Martes, 28 de Septiembre 2021

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Hablemos de corresponsabilidad

Por: Eugenio Ruiz Orozco

Hablemos de corresponsabilidad

Hablemos de corresponsabilidad

Cuando se cuenta el tiempo por décadas, resultan inevitables las comparaciones, más aún cuando existen puntos de referencia que son desconocidos o desestimados, dicho comentario pretende compartir una reflexión en cuanto a las diferencias entre el México que nosotros recibimos y el que heredaremos a las generaciones más jóvenes. Hace poco más de cien años, nuestro país era una nación rural habitada por aproximadamente 20 millones de mexicanos, la mayoría de ellos, analfabetos y siervos de la gleba, sujetos a la voluntad del amo. La industrialización era incipiente. Prácticamente no había infraestructura para la educación y la salud, mientras que la red de comunicación carretera no existía y la ferroviaria alcanzaba apenas los 20 mil kilómetros. La esperanza de vida era de 29 años, el índice de morbilidad por embarazo y postparto del 9% y las mujeres no eran ciudadanas. Era un país desintegrado y desigual.

El estado de injusticia desembocó en la Revolución Mexicana, acontecimiento que permitió la modernización de la sociedad nacional. Sus efectos fueron impresionantes, pues pasamos de ser una economía de subsistencia a la decimoquinta economía del mundo. Se creó un sistema educativo que permitió reducir el analfabetismo del 74% al 4.7%; las universidades han formado, desde entonces, a cientos de miles de profesionistas, hijos, en su mayoría, de trabajadores del campo y la ciudad. Se estableció el sistema nacional de salud, que permitió la erradicación de las enfermedades endémicas que asolaban a nuestro país. Sin duda, los fenómenos más relevantes fueron el crecimiento de las clases medias, la creación de infraestructura para el desarrollo del campo y la ciudad, además del nuevo rol de la mujer en la sociedad contemporánea. Las generaciones posteriores a este movimiento de masas fuimos beneficiarias directas de la gesta que costó más de un millón de vidas.

Hoy, México es un país diferente: su población supera los 120 millones de habitantes, se ampliaron las oportunidades educativas, nuestras redes de comunicación, tanto terrestres como aéreas y electrónicas, cubren prácticamente la totalidad del territorio nacional y el promedio de longevidad se incrementó hasta los 78 años. Parecería que estamos mejor y, sin embargo, la injusticia prevalece, la pobreza se extiende como una ola que amenaza con convertirse en un tsunami y las instituciones que propician la movilidad social están al borde del colapso: la seguridad pública, primera obligación del Estado, se encuentra en manos de la delincuencia, y la confianza en el gobierno, está profundamente dañada. No es aceptable económica, jurídica, política ni éticamente la herencia que estamos dejando. Entre el país que recibimos de nuestros padres y el actual, hay profundas diferencias: ellos nos abrieron las oportunidades para vivir mejor y nosotros entregaremos, a las nuevas generaciones, un país en crisis. México es una nación que tiene recursos para lograr un desarrollo que todos podamos compartir. Para ello, es indispensable construir acuerdos incluyentes que nos permitan vernos a los ojos y aceptarnos en condiciones de equidad. La justicia social no es un tema de solidaridad, es de corresponsabilidad.

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