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Lunes, 09 de Diciembre 2019
Ideas |

La humanidad comprometida

Por: Fernando Savater

La humanidad comprometida

La humanidad comprometida

De vez en cuando, los países se acuerdan vacilantemente de que además de intereses contrapuestos tienen un tipo de parentesco que también debe ser tomado en cuenta. O por decirlo de manera algo más pedante, comprenden que hay dos significados etimológicamente opuestos en la palabra “interés” (inter-esse, lo que está entre dos): por un lado es lo que se interpone, lo que aporta el motivo distanciador que causa una fractura; por otro, lo que sirve de nexo que une y acerca a los distantes. Es evidente hasta lo abrumador que cada grupo humano se enroca en torno a lo suyo y a los suyos, marcando un territorio físico y simbólico para que no se infiltren los ajenos: cualquier “nosotros” empieza ante todo por ser un “no a otros”.

Pero al mismo tiempo, sin desmentir lo anterior, cuando olvidamos por un momento dichoso sentirnos amenazados (es decir, cuando preferimos sabernos fuertes), comprendemos nuestro radical parentesco con los que son como nosotros sin ser de los nuestros. Y si llaman a la puerta, piden ayuda o sencillamente quieren incorporarse a nuestras filas, sentimos el impulso de decir “¿por qué no?, ¿con qué derecho establecemos de una vez para siempre que no es posible, si todos hemos llegado al grupo desde fuera de él, sea emigrando hace mucho desde su exterior o viniendo desde ese fuera absoluto y enigmático que significa nacer?”. Porque hay un “nosotros” que no excluye a los otros en nombre de las diferencias, sino que los incluye y casi los reclama: eso es lo que expresa la voz humanidad, en la práctica débil y retórica frente a las marcas registradas de las naciones, pero tenazmente invencible cuando nos permitimos visitar la zona ideal.

Disculpen este desahogo teórico. Yo quería hablar de algo muy concreto, el Pacto Global por una Migración Segura, Ordenada y Regular propuesto por la conferencia intergubernamental de la ONU y firmado hace poco en Marrakech por 164 países, aunque con notables ausencias y oposiciones relevantes. El pacto no obliga a los gobiernos que lo han firmado, sólo pretende comprometer humanitariamente a gobiernos y ciudadanos de todo el planeta con el drama de quienes han perdido por cualquiera de los avatares de la historia su lugar de arraigo en un mundo frecuentemente hostil. Las migraciones humanas no son un episodio pasajero sino algo definitorio de nuestra especie. A diferencia de lo que piensan algunos conservadores, nosotros no tenemos raíces clavadas en la tierra sino en la esperanza: la promesa incierta pero alentadora del futuro pesa más que la torva lección del pasado. A medio y largo plazo, los migrantes aportan en la mayoría de los casos aumento de la riqueza producida y también transformación de las sociedades, que sin ellos tienden a enquistarse en la rutina de gestos culturales sacralizados. Pero es indudable que en lo inmediato producen dificultades en sus lugares de acogida, con su demanda de alojamientos, educación, permisos laborales, convivencia con otros grupos locales que también tienen carencias importantes, etc… Por eso el tema de la migración debe afrontarse de manera internacional, apoyando a los países o regiones que menos recursos tienen para afrontar el flujo de los desplazados. Hay que ayudarles a combatir los problemas materiales que se suscitan y también, en todas partes la xenofobia histérica que se alimenta de ellos. Esa xenofobia no necesita inmigrantes para ponerse en marcha, en ciertos lugares se dispara contra grupos que ya están integrados en la ciudadanía común, amenazando con romperlo el Estado democrático. En España, desgraciadamente, tenemos ahora muestras de ello en Cataluña y alguna otra región; en Europa está el caso belga del nacionalismo flamenco. En ambos casos, la xenofobia etnicista se opone a la nación cívica. Porque la verdadera hospitalidad al que viene a nosotros es la oferta de ciudadanía, con sus inalienables derechos pero también con todas sus obligaciones, que no pueden ser ignoradas invocando costumbres ancestrales o creencia incompatibles con las leyes que rigen la convivencia de todos. Como bien ha dicho Félix Ovejero, hay dos tipos de xenofobia: la de quienes luchan con mil pretextos para impedir que los extranjeros se conviertan en ciudadanos y la de quienes pretenden convertir a sus conciudadanos en extranjeros. Más allá de las fronteras políticas, hoy en día necesarias todavía para salvaguardar derechos y deberes, la humanidad debe comprometerse en un pacto con los semejantes cuyo único límite lo marquen los recursos de la fraternidad.

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