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Domingo, 24 de Junio 2018
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Estar en un chat de seguridad vecinal

Por: Carlos María Enrigue

Estar en un chat de seguridad vecinal

Estar en un chat de seguridad vecinal

Maldigo la hora en que creí que era una buena idea. Supongo que la noción de una participación activa y vigilante significaría un acto maduro de mi parte. No sé, había llegado a pensar que quizá con el tiempo cambiarían las cosas, y es que, como del título de este artículo se desprende hace tiempo decidí meterme a un chat de Whatsapp en donde se tratarían temas de seguridad vecinal.

Mi mujer, quien es notoriamente más inteligente que yo, intuyó lo que se venía desde el día en que me di de alta. Y es que aquella tarde íbamos caminando en el parque, paseando al bebé, cuando de pronto vimos a los vecinos agrupados frente a unos oficiales que tomaban sus impresiones sobre qué hacer pare mejorar la seguridad en la colonia. Ahí, una de las vecinas líderes – de un grupo más bien entrado en años – me preguntó si yo era vecino, y al contestarle que sí, preguntó que si estaría interesado en participar en el chat vecinal. De haber estudiado psicología probablemente habría contestado que sí por distintas razones a aquellas que me llevaron a aceptar, pues el grupo resultó ser merecedor del psicoanálisis más severo de que se tenga memoria.

Mientras estábamos ahí un vecino alertó a uno de los oficiales que en el parque estaban unos jóvenes extraños – yo había pasado unos segundos antes y los extraños jóvenes amenazaban la calma social al tomarse unas fotos, posando y todo.

El asunto es que en ese chat día a día los usuarios dan vuelo a su más clara personalidad, mandando imágenes de gorriones en los que – con letra cursiva – desean un magnífico jueves a todos, solo para ser reprimidos por hacer un uso indebido del chat, que, al menos en un plano ideal debe de ser única y exclusivamente para temas de seguridad.

Posteriormente nos encontramos a aquellos que, como si fueran votantes de Trump, su mayor problema consiste en que México sea tierra de paso de migrantes y, dado que la colonia queda cerca de las vías del tren, por ahí llegan a pasar centroamericanos o mexicanos que van rumbo al norte.

Así, nada tan cristiano como pedir a la policía que vaya a desalojar a unos migrantes pues en la noche – que hace frío – cometieron el gravísimo delito de prender una fogata para calentarse. Al cuestionarles sobre el hecho, nada más trumpiano que contestar con un “ingresaron al país ilegalmente”.

También los hay defensores de los halcones, es decir vecinos que vigilan a aquellos que pretenden vigilarlos. El problema con esto es que en varias ocasiones se han llevado sendos chascos, así, la señora que consideró a dos muchachos con chalecos fosforescentes como potenciales criminales obvio observar que había maquinaria que realizaba reencarpetamiento de las calles y solo se trataba de trabajadores.

Igualmente a otra vecina le pareció sospechoso un tipo que caminaba por su calle y pidió el apoyo policial describiendo al sujeto peligroso. Inmediatamente, por el mismo chat, un vecino que se identificó como el sujeto “peligroso” aclaró que él era un vecino y que padecía una enfermedad que le impedía caminar bien, que no iba drogado.

Así, después de un par de meses de fastidio, y de ser testigo de lo paranoico, xenofóbico y en general limitado que puede llegar a ser alguien he decidido darme de baja en el chat para solo conservar el teléfono del comandante del cuadrante para cuando sí haya algo serio que reportar.

Como consejo personal, mire quienes son sus vecinos antes de unirse a un grupo así. Si ya la mayoría está pasando las tardes viendo novelas, mejor no se meta.

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