libro

El presidente no quiere hacer escarnio. Aunque él lo haga todos los días con las personas que le caen mal, con periodistas que lo cuestionan, con todos aquellos que él considera conservadores o fifís, pero no con sus amigos, a los que dispensa justicia y gracia, mucha, mucha gracia. Que el embajador Ricardo Valero haya sido sorprendido robándose un libro de 189 pesos mexicanos en la librería El Ateneo, en Buenos Aires, no anula por supuesto su carrera y sus logros, pero la amistad con el presidente tampoco lo exime de sus errores.

El problema es que no se trata de un asunto personal ni de un juego de mi reino por un libro. Valero es el representante del gobierno de México, y por lo tanto de todos nosotros ante la República de Argentina, y que lo hayan sorprendido robando es una vergüenza para todo el país. Un embajador es un huésped distinguido, es un invitado en casa ajena que robó a los inquilinos. ¿Volvería usted a invitar a su casa a alguien que se lleva un recuerdito de la comida, digamos un tenedor, un cenicero, nada grave, pero suyo al fin? Por supuesto que no y ese es el problema de Valero. La tontería, porque no es otra cosa, lo hace indigno de representar al país, pero también inconfiable para el país que lo recibe.

No faltará quien diga que robar libros no es delito, que robar libros es cultura, que eso es hacer patria y todas las burradas con que como estudiantes justificábamos el baje en las librerías. Pero ni el embajador tiene 18 años (el joven ladronzuelo ya pasó de los 70) ni se manda solo, él está ahí para representar al país, no para pasársela bien. Lo que hizo Ricardo Valero fue traicionar la confianza que depositaron en él tanto el presidente de la República, que lo nombró, como el Senado, que lo ratificó, y del gobierno de Argentina, que lo aceptó.

El robo del libro es anecdótico (hasta se discute si el libro que se robó, la biografía de Giacomo Casanova, vale o no la pena el quemón); la pifia diplomática no. Esas, entre otras, son las consecuencias de nombrar embajadores a políticos y no a funcionaros de carrera del servicio exterior mexicano. No es la primera vez que un político reconvertido en diplomático nos hace pasar vergüenzas (quizá la peor de todas es el expresidente Díaz Ordaz en su ataque paranoico en un hotel en Madrid sin poder presentar credenciales), pero la pregunta sigue siendo la misma: qué necesidad de seguir pasando vergüenzas.

(diego.petersen@informador.com.mx)

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