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Martes, 23 de Octubre 2018

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En un pueblo rascuache

Por: Paty Blue

En un pueblo rascuache

En un pueblo rascuache

Aunque lo traigo en la punta de la lengua y me pica por soltarlo, tendré la prudencia de no mencionar su nombre, porque no se trata de ventanear los defectos de nadie y menos de un villorrio que tuvo la gentileza de acogerme por los días insuficientes para librarme del tráfago laboral y citadino, pero asaces para reclamarme el regreso inmediato a mi condición de citadina feroz, empedernida, comodina y poco dispuesta a la aventura.

Para cumplir el añorado deseo de mi hija quien, de visita por la tierra que la vio nacer, quiso que sus pequeños conocieran y se deleitaran en alguna de esas playas que solo por acá tenemos y que tantas veces hizo sus delicias infantiles y adolescentes, armamos la excursión pertinente, al más puro estilo posmoderno, muy diferente a los arcaicos procedimientos que antaño dispusimos para deleitar a los alborotados e infatigables críos.

Cuando una visita anual a los océanos se volvió consigna familiar durante la época vacacional, esperábamos con ansia que llegara el día de atiborrar el modesto vocho del que disponíamos, con toda suerte de enseres que incluían bañadores, toallas, chanclas de hule, bronceadores, cazuelas y hasta jitomates porque el ahorro que limitaba nuestros presupuestos, pero no nuestras ganas de pasarla a todo dar, siempre estaba presente. Así fue que conocimos y revisitamos Melaque, Barra de Navidad, Puerto Vallarta y todas sus playas aledañas, antes de que el progreso se manifestara y modificara tanto su fisonomía y bucólico atractivo.

Aunque los tiempos cambian y el mundo se moderniza a pasos acelerados, ese deseo de reencontrarse con los escenarios y aromas playeros de antaño sigue vigente y muy apreciado, así que, cual si fuera la adolescente que hace buen rato dejé de ser, me regocijé al extremo en cuanto comenzamos a divisar e integrarnos al atractivo paisaje de la zona que elegimos para pasar los siguientes cinco días. Ojos me faltaban para capturar tanta belleza natural, con aquella vegetación tupida y desbordante que nos cobijaba de tramo en tramo; y luego estaban los olores con los que aprendí que la playa estaba cercana, con sus efluvios de sol y aromáticas exhalaciones de pescado y sal, mientras la piel comenzaba a ponerse pegajosa y el vaivén de las olas completaba el maravilloso panorama sonoro que detona la energía durante el día y arrulla el sueño por la noche.

En resumen, todo fue tan bello e inenarrable, que le dio vuelo a la placentera nostalgia del ayer, hasta que ¡oh, ingratitud poderosa!, comenzamos a toparnos con las vigencias que nos ofrece ese hoy que nos amarga la existencia cuando no contamos con sus avances tecnológicos. Los pequeños que hasta entonces viajaban tan calmos y sosegados por un par de horas comenzaron a renegar por la abrupta interrupción de la patoaventura que les había mantenido entretenidos, y ni cómo explicarles a dos infantes de cinco y uno de dos, que sus tabletas dejaron de funcionar porque se había perdido la señal de wifi y debían esperar a que se restableciera. No hubo galleta, jugo ni paletita que paliara su inconformidad y diera tregua a nuestras orejas.

Apenas diez minutos después, ya en el centro del pueblo, nos dimos a la inminente urgencia de localizar un cajero automático para seguir sobreviviendo y sí, aunque no sin dificultad y 18 vueltas por aquella localidad rascuache y pedregosa, localizamos cinco aparatos: el primero en remodelación, el segundo vandalizado y con la pantalla embarrada de tejuino, el tercero sin efectivo, el cuarto apagado y el quinto sin conexión con nuestro banco. Pero fuera de tan capitales inconvenientes, nos la pasamos muy bien y mis nietecillos conocieron y disfrutaron nuestro incomparable universo playero.

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