El poder envilece. El poder genera muchas transformaciones en las personas, las hace insensibles, déspotas, narcisistas, intransigentes. El poder corrompe y hace viles a las personas que lo ejercen cuando no existen contrapesos.¿Dónde quedó el López Obrador de sus años de lucha, cuando denunciaba los abusos de poder, exigía el combate a la corrupción y velaba por los procedimientos democráticos? Los enemigos dirán que nunca fue ni honesto, ni demócrata, ni decente, que siempre fue un timador profesional, vividor de la política sin escrúpulos. Sus fans dirán que hizo lo que tiene que hacer un hombre de Estado para asegurar la gran visión transformadora por el bien del pueblo. Tratemos de dejar por un momento y en lo posible las visiones profundamente polarizadas e ideologizadas para analizar sólo los eventos de la última semana: el caso Segalmex y la aprobación de las reformas en el Senado de la República.El desfalco en Segalmex es el más grande robo documentado a una entidad del Estado; desaparecieron quince mil millones de pesos, más que en la Estafa Maestra de Peña Nieto. Quizá encontremos casos de mayor envergadura en sexenios anteriores, pero no están documentados como sí lo estuvieron estos dos. Quince mil millones que debieron estar destinados a asegurar el derecho a la alimentación de los más pobres fueron desviados y apropiados por otros, sea que hayan acabado en las bolsas de algunos políticos o en campañas electorales. La reacción de López Obrador frente a este caso de corrupción no podía ser más vil: premió al director de la paraestatal y responsable del fraude, Ignacio Ovalle, con un puesto de ornato en la Secretaría de Gobernación, se aseguró que los operadores estén libres y mandó a una cárcel de alta seguridad, para asegurar su aislamiento, a la persona que desde dentro denunció el fraude, Óscar Navarro Gárate.La aprobación de las reformas legislativas al mayoreo en el Senado de la República es un acto del más vulgar autoritarismo. La única voz que escucharon los senadores fue la del Presidente, quien les dio línea y les leyó la cartilla unas horas antes de sesionar para pasar 18 leyes ya no digamos sin discutirlas, sin atender los reclamos de quienes tenían otros puntos de vista, sino sin haberlas siquiera leído previamente. Rebajar a los diputados y senadores a vulgares levanta dedos es un retroceso democrático de 50 años.El poder envilece y los poderosos envilecen el ejercicio del poder. Son parte del mismo mecanismo. El Presidente no quiere contrapesos, no quiere escuchar opiniones divergentes, ni siquiera quiere escuchar los abusos y corruptelas de su Gobierno (quizá porque no sólo estaban autorizadas sino pensadas desde el mismo escritorio de Palacio). Nadie lo dude: estamos frente a un régimen cada día más autoritario y el único remedio histórico frente a estos excesos es la movilización social. diego.petersen@informador.com.mxDiego Petersen Farah