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Viernes, 14 de Diciembre 2018

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Los adioses

Por: Antonio Ortuño

Los adioses

Los adioses

Esta columna nació el 4 de septiembre del año 2011 y hoy termina. Escribirla, semana a semana, ha sido una de las rutinas más agradables que he tenido en la vida. Mi trabajo consistió en sentarme, cada lunes (a veces los martes; casi nunca los miércoles, y con frecuencia los jueves, apenas a tiempo de entregar), a pensar un rato en literatura para luego ofrecerles, a los lectores, alguna noticia, comentario o reflexión. Aproveché, para nutrir estas líneas, lo que fuera: mis lecturas, las notas del día, los comentarios del medio, lo mismo que las sugerencias y peticiones de lectores, colegas y hasta detractores. Mi trabajo, pues, se trató de escribir 500 palabras sobre mi tema favorito del mundo cada semana y cobrar por ello. Un privilegio. Y gracias a esto he constatado que, sin ser ni de lejos mayoritaria, las letras y los libros son una afición en la que no me encuentro solo: así lo demuestra la generosa frecuencia con que muchos de ustedes se encontraron conmigo en este espacio.
 
“El mundo alucinante” ha recomendado unos buenos cientos de libros y autores, ha discutido las constantes y variables de la vida literaria y la cruda situación del libro y la lectura en nuestro país. A veces ha registrado solamente la ironía (un poco desesperada) de su autor; otras muchas, ha intentado ponderar y poner sobre la mesa sugerencias, argumentos, ideas, sobre por qué leer, cómo intentarlo, para qué hacerlo. Hoy llega el momento de bajar la cortina.

No ha sido una decisión fácil pero me parece la mejor. Hace cinco años que me dedico de tiempo completo a la escritura literaria y el trabajo y la concentración que mis proyectos requieren condice mal con las necesidades de una columna semanal: un escritor embarcado en sus propios textos (y, ay, en sus propias ferias, talleres, cursos, entrevistas) pierde la oportunidad de tener una visión panorámica, esa que tanto favorece el trabajo de un periodista.

Porque un escritor, me parece, tiene que buscar hablarle a cada lector como si fuera único; el periodista, por el contrario, tiene que predicarle a la tribuna. La literatura individualiza y el periodismo vuelve las cosas colectivas. Esta nunca quiso ser la columna de un escritor profesional, sino el espacio en que un periodista ofreciera elementos para pensar en la actualidad de la literatura y los libros. Soy ambas cosas, pero este es un periódico y no mi blog personal. Así, pues, creo que he llegado al punto en que no puedo ser periodista una mañana a la semana, sino que toca ser narrador todas y cada una de ellas. Me parece que este el momento de dejar el espacio a alguien que, justo, tenga la visión panorámica que ya no poseo y que pueda convertir sus curiosidades en combustible para entregarle al lector reflexiones e ideas que consigan acercarlo a ese tema infinito que es el arte literario.

Muchas gracias a EL INFORMADOR, a sus directivos, editores y equipo en general. Y muchas gracias a usted, amigo lector. Nos veremos, espero, en las librerías.

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