Lunes, 21 de Junio 2021

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El maldito silencio incómodo

Por: Gabriela Aguilar

El maldito silencio incómodo

El maldito silencio incómodo

“Ya no late su corazón. ¿Cómo es que no late? Debe latir. ¿Sabe qué, doctor?, no creo nada lo que usted dice. Hágale otro estudio”.

“Señora, sé que es difícil, pero entienda que puede hacer muchos estudios y será lo mismo. Su bebé ya se fue”. Y entonces decidí someter a mi hijo a otro estudio, mientras en la pantalla observaba -como si mi mirada fija lo fuera a revivir- su pequeño cuerpo inerte dentro de mí.

El silencio, el maldito silencio incómodo que detiene el tiempo. Ahí morí yo también, y en vida. No quería alejarme de él. “Déjenme verlo, aunque sea un momento”.

El dolor no cabe en ningún lugar. El mundo que mi hijo conquistaría con sus risas no tenía espacio para la resignación. Ocurrió un 9 de mayo, al día siguiente -el Día de las Madres- salía en silla de ruedas de un hospital con un sobre amarillo en las manos. Era el reporte de las posibles causas de muerte y fotos de partes del cuerpo del bebé.

El 11 de mayo de 2016 por la tarde la tierra se movió y mientras eso ocurría busqué por segundos un lugar para que todo me cayera encima, a ver si así desaparecía el vacío de no tener a mi hijo.

Y la Tierra se sigue moviendo, todos los días. Así debe sentirse la familia de Ana Karen, José Alberto y Luis Ángel Moreno, en medio de un sismo, con un profundo dolor y la sensación de vivir una pesadilla, de no comprender cómo es que esos tres jóvenes pudieron ser arrebatados de su madre, de otra forma, pero igual; sustraídos de su núcleo a manos de un grupo armado, impunemente.

Incredulidad, desasosiego, impotencia luego de días sin vivir, de buscar una respuesta, de activar todos los medios posibles para encontrarlos. La respuesta no tardó mucho, menos de 72 horas, las más largas y desoladoras, pero la rabia y el dolor se quedarán para siempre, como en cada madre a la que le han arrebatado un hijo o que lo ha perdido, como cada una de esas mujeres que no tienen descanso en la búsqueda de sus desaparecidos, que llenan vallas y monumentos con los rostros de los que no están, porque con cada hijo que se va, también se va una parte de nosotras.

Ayer, cuando recibíamos la noticia sobre la confirmación de la muerte de los tres jóvenes, pensé en el dolor de su madre y en lo difícil que será reconstruir la vida. ¿Cómo darle sentido a un 10 de mayo desde ahora? Mi solidaridad para esa mujer que tendrá que continuar, que deberá entender la vida de otra manera pese a que una parte de ella se fue con sus hijos.

puntociego@mail.com

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