Domingo, 20 de Septiembre 2020
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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Delante de la luz cantan los pájaros.

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La vida ya no volverá a ser la misma. Se nos murió Suzette Bernard Medina-Lebre. Con mucho, la mujer más bonita de nuestra generación. NI Coba Cañedo debió de llegarle. Y vaya que Coba era bonita.

Pero Suzette era igualmente bonita por fuera que por dentro. Arrasaba en las fiestas por su sencillez, su porte, su amabilidad, su gracia. Así, arrasó con los corazones de muchísimos muchachitos de la época.

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Eran los tempranos setenta. Se celebraba en la preciosa iglesia de Los Ángeles una misa de muertos, dentro del novenario ofrecido por Dolores Palomar de Valencia, la Tita Lola. De repente, la luz de la nave se incendió. Acababa de entrar una muchacha. Iba vestida con un largo abrigo de mezclilla. Era el invierno. Fue el absoluto coup de foudre.

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Rodó la vida, casi se desbarrancó. Suzette y sus padres y sus amigos acampaban en Michoacán, cerca de Angaguan. Todas las más bellas estaban presentes. Antes de. Suzette, recogía flores y corazones. Rosa también, hay que decirlo. De la ranchería vecina, toda la noche, llegaba una música estridente y maravillosa, así que nadie dormía.

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Había un arroyo para bañarse desvestidos. Habían todos los pájaros. Eran los días del Alción, la temporada en el infierno, y en el cielo. Quedan algunas fotografías borrosas. Don Guy presidiendo, junto con doña Niní, la fiesta. Antes de reinando. Rosa también. Todos los colores del campo. El misterioso estado de Gracia se extendía a todos los horizontes y los Doors tocaban, en vivo, Light my fire.

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Un muchacho, tímido, quería acercarse a Suzette. Al efecto, ideó un ingenuo ardid. Pedirle a la muchacha que le tradujera todas las letras de las canciones de Moustaki. La princesa se dignó, y entregó una larga colección de hojas carta llenas de una finísima caligrafía, en tinta azul, con ejemplares traducciones. “Mi libertad, por mucho tiempo te guardé como una perla rara, mi libertad, eres tú la que me ayudaste a largar las amarras, mi libertad sin embargo te traicioné por una prisión de amor y su bella carcelera”.

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Afirma el muchacho de entonces que esas hojas de cuaderno se le perdieron. Y jura que las va a hallar.

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Lo único que se puede decir ante la muerte de Suzette es lo que dijo Albert Camus sobre la muerte: Je ne suis pas dáccord. No estoy de acuerdo. Y menos esta vez. Suzette luchó diez años contra un crudelísimo cáncer. Lo venció mil veces. Vivió, por su enfermedad, en Francia, con sus padres. Cuando ya vio inminente su hora pidió ser traída a su tierra, para morirse aquí. La trajeron, y al día siguiente, entre un olor a pan y a jazmines, se murió. Ya está en el cielo, desde donde nos cuida.

jpalomar@informador.com.mx
 

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