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Domingo, 27 de Mayo 2018

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Dos veladoras

Por: Jaime García Elías

Dos veladoras

Dos veladoras

En lo que las autoridades electorales, a semejanza de los réferis de las peleas de box, convocan a los contendientes a disputarse la victoria con deportivismo, limpieza, apego a las reglas del deporte, etc., José Antonio Meade, tercero en todas las encuestas rumbo a la madre de todas las contiendas, encendió dos veladoras: una para Dios; la otra para el diablo. La primera consistió en encomendar el éxito de sus afanes al único candidato presidencial priista de toda la historia, que cruzó —a medias, también eso hay que decirlo…— el pantano de las campañas electorales sin que se manchara su plumaje. La segunda, en soltar, como no queriendo, un golpe bajo “a quien le venga el saco”…

-II-

Meade invocó uno de los mensajes del malogrado Luis Donaldo Colosio que más se han replicado: una carta de recomendación “a quien corresponda”, en que se subraya que el PRI —que hasta entonces se mantenía invicto en esas lizas… y que conservó ese estatus con el candidato que lo relevó tras el crimen de “Lomas Taurinas”…— es “la opción que mejor conoce lo que se ha hecho; que sabe de los resultados de sus programas, de sus aciertos y de sus errores”.

(Colosio tuvo —valga la brutal paradoja, y con la venia del Ripalda— la fortuna de los niños que mueren después del bautizo: se fue al Cielo sin haber pecado. De ahí el mito. ¿Cuál de los errores de Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto que han empañado la aureola que los cuatro llevaban cuando se colocaron la banda tricolor sobre el trajecito de Primera Comunión cuando tomaron posesión, podrían imputársele…?)

Al encender la otra veladora, Meade aludió a “millones de servidores públicos honestos, como yo, que repudian la corrupción”… exponiéndose a que alguien le recuerde que “alabanza en boca propia es vituperio”.

-III-

Meade, meses antes de las elecciones, ya va desgastado por el antecedente de haber ocupado varias carteras en dos administraciones de diferente signo político: algo que avalaría su experiencia como funcionario público… si no pesara tanto, a los ojos de infinidad de ciudadanos —potenciales votantes, pues—, que sus malquerientes puedan señalarlo como “cómplice” (por omisión, al menos) de la incapacidad de los gobiernos de los que fue parte, para hacer efectivas las edulcoradas promesas de bienestar que seguramente ofrecieron a cambio de los votos que los llevaron al poder…, sin perjuicio de los encarecidos llamados del réferi a “pelear limpio”.

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