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Sábado, 17 de Noviembre 2018

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La dicha inicua de perder el tiempo

Por: Martín Casillas de Alba

La dicha inicua de perder el tiempo

La dicha inicua de perder el tiempo

Siempre hay un algo que nos dispara al pasado de manera involuntaria: la magdalena, sopeada en el té dice Proust que fue el disparador para que empezara a buscar el tiempo perdido. Por eso, con una infinita proporción guardada, hace días, mientras caminaba con Luna -nuestra french poodle mini toy- por Tlalpan, pasé por la placita en donde hay un busto de Renato Leduc (1897-1986), el poeta que vivió en esta colonia y que era un buen parroquiano de la cantina ‘La Jalisciense’, quien le salvó la vida a Leonora Carrington casándose con ella en Lisboa para traerla a México y evitar que los nazis se la llevaran por haber sido pareja de Max Ernst.

Pero, más que por eso, es más famoso por haber escrito este Soneto:

“Sabia virtud de conocer el tiempo,
a tiempo amar y desatarse a tiempo...”

Cuando llegué a la placita me puse a leer de mis apuntes en el iPhone el soneto y, los tres últimos versos me dispararon al pasado:

“Y hoy, que de amores ya no tengo tiempo,
amor de aquellos tiempos, cómo añoro
la dicha inicua de perder el tiempo.”

La dicha inicua (la mala, cruel o vil dicha) de perder el tiempo, ahora que me doy cuenta cómo es que ha pasado, pues, “teóricamente sabemos que la Tierra gira, pero no lo notamos, como ocurre con el Tiempo en esta vida”, dijo Proust, experto en el tema del tiempo.

Al terminar de leerlo, recordé aquellas tardes que pasaban en bici Guillermo Kunhardt y Javier Ochoa cuando salían por las tardes del Ciencias, cerca de mi casa en Guadalajara, para irnos a la salida de las Damas del Sagrado Corazón.

Sí, ahí mismo se desataba el tiempo al verlas despeinadas, con las medias caídas, la corbata deshecha y el deseo por los aires de la primavera mientras Javier hacía piruetas en su Raleigh, la mejor bici por mucho, antes de ganarle la carrera a Memo, que pedaleaba duro hasta su casa a dos cuadras de donde vivían tres familias Urrea, las tres con abundantes hijos: los Urrea de la ‘Negra’, los de ‘Pitijuy’ y los de Ma. Laura, entretanto, corría el tiempo acremente.

Éramos campeones para perder el tiempo y nos pasábamos tardes enteras en la casa Loyola. Un día nos aventamos a la alberca con todo y bici gozando al caer como payasos de circo. O dar vueltas, echar reja o soñar que las encontrábamos, o mejor todavía, ir a Gemma a tomar un hot-dog y a oír música de la rockola imaginando historias, ignorábamos que estábamos hechos de la misma materia que los sueños.

Un día apareció Cheo y nos dijo:

-¿Saben?, anoche revisé mi árbol genealógico y son cinco los escalones para ser rey de España.

Azorados, le contestamos:

-¡Mirey!

Desde entonces así es como le decimos, como a la luz del otoño le seguimos diciendo a Javier Ochoa, La Sobina, a Guillermo Kunhardt, Memo; a Jaime Gómez Vázquez Aldana, Pit; a Luis Castañeda, el Flaco; a Eduardo Rosales, el Pelón, y así les decíamos a dos del grupo que se adelantaron: Foy era Alfonso Urrea y Mito era Guillermo Silva.

Sí, la dicha inicua de perder el tiempo hasta que llegamos a ser lo que somos, ahora, que de amores ya no tenemos tiempo.

T.S. Eliot en Burnt Norton, uno de los Cuatro Cuartetos dice que: “El tiempo pasado y el tiempo futuro sólo permiten una mínima conciencia... Pero sólo en el tiempo pueden recordarse los momentos envueltos en el pasado: el momento en el jardín de rosas, el momento en la pérgola bajo el azote de la lluvia. Sólo en el tiempo se conquista el tiempo.”

Entre esto y los recuerdos involuntarios, caminé ese día con Luna recordando el chiflido de aquellos tiempos cuando íbamos en bici a la salida de las Damas para sentir el inicuo temblor de piernas.

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