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Viernes, 20 de Septiembre 2019
Ideas |

Guillermo García Oropeza, arquitecto

Por: Juan Palomar

Guillermo García Oropeza, arquitecto

Guillermo García Oropeza, arquitecto

Se equivocan quienes piensan que García Oropeza no hacía  arquitectura. Nunca dejó de hacerla. La única particularidad es que, al igual que otras figuras del pasado y contemporáneas, su arquitectura era, en un inicio, de palabras. Sería muy ofuscado quien dijera que Ítalo Calvino no fue un gran arquitecto cuando proyectó sus esplendorosas ciudades invisibles. Desde La balada de Gary Cooper (1974), hasta el día de la semana pasada en que se murió, el arquitecto García Oropeza ejerció su oficio con puntual asiduidad, con clara varonía.

Egresó hacia 1960 de la escuela de arquitectura de la Universidad de Guadalajara. Le tocó llevar entonces dos años sus estudios bajo la dirección de Ignacio Díaz Morales. Fue en 1962 cuando algunos de sus torvos compañeros expulsaron a Díaz Morales y su pléyade de aristócratas del espíritu precisamente por eso: por ser aristócratas. Curiosamente, Guillermo vivió después para hacer el mejor elogio que se haya hecho al director cobardemente depuesto, y también  para hacer el mejor retrato del amigo íntimo de Díaz Morales, Luis Barragán.

Supo conocer y querer, pero sobre todo entender mejor que nadie a Guadalajara. Esta ciudad se ha quedado sin cronista: los demás que ese título quieren ostentar no son ni su pálida sombra. Una crónica bien hecha y bien razonada, informada pero no enfadosa, chismosa con elegancia, cimentada con las sólidas piedras de castilla de largos estudios, levantada con ingenio y sentido del humor, coronada con algo que comúnmente se llama poesía. En discreta sordina, en ese tono menor que tanto gustaba al arquitecto, burlándose afablemente, o ferozmente si se quiere, de todas las cosas y todas las gentes.

Bien saben los clásicos que describir algo es hacer posible su construcción, por eso los arquitectos estudian geometría descriptiva. De esa misma manera el arquitecto García Oropeza hacía posible la construcción de Guadalajara. No de esta versión de la ciudad lagañosa e injusta, sino de otra en la que la belleza y la gracia sean posibles. En la que puedan, sus queridas “gentes conocidas”, continuar siendo una de sus indispensables conciencias para saber a dónde ir, qué es ridículo y qué razonable, qué tiene que ver con una variopinta tradición y qué es una gringada más, en suma, que viene al caso hacer desde la visión de los “happy few” a los que Guillermo perteneció siempre malgré lui. Discutible esto, pero certero al final.

No por nada fue tan cercano a otros dos arquitectos de excepción: Gonzalo Villa Chávez y Alejandro Rangel Hidalgo. Ambos, también y ni modo, aristócratas. Uno de San Gabriel, otro de Colima. Príncipes de sus pueblos, conciencia de sus heredades, artistas y hombres cabales. Gentes conocidas, por saberse quiénes eran, pero sobre todo porque bien supieron conocerse a sí mismas.

La tertulia de la Teutona, provisionalmente exiliada en el Salón del Bosque, tenía en el arquitecto García Oropeza uno de sus más estelares protagonistas. Parece que ahora su ausencia será definitiva. Pero, sin duda alguna, el arquitecto habrá reencontrado a sus amigos en el cielo. Desde allí sigue, a través de sus arquitecturas de papel y letras, levantando a Guadalajara.

jpalomar@informador.com.mx

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