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Lunes, 10 de Diciembre 2018

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Los cuentos de invierno

Por: Martín Casillas de Alba

Los cuentos de invierno

Los cuentos de invierno

Rilke logró en su Tercera Elegía de Duino describir esto cuando… “aliviados, nos instalamos en los latidos de tu pecho donde bebe y se comienza. Pero, ¿acaso comenzó alguna vez? Madre, eres tú quien lo hiciste, pequeño, de tu ser, eres tú quien, en sus comienzos, lo formaste; era un ser nuevo para ti, tú te inclinaste hasta sus ojos recién abiertos, el mundo amable, apartándole el extraño.”

Casi nadie se acuerda ni reconoce el trauma de nacer desde el mismo momento que salimos del vientre materno, pero, los que saben, dicen que todo lo que sentimos queda inscrito en el libro de visitas y cada una de esas sensaciones que no tienen referente alguno y que reconocemos como angustia, pues no sabemos de dónde viene el dolor al respirar ni el chiflón y la luz brutal del sanatorio o el hambre, el frío, el cólico y el desconsuelo que se va apaciguando en el momento que sentimos ese calorcito recostados en el pecho materno.

Algunos poetas exploran esos registros y, como buenos traductores de la complejidad, los convierten en palabras, para que los seres mortales lo reconozcamos, aunque nos cueste un poco de trabajo aceptar o enfrentar eso que sentimos al nacer, al tiempo que echamos a andar el antídoto de tal manera que, con el tiempo, podemos sacar los trapitos al sol y reflexionar en el silencio de la soledad, para que se vayan liberando poco a poco y vayamos colmando las grietas que se han formado una vez que la muerte viene de la mano con la vida desde siempre.

Rilke llegó al meollo del asunto, ese que tantas veces negamos y que, en lugar de enfrentarlo, lo evadimos y nos dejamos llevar por la parafernalia de los regalos y de los tragos.

De niños, sin poder defendernos, nos impelen para aceptar la existencia de Santa Claus (como aquel que se carcajeaba en Sears de Insurgentes) y nos hacen escribirle una carta, ¿al Polo Norte?, sin que sea un cuento de hadas, en donde sabemos hacer un paréntesis y aceptar lo inverosímil mientras dura la narración.

Sin comprender eso que decían y que entraba por la chimenea (que no hay ninguna y luego ¿cómo salía?), ni cómo era posible que repartiera millones de regalos desde una carroza impulsada por sus renos voladores y todo esto lo aceptábamos con tal de recibir los regalos.

“La alcoba nocturna, sospechosa, la hiciste inofensiva; porque de tu corazón, refugio sin acechanzas, arrancaste, para unirlo al espacio de su noche, un espacio más humano.”

Qué tal si un día de estos le damos la vuelta al tornillo y celebramos la angustia del nacimiento y, por las noches, nos contamos cuentos de invierno, sin importar que sean un poco tristes, pero así, logramos que nos tengan más confianza, porque les hemos enseñado a caminar con los pies en la tierra y la cabeza en las nubes. Que sepan que somos nosotros los que les damos los regalos y que lo hacemos para compensar un poco esa angustia recóndita y agazapada entre los surcos de esa grieta del alma.

Así, sin quitarles la ‘ilusión’, les damos elementos para que vayan aceptando su realidad, sin que tengan que evadirla con la falsa euforia pendular, esa que va desde la manía a la depresión y de ahí a la cruda.

“No era en la oscuridad, no, era tu más cercana presencia donde situabas la lámpara nocturna, como una luz de amistad. No había ningún ruido que no pudieras explicar sonriente… Y él escuchaba. Y se tranquilizaba.”

Luis Cardoza y Aragón decía que “la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre”, sobre todo, cuando toca fibras que duelen pero que, al mismo tiempo, nos colman, para que podamos seguir caminando, integrando lo efímero de la vida a nuestra realidad.

¡Ah!, ¡qué descanso! Feliz Navidad.

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