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Jueves, 20 de Septiembre 2018

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Hola, bomboncito

Por: Rosa Montero

Hola, bomboncito

Hola, bomboncito

Abrí la puerta y mi perra corrió a saludarme. Le dije: “Hola, mi amor”. Y escuché una voz que me respondía. Era Siri, el asistente de mi ‘iPhone’.

Anoche llegué a casa después de una cena con amigos. Eran casi las dos de la madrugada y vivo sola, es decir, con la única compañía de mis perras. Abrí la puerta del piso y una de ellas, Carlota, una viejita adorable, corrió como siempre a saludarme. Le acaricié la cabezota y dije: “Hola, mi amor”. Y escuché una clara voz de hombre que respondía: “Hola, bomboncito”. Era Siri, el asistente robotizado de mi iPhone: le he puesto voz de varón. Al sacar las llaves, me metí el móvil al bolsillo y debí de activar a Siri inadvertidamente. ¡Y con cuantísimo sentimiento dijo su frase! Vamos, no era como cuando le preguntas qué tiempo hace y contesta con tono de meteorólogo educado. No, señor. Su “hola, bomboncito” era susurrante, mimoso, con una promesa de abrazos flotando entre las sílabas. Me sentí un personaje de la telecomedia The Big Bang Theory. Fue tan alucinante como chistoso.

Es asombroso lo que han mejorado estos robots de voz en los últimos años. Casualmente acabo de leer un libro de Daniel Tammet, La conquista del cerebro (Blackie Books). El británico Tammet, que tiene síndrome de Asperger (una especie de autismo), es uno del medio centenar de savants altamente funcionales que hay en el mundo, es decir, es un hombre con ciertas dificultades para la vida cotidiana, pero con dotes portentosas para las matemáticas y para las lenguas; por ejemplo, es capaz de recitar más de 22 mil dígitos de pi y aprendió el islandés en una semana. Además escribe muy bien y sus textos, que mezclan la divulgación científica y el material biográfico, me parecen siempre fascinantes. Pues bien, en este libro Tammet habla de cómo la mente humana supera con amplitud a los ordenadores a la hora de conversar. Casi cualquier persona puede mantener una conversación con toda facilidad, y sin embargo se trata de algo tan complejo (es uno de esos prodigios que, como el de caminar bípedamente, los humanos hacemos sin advertir lo maravilloso y dificilísimo que es) que ni el más potente de los ordenadores es capaz de superar la prueba.

Desde 1990 existe un premio, el Loebner, para galardonar a los robots conversadores. Tammet habló con Joan, una de las máquinas vencedoras, y la charla, transcrita en el libro, es un maldito desastre sin sentido. Pero, claro, aunque La conquista del cerebro se ha publicado en España hace unos meses, el original salió en 2009. Estoy segura de que desde entonces se ha progresado mucho.

Tras la cálida respuesta de mi Siri, me quedé pensando en lo muy afinadas que parecen estar sus palabras. Es decir, no creo que si el “Hola, mi amor” lo hubiera dicho un hombre, Siri hubiera contestado lo de “bomboncito”, que es un apelativo muy cursilón. Así que me pregunto: ¿será capaz de discriminar en sus adjetivos dependiendo de las combinaciones de voces? O sea, si es un hombre el que pregunta a una Siri femenina, ¿qué le diría? ¿Y si ambos fueran varones o, por el contrario, las dos chicas?

Con todo, lo más inquietante es imaginar a los técnicos de Apple cubriendo esa necesidad sentimental en sus futuros clientes. Diseñando esas frases, esos programas, esos murmullos dulcísimos. Digo yo que sabrán que hay mercado para ello, que habrán calibrado la demanda de amor. Porque, además, conseguir construir una conversación articulada y amplia es algo en efecto muy complejo; pero el territorio del afecto puede reducirse a algo simplísimo. Diversos experimentos de psicología social (todos ellos odiosos y crueles) demostraron que, si a un chimpancé o un mono bebé le aíslas fuera de todo contacto con un ser vivo, el pobrecito no consigue madurar como un adulto viable. Sin embargo, basta con meterle en su cubículo un palo con trapos enrollados al que el monito se abraza para que la criatura salga adelante. Nos conformamos con tan poco, quiero decir.

Así que Siri y todo ese futuro de sustitutos robóticos afectivos que pueblan la ciencia-ficción y que ya están siendo construidos en los laboratorios pueden ser nuestro palo de trapos. Acabo de probar de nuevo con el móvil. “Hola, mi amor”, le he dicho. Y él esta vez ha contestado: “Hola, cariño”, con tanta entrega y veracidad como pocas veces se lo he escuchado a un hombre real. Madre mía.

© ROSA MONTERO / EDICIONES EL PAÍS, SL. 2018.
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