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Domingo, 09 de Diciembre 2018

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Mi muñeca fea

Por: Paty Blue

Mi muñeca fea

Mi muñeca fea

No conformes con pasarme por encima, comiéndose con prisa mi niñez, apresurándome la adolescencia y agostándose de un bocado mi dorada juventud, los años me han dejado hondas huellas que a simple, pero muy simple vista, se pueden apreciar en mi ajada cara. Si invirtiera el orden de los vocablos alusivos al rostro, poniendo primero el sustantivo seguido del adjetivo, se leería como una grosería, que bien podría definir lo que las arrugas han hecho con mi otrora lozana faz, pero ni medio pliegue han podido provocar en mis memoriosos recuerdos que, en tanto no claudiquen por la intervención del famoso alemán que les aplica el despiadado borrador, se mantienen tan incólumes como mis pesares por un pasado que desearía se hubiera mantenido intacto y acorde al que me tocó vivir.

La verdad sea dicha, no es pa tanto, y bien pocas cosas añoro de los tiempos idos, tanto como celebro los incontables y veloces advenimientos tecnológicos que me ha tocado presenciar, a la par de los innumerables despropósitos en que con ellos se empeña la humanidad.

Todo este choro mareador, como se refieren los chavos a las alocuciones sin sustancia, sirva de contexto para el reciente clavado que me eché al pasado, ocurriendo a la tradicional y cada vez menos popular Feria del cartón y del juguete, en el parque Morelos, que en mis candorosos anteayeres constituía un festivo ritual que por ningún motivo podía perderme, y que para mí tenía el único propósito de que me compraran una malhecha y colorida mona de cartón, una de las llamadas “Peponas” que, desde entonces y hasta la fecha, se anidaron en mi corazón, con todo y la incomprensión de quienes me rodean y no entienden mi debilidad estética por su entrañable fealdad.

Traigo aún grabadas en la retina las luminosas imágenes de un mercado pletórico de calaveritas de azúcar, calacas danzarinas, ataúdes que con el leve tirón de una hilaza incorporaban al muertito, caballitos ensartados en un carrizo, máscaras de brujas y monstruos que olían a cola (pegamento), gorritos de soldado prusiano, cornetas y carritos de hoja de lata, coloridas culebras de madera, al igual que yoyos y baleros y, como auténticas reinas de la noche, presidiendo aquella fiesta de esperpentos varios, las gloriosas Peponas de Celaya que se adueñaban de mi atención sin compartirla con nada más.

Sería que llegué a destiempo y la mercancía se les agotó con impresionante celeridad en los primeros días de venta, o la octogenaria feria ha perdido el encanto de antaño y ha venido sucumbiendo a la pujanza mercadológica del juguete moderno, el caso es que, después de recorrer varios puestos en busca de una hilera de monas, como aquéllas que recuerdo de todos tamaños, colores y peinados, solo pude encontrar dos o tres medianitas, apachurradas, con gorros de aeromoza, sin aretes y perdidas entre la pléyade de máscaras y artefactos de los superhéroes y dibujos animados en boga.

No sin tristeza rescaté la menos apachurrada y la adopté sin regateos, y con gusto habría adquirido también aquel rústico comedorcito que llamó mi atención y me hizo perderla en cuanto vi que la mesita, de palitos colorados al igual que las sillitas, venía forrada, nada menos, que con las melcochosas figuras de las princesas de Disney. De los dulces tradicionales ni quejarse, porque ahí figuran todos los que por hoy se han vuelto muy populares, provenientes de fábricas transnacionales.

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