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Lunes, 15 de Octubre 2018

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Dudamel en México

Por: Jaime García Elías

Dudamel en México

Dudamel en México

Ya es un tópico: el sueño del niño venezolano que colocaba sus muñecos de juguete en modo de orquesta y agitaba una varita frente a ellos mientras se escuchaba la música de un disco, para imaginarse que dirigía a la Filarmónica de Viena, se hizo realidad.

Gustavo Dudamel, convertido en uno de los más reconocidos músicos jóvenes (37 años) del mundo, estuvo en la Ciudad de México, en efecto, en una gira que comenzó en el Carnegie Hall de Nueva York y continuará en Puebla, Bogotá y Buenos Aires, para ofrecer tres conciertos al frente de la prestigiosa Orquesta Filarmónica de Viena, con el éxito previsible. Primero, porque los boletos se agotaron a los pocos días de que salieron a la venta, desde diciembre; después, porque las expectativas con respecto a los intérpretes y a los programas se cumplieron con creces.

Sin detrimento de la reputación de la orquesta –una de las mejores del mundo, ex aequo con la Filarmónica de Berlín—, el público se entregó sin reservas al niño que soñaba con empuñar la batuta y que ya había estado en México, en el Palacio de Bellas Artes, hace 12 años, aún como violinista de la Orquesta Juvenil Simón Bolívar de su país de origen.

El primer programa en Bellas Artes, el viernes, incluyó la Sinfonía No. 2, de Charles Ives (1874-1954), y la Cuarta Sinfonía  de Tchaikowsky, más el vals de La Bella Durmiente como encore; el segundo, el sábado, la obertura Festival Académico de Brahms; el Concierto para flauta No. 2 de Mozart, y la Sinfonía No 1 de Brahms, más las variaciones del Divertimento para orquesta, de Bach, y una polka de Strauss como encores; el tercero, ayer domingo, en el Auditorio Nacional, el adagio de la Décima Sinfonía, de Mahler, y la Sinfonía Fantástica, de Berlioz.

Desde que Claudio Abbado, Daniel Baremboin y Simon Rattle le dieron la alternativa frente a las mejores orquestas europeas, Dudamel –ya con la melena aleonada plateada por algunas canas—ha madurado. Ha aprendido que la identificación de un director con los músicos no depende de la grandilocuencia de gestos y ademanes, sino de su respeto por las partituras y por los mismos músicos, ante los que se reservaba un lugar secundario para compartir las aclamaciones que subrayaron, sobre todo, las obras incluidas como plato fuerte en los tres programas.

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