Bien claro me queda que, con mis agrestes comentarios, no estoy haciendo más que abonar a la histeria climática colectiva y refrendando las frases alusivas a la temperatura que, en tono de rezongo en superlativo, son por hoy el único tema posible de conversación. Y es que los calurosos efluvios primaverales que nos abrasan (sin bazos) por estos días, no son para menos, ni dan para otra idea por compartir que no sea la combustión interna que nos macera en nuestro propio jugo y nos desborda hasta por las orejas, impidiéndonos comportarnos con normalidad.Me pregunto si será por eso que la condición meteorológica actual, que los agoreros de los tiempos aseguran que durará hasta la mitad de la semana que entra, nos sancocha las neuronas y no deja espacio para que la razón divague como ventilada ninfa por los bosques. La personal, como se denomina a la fresca sandía que estoy por engullirme, me remite a “Un día de furia”, una vieja película en la que Michael Douglas, antes de dar el drástico viejazo, encarna a un individuo desempleado y frustrado que elige un día endemoniadamente ardiente para sudar las calenturas que trae contra la sociedad.Sentada entre dos ventiladores (tan eficientes como yo para planchar), preferí ignorar la fogosa temperatura pero ésta hizo que mis memorias sobre la citada cinta hicieran erupción y evocaran las escenas en las que un pobre diablo llamado William Foster, atrapado en el tráfico de Los Ángeles, pero muy urgido por llegar al cumpleaños de su hija, decidió bajarse del auto y caminar con todo y calorón hasta donde encontrara un teléfono (tristes tiempos sin celu) para avisar que ya mero llegaba a la fiesta, pero como no traía suelto para echarle al aparato y el oriental que atendía la tiendita de la esquina no le quiso feriar su billete, con el infame clima el genio se le puso a punto de turrón y abandonó la tienda con un palo de béisbol que estrenó en las cabezas de dos malandrines que lo amenazaron mientras se tomaba un refresco p’al calor y siguió caminando hasta una cabina de teléfono en donde los maleantes le cayeron con toda la banda y le dispararon, pero con la mala puntería que siempre tienen los malos de las películas, nomás le dieron al carro, pero eso y el calor lo hicieron enloquecer y sacar su valija de gimnasio con armas para proseguir su odisea de odio contra la injusticia (y el calor que nunca se le quitó).En una situación un tanto distante, pero igualmente caldeada por los incandescentes rayos de un sol despiadado y agresivo, tuve la fresca oportunidad de reunirme a comer con unos cuates en un agradable restaurante en donde no se obviaron los comentarios sobre el clima que nos trae borrada hasta la memoria, porque aunque el servicio meteorológico apunta que no es así, seguimos asegurando que este año ha sido mucho peor que el anterior.También se trataba de celebrar un venturoso cumpleaños al que no nos atoró el tráfico, no tuvimos que llegar a pie y cuatro de los siete reunidos no ocupó pedir morralla para llamar o contestar mensajes por celular, situación que en lo particular, y por el calorón que escocía las carnes, comenzó a hervirme el ánimo, porque una concurrencia ocupada en sus menesteres comunicativos no me representan ciertamente la más refrescante compañía.Por fortuna no nos acechó malandro alguno, nadie nos disparó ni siquiera la comida, ni nos averió los respectivos autos, pero yo no me salvé de enloquecer con las opiniones y comentarios políticos que, junto con el endiablado calor, me echaron a perder el postre. A Dios gracias, el bat de béisbol se me perdió y mi valija de gimnasio aún no sale de la tienda porque, de lo contrario, habría blandido todas las armas posibles para cobrarme la afrenta de amargar tan espléndida comida con tanta verborrea partidista y electorera. Y así, llevo ya muchos días de furia.